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Opinión

¿Quién ultraja a la Nación?

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Foto: Gentileza
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En su editorial del 27 de julio del corriente el diario La Nación, expresa su preocupación porque "Mientras el país sigue sin hallar el rumbo en cuestiones importantes y urgentes con respecto al presente y al porvenir, se persevera en librar estériles batallas en la inasible dimensión del pasado", poniendo como ejemplo "la idea de quitar de los billetes de cien pesos la imagen del "genocida" Julio Argentino Roca y sustituirla por la de la heroína de la independencia Juana Azurduy de Padilla".

Interesante reflexión de quienes se han convertido en guardianes de una construcción del pasado histórico del país que coincide plenamente con los intereses de aquellos sectores que, justamente, sellaron su dominio a partir del período comenzado en 1860 y cristalizado en 1880 y que derivó en el llamado "modelo agro-exportador".

Modelo que, cercanos a la celebración de nuestros primeros 200 años de existencia, es importante recordar nos encadenó al mercado mundial en el rol de proveedores de materias primas casi sin elaboración, extraídas a partir de la propiedad latifundista y que consolidó nuestra dependencia de las economías centrales. Un modelo que producía riquezas pero que negaba su distribución entre las mayorías, de la misma manera que negaba la democratización del poder político.

Demás está decir que a ese modelo, le correspondió una determinada organización del pasado histórico, una institucionalidad, un paradigma de futuro, una racionalidad económica, y una huella cultural, naturalizados y convertidos en patrimonio común y organizadores de sentido de la sociedad toda.

Como quedó de manifiesto en el llamado "conflicto del campo", no serán pocas las voces, entre ellas la de La Nación, que añoren aquella Argentina y la propongan como el camino del que nunca debimos habernos alejado, convidándonos a no resistir la lógica del mercado global para aprovechar "las oportunidades" que ésta brinda, siguiendo el ejemplo de la clase dominante que dirigiera el país entre finales del siglo XIX y la década del 30´.

Lo que el diario de los Mitre oculta es que ese proceso iniciado hacia 1860, no fue un acuerdo consensuado entre "los argentinos" sino la violenta resolución de una larga confrontación entre distintas posibilidades de estructuración de la Nación, y cuya hegemonía resultante se erigió sobre la derrota del heterogéneo proyecto de las mayorías, como pasara también en el ciclo cerrado por la dictadura de 1976. Otro modelo que, también es bueno recordarlo, La Nación acompañó fervorosamente.

Cuando La Nación nos habla de que el panteón de héroes liberales no puede ser cuestionado y que "ejercer venganza sobre sus respectivos recuerdos sería una nueva e inútil regresión infantil", resulta ilustrativo, por ejemplo, recordar que justamente cuando el presidente electo en 1880, Julio A. Roca quiso que el Estado argentino publicase las obras completas de Juan Bautista Alberdi, Mitre lanzó, desde las páginas de La Nación, una feroz campaña en contra del proyecto rechazando también su nombramiento como embajador en Francia, debido a su polémica con el tucumano por la guerra de la Triple Alianza.

Cuando quienes fueron sostenedores y propagandistas de determinados proyectos de país (y enemigos acérrimos de otros, por ejemplo del yrigoyenismo o el peronismo) se alarman porque "se insista en una tarea de demoler valores que sólo encuentra explicación en políticas que tienden a la fractura entre argentinos y de éstos con su historia", es cuando podemos ver con claridad que la memoria histórica constituye un campo de disputa vital en el proceso de construcción de un modelo de sociedad. Así lo entendieron siempre las clases dominantes, quienes han procurado guardar bajo siete llaves las claves de su interpretación; reservando para sus voceros –Como el diario La Nación- el patrón de medida del discurso histórico, sellando su victoria desde el plano material y extendíendolo al campo de las ideas.

El Estado y La Nación

La consolidación del Estado y de un determinado modelo de país a partir de 1880, fue realizada sobre un idea excluyente de identidad nacional, alimentada por la prédica positivista de la búsqueda de una "civilización" que se superpuso con lo extranjero (europeo y norteamericano) y donde lo propio debía ser eliminado como prerrequisito al despliegue del progreso. En tal esquema, el indígena pero también el gaucho y el negro esclavizado –como más tarde el obrero inmigrante y el el chacarero inmigrante, en particular el arrendatario- serán tan sólo un obstáculo que nada pueden aportar al entramado colectivo de la Nación.

Hacia mediados de 1860, el mismo Roca había participado en la invasión militar mitrista al interior del país alzado contra unas políticas que lo negaban, y que se había iniciado bajo las siguientes premisas que se desprenden de cartas de Mitre a su vicepresidente Marcos Paz: "Mejor que entenderse con el animal de Peñaloza es voltearlo, aunque cueste un poco más. Aprovechemos la oportunidad de los caudillos que quieren suicidarse para ayudarlos a bien morir".

La "campaña al desierto" es simbólica y materialmente una manifestación de aquella voluntad excluyente, comenzando con el nombre que certifica demasiado bien la negación del otro. Cuando se habla de genocidio indígena, no se lo hace, solamente, teniendo en cuenta los desiguales enfrentamientos armados, sino, fundamentalmente, el destino posterior de los "prisioneros de guerra" que terminaron disgregados familiarmente como mano de obra barata o esclava en las haciendas de los terratenientes tucumanos, salteños y en las explotaciones del Chaco, confinados en la isla Martín García o en las casas de las familias "bien" de las grandes ciudades.

La Nación misma (31/10/1885), bajo el título "Espectáculo bárbaro" describía como con cartas del Estado Mayor del Ejército, podían reclamarse uno o dos indios cuando arribaban a Bs. As. arrebatándose "los hijos a las madres, que como nadie las comprendía, trataban en vano de detenerlo en medio del llanto general". En "El Constitucional" de Mendoza (20/11/1879): ". . . Se espera hoy una remesa de chusma indígena, compuesta de unas 200 mujeres y niños, que será repartida entre las personas que lo soliciten para su servicio. . . ". el chacarero inmigrante, y en particular el arrendatario. . . ". Aristóbulo del Valle diría en el Congreso en 1884, ". . . hemos tomado familias de los indios salvajes, las hemos traído al centro de la civilización y no hemos respetado ninguno de los derechos que les pertenecen, no ya al hombre civilizado, sino al ser humano: al hombre lo hemos esclavizado, a la mujer prostituido, al niño arrancado del seno de su madre. . . "

No es difícil reconocer las huellas de esa conducta en los crímenes aberrantes de la dictadura de 1976.

Por otra parte la apropiación de millones de hectáreas por una minoría, representada ya en aquel entonces por la Sociedad Rural Argentina, fortaleció la concentración de la propiedad de la tierra y evitó que, al contrario de ejemplos que se esgrimen como deseables (Australia, Canadá o Nueva Zelanda) se repartiera la tierra al inmigrante europeo. En 1887, la misma Sociedad Rural cuyo eslogan, paradójicamente, es "cultivar el suelo es servir a la patria" se oponía a la ley de colonias agrícolas en Buenos Aires para defender el latifundio ganadero.

Para La Nación "Ultrajar la historia" es poner en debate y a consideración de las nuevas generaciones qué hay detrás de determinadas figuras que las clases dominantes entronizaron como "próceres"; fundiendo, como siempre lo han hecho, sus propios intereses con los de toda la sociedad.

Con Juana Azurduy emergen de la historia aquellas y aquellos ocultos en el relato hegemónico, aquellas y aquellos que construyeron y construyen con su esfuerzo, su trabajo y su "poner el cuerpo" la Nación que somos. Vienen con Juana Azurduy las mujeres negadas, vienen con Juana Azurduy los pueblos originarios, vienen con Juana Azurduy los cabecitas negras, los obreros de la Ley de Residencia, las montoneras del siglo XIX y los piqueteros y piqueteras del siglo XX.

No tiene nada de extraño que el general Roca sea el ídolo de los terratenientes argentinos y del diario La Nación; también es coherente que el menemismo lo haya propuesto como la figura merecedora del billete de máxima denominación. Tampoco debiera resultar escandaloso que los sectores populares y sus representantes disputen los símbolos de la identidad nacional en momentos en los que está abierto el debate sobre el futuro del país.

El autor: Es historiador y director de ISEPCI