Opinión
A 40 años de la Primavera de Praga
En rigor, la primer la rebelión fue de los obreros alemanes del Este. No había concluido la década del cuarenta, cuando irrumpió en Berlín Oriental la imagen de los tanques enfrentando a los manifestantes en el centro de una ciudad.
Hubo otros antecedentes. Las revelaciones de Nikhita Khrushev sobre los crímenes del estalinismo hicieron que 1956 sea un año indómito y efervescente, del otro lado de lo que Churchill había bautizado la Cortina de Hierro.
En Polonia caía el estalinista Konstantin Rodossosvski y volvía al poder Wladislaw Gomulka, el líder que había sido expulsado del Partido Obrero Unificado y recluido en prisión bajo cargos de desviacionismo ideológico.
Aunque el más claro antecedente de la Primavera de Praga se vivió en Hungría, donde las masas congregadas en la Plaza Bem iniciaron una rebelión de tal escala, que logró la restitución de Imre Nagy en el cargo de primer ministro, del que había sido depuesto por sus medidas de liberalización política y económica.
El alzamiento popular desafió las amenazas del dictador Ernö Gerö, mientras el general Pal Maleter desacataba la orden de sacar el ejército a las calles y reprimir.
Cuando las fuerzas soviéticas invadieron Hungría para sacar del poder a Imre Nagy y colocar a un sumiso colaborador del Kremlin, Janos Kadar, llegó la otra postal de lo que empezaba a ser una forma característica de represión: los tanques rusos en la Plaza Bem de Budapest.
Pero la postal por excelencia de la represión con tanques, a la que sólo igualó lo ocurrido en Tiananmen sobre el final de los ochenta, se vivió en la Plaza Wenceslao, de la capital checoslovaca, en agosto de 1968, el año en que los jóvenes desafiaron injusticias y dictaduras en distintos rincones del planeta.
En Paris, las huestes universitarias de Daniel Cohn Benditt y de Rudy el Rojo habían puesto la Sorbona patas para arriba, colmado de barricadas el Barrio Latino y, finalmente, hundido a toda Francia en un estado convulsión que sobrepasó al primer ministro Pompidou y sólo pudo parar Charles de Gaulle.
En Córdoba, se cumplía la consigna de la unidad obrero estudiantil y estallaban las batallas campales contra policías y ejército que hirió de muerte a la dictadura de Onganía.
En Tlatelolco los estudiantes se congregaban en la Plaza de las Tres Culturas y el gobierno encabezado por Díaz Ordaz ordenaba secretamente la sanguinaria represión que perpetró el ejército mexicano, iniciando la lenta pero inexorable declinación del régimen priísta, que con semejante crimen se acababa de apartar del ideario de sus fundadores, Lázaro Cárdenas y Plutarco Elías Calles.
Otra parte fundamental de la postal de 1968 es la que muestra al movimiento hippie norteamericano repudiando la guerra de Vietnam y la histeria consumista, y los asesinatos de Luther King y Bob Kennedy, dos enemigos de la ocupación de Indochina, la injusticia y la segregación racial.
En ese paisaje de rebeliones y represiones, aparecen los tanques T-54 y los IS-2 derribando faroles y aplastando coches en su avance por Praga hasta la Plaza Wenceslao.
Lo mismo ocurría en el corazón de Bratislava, la capital eslovaca y en las principales ciudades de Bohemia y de Moravia, donde los jóvenes encabezaban los actos multitudinarios de respaldo al liderazgo de Alexander Dubcek.
Con Otta Sick como mano derecha e interpretando un clamor de la sociedad, Alexander Dubcek impulsaba reformas de apertura política y económica.
Desde el mismísimo Partido Comunista, se buscaba democratizar un sistema claramente totalitario, y dinamizar la economía reemplazando la planificación centralizada y la colectivización social, por una economía mixta con lugar para el mercado y para la propiedad privada del capital.
A esas medidas aperturistas, el Pacto de Varsovia respondió con una invasión masiva y brutal, de la que participaron efectivos germano-orientales, húngaros, polacos y búlgaros, aunque el grueso de los cerca de ochocientos mil soldados y oficiales eran soviéticos.
Moscú la bautizó “Operación Danubio” y fue comandada por el general de brigada ruso Iván Pavlovski.
Las masas enfrentaron a los seis mil tanques que invadieron el país creado por el poeta Tomás Masarik tras la Primera Guerra Mundial. Pero cuando la cifra de muertos civiles por la represión superó el centenar, queda claro que no torcerían la decisión impulsada desde el Kremlin por el implacable Leonidas Brezniev.
Dubcek fue a prisión y Checoslovaquia volvió al rebaño gris del Pacto de Varsovia. Pero la Primavera de Praga y su feroz aplastamiento habían marcado un punto de inflexión.
Los tanques en las plazas se convirtieron en el signo característico de la represión totalitaria. Y la postal se repitió en Tiananmén, cuando li Peng mandó los vehículos blindados a la Plaza de la Paz Celestial (Tiananmén) a aplastar los estudiantes que hicieron temblar China en 1989.
La llamada “Revolución de Terciopelo” fue una continuidad tardía de aquella efervescencia libertaria. Entre sus líderes estuvo Vaclav Havel, el dramaturgo que pagó con cárcel, censura y persecución su lucha contra el totalitarismo.
También estuvo Vaclav Klaus, otro de los que habían protagonizado la defensa de la Primavera de Praga. A Klaus y a Havel les tocó gobernar la democratización. No pudieron evitar que Checoslovaquia se parta, y tomen sus respectivos caminos la República Checa y Eslovaquia.
Pero los dos países se mantuvieron fieles a las libertades por las que se enfrentó a las tropas del general Pavlovski en aquel agosto del 68.
A 40 años de la Primavera de Praga, Klaus y Havel siguen teniendo la mejor definición del totalitarismo: “un sistema absurdo y sin sentido”.