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Opinión

¿Está oscuro o falta luz?

Los últimos días de la política local han sido de encontronazos, tropiezos y tardanzas. Mientras Jaque no estaba, y a su regreso también, sus ministros parecen haberse esforzado por desplegar una estrategia de gestión que ni el más acérrimo opositor hubiera diseñado.
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Mientras algunos exégetas del Gobierno indicaban que por estos días la gestión de Celso Jaque iniciaría una nueva y venturosa etapa tras haber cerrado el conflicto con los jueces, lograr la renuncia del fiscal de Estado y sortear casi indemne el encuentro con los ruralistas en General Alvear, la realidad volvió a mostrar su peor cara.

Y no tanto porque las cosas sean feas -que suelen serlo- sino también porque a veces esa fealdad depende de la luz con la que se la alumbre. Y lo cierto es que el propio Gobierno, o sus mismos funcionarios, toman a veces decisiones incomprensibles que le agregan más penumbra al asunto. Cuando la política no se ejerce y se tiende a resolver los conflictos cediendo, la sociedad es la que está en problemas, más que el propio gobierno.

La semana arrancó con una sorpresiva reunión entre el gobernador y el intendente capitalino Víctor Fayad. Lo que intentó mostrarse como un gesto de diálogo y apertura, en realidad fue una reacción tardía tras las reiteradas quejas mediáticas del radical. Asimismo, y mientras en el entorno del gobernador no sabían nada del encuentro, desde el ministerio de Gobierno de Juan Marchena, vendían la reunión como un logro propio. Tal vez para demostrar que no está tan pintado como dicen, aseguran los marchenistas. Tal vez para ningunear explícitamente a Alfredo Cornejo y los concertadores, dicen los jaquistas puros.

Lo cierto es que la reunión realizada a las corridas y casi como para dejar la casa en orden antes de partir a Londres, significó en sí misma, la elección y legitimación de un líder opositor (y por ende de un rival) de cara al futuro. Una concesión que Jaque parecía negarse a realizar a tan poco de iniciado su periplo, pero que abrumado por las circunstancias de la formación (también por su capricho) de un frente radical en ciernes, debió asumir. Ahora habrá que ver cuáles son las consecuencias de su decisión.

Y como suele suceder en las fábulas, pero también en las películas clase “B”, cuando el que manda no está, el revuelo está casi asegurado. Mientras el gobernador enviaba fotos desde Londres que lo mostraban con nuevos especialistas en la lucha contra el delito, y otras de ese mundo paralelo que significa la vitivinicultura de alta gama como es la London Wine, aquí sus ministros no dejaban error por cometer.

Adrián Cerroni, de Hacienda, le aseguraba a su jefe otro bochazo de la Legislatura, en este caso por los superpoderes (y en paralelo desataba una nueva polémica sobre la inclusión o no de dos artículos de la ley “por si pasaban…”; algo que dicen que dijo, pero que después negó haber dicho).

Sergio Saracco, de Salud, dejaba plantado también a otra comisión legislativa para explicar los alcances de la ley de emergencia sanitaria. Y, desconociendo cualquier protocolo político, parlamentario y hasta de simple instrucción cívica, en lo que hace a esa antigüedad denominada “división de poderes”; invitaba a los legisladores a reunirse, pero no en la Legislatura, “si no en su despacho…”.

Para no ser menos, Alejandro Cazabán, secretario General de la Gobernación, también se sumó a la onda “plantón legislativo”, generando un nuevo encontronazo, ahora por sus atribuciones para la revisión y renovación de contratos de la administración pública, que no hace más que seguir zamarreando una relación política que ya poco tiene de equilibrada, como es con la Legislatura, y en la que el gobierno se empeña en embestir con una “sutileza” que llama la atención.

En paralelo, cuando el agua estaba llegando al cuello, y parecía que la semana era definitivamente negra, el sindicato de choferes puso todo más feo aún. Declaró un paro con una metodología de shock que sorprendió no sólo a los usuarios, sino también… al propio Gobierno… que debería ser el menos sorprendido, pues desde el ministerio de Infraestructura a cargo de Francisco Pérez, hacía un mes que se le daba vuelta al asunto. Al margen de las demoras o impericias que pueda achacársele, el asunto pone otra vez en consideración la tremenda fragilidad que posee el Estado en la gestión de los servicios públicos cuando lo que se antepone es el derecho individual antes que el derecho comunitario.

Con las aguas aquietadas bajo el estilo que más le reditúa a este gobierno, es decir, sacar la billetera, los choferes volvieron a sus micros y con ello, “la paz social” (como le gusta decir al gobernador) sigue siendo cara pero aún accesible.

El problema vendrá cuando algunos cuantos otros que también esgrimen derechos adquiridos, intenten tomar su porción de la torta amenazando romper lo que pueden de la poca tranquilidad que queda por estos lados. Raquel Blas ya mostró las uñas, y tras ella, seguramente vendrán algunos más. Ahí se verá si la estrategia de gestión ha sido válida, o si por el contrario, no se ha hecho más que alimentar un búmerang que comenzará a ser letal en el mismo minuto en que no pueda pagárselo más.

Mientras tanto, la política sigue ahí, casi ausente. Y los encargados de llevarla a cabo en cada área, los ministros, más que brillar en la virtud, se opacan en sus ausencias y sus dudas. Si el poder no domina a las corporaciones, éstas terminan gobernando para sí aquello que debería ser para todos. Aquí, en todo caso la oscuridad parece ser un síntoma de la medianía, un primer escalón de las imposibilidades.