|
Opinión
Duro desengaño colectivo en la antesala del “dead line”
Cuando se cumplan seis meses de gobierno de Celso Jaque, no se medirá su eficacia como gobernante, sino sus dotes de adivino. Y como queda claro que nadie puede prever el futuro, tal vez la misma sociedad ¿ingenua? que lo eligió le enrostre haberle hecho una promesa imposible de cumplir.
Mientras en el país agobiado por el paro agrario aparecen síntomas evidentes que fragmentan aquella estabilidad económica que había sido considerada el gran valor del kirchnerismo, y la desaparición de las 12 cuotas sin interés son un contundente golpe a las expectativas de la clase media y los sectores populares; en Mendoza sobrevuela otro clima que si bien se enmarca en esta rareza de lo macro, presenta sus propias características.
Lo micro, en lo que a nuestra pequeña-gran comarca concierne, es una provincia que atraviesa un extraño período de turbulencia, en el que no son ajenos la historia, y mucho menos los símbolos. Aquel durísimo conflicto del agro parece ser por estos pagos una teleserie apasionante más, ya que los mendocinos estamos enfrascados en los entremeses domésticos de nuestra también modestísima política. Como si con eso nos bastara, o como si acaso nuestro corto alcance no nos permitiera alzar la vista, y nos debiéramos conformar con las miserias de entrecasa, que son miserias, pero nuestras.
Nos gusta mirar para el costado, nos creemos mucho más que lo que somos, preferimos los tratados de hipocresía antes que los de impaciencia, y nos asustamos cuando vemos que nuestros privilegios y apariencias están amenazados. Nos encantan los atajos y las vías rápidas. Desconfiamos de los metódicos y los exitosos. Huimos de los pobres y los desprotegidos, algo habrán hecho…
Y esta historia tiene que ver con un proceso que se inició el 9 de diciembre del 2007 cuando Celso Jaque se calzó la banda y tomó el bastón que lo ungía como gobernador de la Provincia. A partir de allí comenzó una cuenta regresiva tan justificada como falaz. Justificada por las esperanzas que el entonces candidato del PJ generó entre un electorado que finalmente optó por elegirlo mayoritariamente. Falaz porque las Ciencias Sociales no son ciencias exactas y bajar un índice no significa disminuir la intensidad de su impacto, o porque como dice la Real Academia Española, algo falaz también es aquello “que halaga y atrae con falsas apariencias”.
Así, lo que hoy se discute casi con exclusividad en los medios, pero también en los círculos políticos, en los cafés y en las sobremesas familiares, tiene que ver con aquella zanahoria electoral que resultó esa triste frase célebre de campaña que auguraba la disminución del 30% del delito en seis meses.
En este horizonte discepoliano de sabihondos y suicidas, la dimensión simbólica del asunto cobra tal vez más importancia que la veracidad o no de la audaz afirmación del Jaque-candidato que el Jaque-gobernador no pudo sostener ni cumplir.
Durante estos meses, el gobernador que entre sus virtudes previas había tenido la de ser un hombre cauto y mesurado, cayó en la fácil trampa de los tiempos electorales de prometer para ganar. Degradó así no sólo la palabra, su palabra, si no también cualquier afirmación que pueda hacer hasta el fin de su mandato. Algo grave en el contexto de esa relación simbólica, y siempre conflictiva, que se establece entre gobernantes y gobernados.
Y como si esto fuera poco, y sumado al pesado engranaje político que hasta hoy ha sido su gestión, no ha sabido darle dinamismo a un gobierno que parece cansado con sólo seis meses de rodaje. Tal vez esta semana haya sido, en la antesala del “date line”, la fecha límite por él mismo fijada, el ejemplo más paradigmático del borde del ataque de nervios: paros de empleados públicos, quejas de los empresarios del transporte por la modificación de las condiciones de la licitación y el sacudón mayor que supone ver enterradas las ilusiones de una ley de emergencia sanitaria con la que desde el inicio se intentó perfilar como fundacional a la tarea del ministro Sergio Saracco.
Mientras esto sucedía, el gobernador mantenía reuniones protocolares y sellaba acuerdos de mediano impacto en México, muy lejos de la zona de fuego, y especialmente de la fecha prevista para una rendición de cuentas que nadie propuso pero que todos esperan el lunes 9 de junio. Una especie de petit calvario del alumno que aún sabiendo que lo van a bochar debe dar su examen. Y que ante el miedo escénico que esa situación produce, opta –directamente- por pegar el faltazo.
Ya que tal vez lo verdaderamente triste aquí no sea que la meta fijada haya sido alcanzada o no, sino que en lo que como sociedad respecta, el fragor electoral haya permitido incorporar el fenómeno de la inseguridad en un campo de batalla apto para la conquista de votantes. Hasta ese extremo descendimos como sociedad.
Porque vaya paradoja, también hemos sido nosotros mismos los que permitimos que el mercado electoral lucrara con cada una de nuestras pequeñas o grandes tragedias. Con el ultraje que significa cualquier robo, o con el dolor que significa una muerte. Algo que todos los mendocinos en alguna medida hemos padecido: sus víctimas somos nosotros mismos, nuestros familiares y también nuestros vecinos. Nuestros amigos y también aquellos que nos resultan antipáticos o indiferentes. Los que votan a Juan o los que prefieren a Pedro.
Tal vez la lección de estos seis meses haya sido aprendida, superada y hasta la clase dirigente haya hecho un ejercicio inteligente de la historia y también de sus símbolos. Pero lo que nadie podrá cuantificar es que este tiempo de rápida ilusión y duro desengaño también significa un daño profundo a las instituciones y a la democracia como valor, como espíritu y como sistema.
Muchas veces el inconciente nos juega malas pasadas, pero cuando esos traspiés le suceden a toda una sociedad, el desconcierto, la apatía y la angustia suelen ser difíciles de revertir y tal vez no alcancen los “mea culpa” que a lo mejor nunca lleguen. Y es allí donde el gobierno debe encontrar la explicación de la bronca, no en los supuestos complots en su contra.
A pesar de ello, Jaque todavía tiene tiempo de remontar esa relación simbólica e histórica con sus mandantes, de su responsabilidad y astucia depende; pero es probable que sus propias palabras lo persigan eternamente como la condena al sentenciado. Y que aquellos mismos que lo votaron hoy busquen ansiosos nuevas ilusiones ante la inminencia del desencanto colectivo.
En este horizonte discepoliano de sabihondos y suicidas, la dimensión simbólica del asunto cobra tal vez más importancia que la veracidad o no de la audaz afirmación del Jaque-candidato que el Jaque-gobernador no pudo sostener ni cumplir.
Durante estos meses, el gobernador que entre sus virtudes previas había tenido la de ser un hombre cauto y mesurado, cayó en la fácil trampa de los tiempos electorales de prometer para ganar. Degradó así no sólo la palabra, su palabra, si no también cualquier afirmación que pueda hacer hasta el fin de su mandato. Algo grave en el contexto de esa relación simbólica, y siempre conflictiva, que se establece entre gobernantes y gobernados.
Y como si esto fuera poco, y sumado al pesado engranaje político que hasta hoy ha sido su gestión, no ha sabido darle dinamismo a un gobierno que parece cansado con sólo seis meses de rodaje. Tal vez esta semana haya sido, en la antesala del “date line”, la fecha límite por él mismo fijada, el ejemplo más paradigmático del borde del ataque de nervios: paros de empleados públicos, quejas de los empresarios del transporte por la modificación de las condiciones de la licitación y el sacudón mayor que supone ver enterradas las ilusiones de una ley de emergencia sanitaria con la que desde el inicio se intentó perfilar como fundacional a la tarea del ministro Sergio Saracco.
Mientras esto sucedía, el gobernador mantenía reuniones protocolares y sellaba acuerdos de mediano impacto en México, muy lejos de la zona de fuego, y especialmente de la fecha prevista para una rendición de cuentas que nadie propuso pero que todos esperan el lunes 9 de junio. Una especie de petit calvario del alumno que aún sabiendo que lo van a bochar debe dar su examen. Y que ante el miedo escénico que esa situación produce, opta –directamente- por pegar el faltazo.
Ya que tal vez lo verdaderamente triste aquí no sea que la meta fijada haya sido alcanzada o no, sino que en lo que como sociedad respecta, el fragor electoral haya permitido incorporar el fenómeno de la inseguridad en un campo de batalla apto para la conquista de votantes. Hasta ese extremo descendimos como sociedad.
Porque vaya paradoja, también hemos sido nosotros mismos los que permitimos que el mercado electoral lucrara con cada una de nuestras pequeñas o grandes tragedias. Con el ultraje que significa cualquier robo, o con el dolor que significa una muerte. Algo que todos los mendocinos en alguna medida hemos padecido: sus víctimas somos nosotros mismos, nuestros familiares y también nuestros vecinos. Nuestros amigos y también aquellos que nos resultan antipáticos o indiferentes. Los que votan a Juan o los que prefieren a Pedro.
Tal vez la lección de estos seis meses haya sido aprendida, superada y hasta la clase dirigente haya hecho un ejercicio inteligente de la historia y también de sus símbolos. Pero lo que nadie podrá cuantificar es que este tiempo de rápida ilusión y duro desengaño también significa un daño profundo a las instituciones y a la democracia como valor, como espíritu y como sistema.
Muchas veces el inconciente nos juega malas pasadas, pero cuando esos traspiés le suceden a toda una sociedad, el desconcierto, la apatía y la angustia suelen ser difíciles de revertir y tal vez no alcancen los “mea culpa” que a lo mejor nunca lleguen. Y es allí donde el gobierno debe encontrar la explicación de la bronca, no en los supuestos complots en su contra.
A pesar de ello, Jaque todavía tiene tiempo de remontar esa relación simbólica e histórica con sus mandantes, de su responsabilidad y astucia depende; pero es probable que sus propias palabras lo persigan eternamente como la condena al sentenciado. Y que aquellos mismos que lo votaron hoy busquen ansiosos nuevas ilusiones ante la inminencia del desencanto colectivo.