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Opinión

Hace dos siglos y medio, Adam Smith fue agorero


Una de las curiosidades del  paquete de salvataje al sistema financiero propuesto por el presidente  George Walker Bush al Congreso de los Estados Unidos de América es que,
dentro de los 700.000 millones de dólares estadounidenses que saldrán de  los bolsillos de los contribuyentes de ese país, una parte está  destinada a pagar las indemnizaciones para la burocracia gerencial de  las empresas quebradas, los mismos corresponsables de esta crisis
contemporánea, seguramente a corto plazo la más importante de la  historia del capitalismo a escala planetaria.

El hecho ya ha merecido algunas protestas, sobre todo del lado de la  bancada demócrata en el parlamento de ese país, algo que responde a un  hecho de estricta justicia más allá de que para algunos puedan existir  especulaciones electorales de cara a los comicios presidenciales a
realizarse dentro de dos meses ya que los afectados por la explosión de  la burbuja inmobiliaria, no contemplados en la propuesta de Bush y su  secretario del Tesoro, Henry Paulson, son varios millones y los gerentes  a solucionarles la vida una cantidad poco significativa a la hora de  contar sus votos.

Pero este estallido y la propuesta de Bush-Paulson de salvataje a los  bancos y a los responsables del desastre y no a los endeudados (más allá  de que en su afán consumista hayan sido parte necesaria de todo eso), da  lugar a algunas reflexiones sobre el colapso de un capitalismo gerencial  curiosamente previsto dos siglos y medio atrás por un pensador escocés
(economista, filósofo y astrónomo) llamado Adam Smith, padre del  liberalismo, quién en 1776 dio a conocer su obra cumbre: “Análisis de la  naturaleza de la causa de la riqueza de las naciones” o simplemente “La  riqueza de las naciones”.

Cuando hoy se habla de “neoliberalismo” se propugna un esquema económico  que Smith ya había cuestionado porque se trata de una regresión al  mercantilismo imperante durante un siglo y medio anterior a él.  Naturalmente Smith representaba a la emergente burguesía industrial  británica y a las nuevas concepciones tecnológicas surgidas de centros  académicos como la Universidad de Edimburgo (Escocia) a la que estaba  ligado. No era un revolucionario y tres cuartos de siglo después recibió  los ataques del emergente del nuevo proletariado, el alemán Kart  Heinrich Marx.

En medio de la crisis actual estos clásicos vuelven a tener vigencia,  como algunos otros. Sin embargo el caso particular de Smith merece una  revalorización como visionario no ya de las grandes transformaciones  sociales, sino del devenir del propio capitalismo en el cual la  innovación tecnológica debía jugar el rol decisivo, como lo planteó a  partir de su famoso análisis de una fábrica de alfileres. Y en este caso  en particular de la crisis contemporánea surge su pronto olvidada  advertencia sobre los riesgos que implicaba para la salubridad del
sistema la burocracia gerencial.

Este tema está ampliamente desarrollado en el Capítulo V de “La riqueza  de las naciones” y hasta fue motivo para que el parlamento británico  sancionara, en su momento, una ley regulatoria de las sociedades  anónimas que trabó la posibilidad de que los gerentes llegaran a los  directorios de las empresas ya que se estableció que para ocupar esos  cargos hacía falta ser un accionista con un capital no menor a las mil  libras esterlinas. Una cifra realmente importante para aquella época,  unos cuantos millones de nuestros tiempos.

En ese texto Adam Smith hizo un estudio del funcionamiento de varias  empresas importantes de su época y remarcó los problemas que se fueron  generando en algunas de ellas como resultado de los manejos de los  gerenciadores y así reclamó la sanción de las normas sobre el
funcionamiento de las sociedades anónimas. Su idea central era la de  defender a los inversores, a los propietarios de las acciones, como  forma de garantizar el sostenimiento del sistema. Algo que si bien tuvo  eco en su momento luego fue olvidado tapado por la nueva lucha de clases
entre capitalistas y asalariados.

Pasaron casi dos siglos y hacia los años 1960 otro gran economista,  también defensor del sistema capitalista, como el estadounidense John  Kenneth Galbraith, asesor del presidente John Fitzgerald Kennedy, retomó  el tema de la cuestión gerencial para advertir sobre los riesgos que  implicaba para el porvenir de las empresas. En un extenso trabajo en la  materia advirtió sobre el traslado de los ingresos empresarios a los  bolsillos de los directivos en desmedro de los accionistas. Hasta  cuestionó la vida fastuosa de los gerentes que incluía el naciente uso  de aviones privados.

Hace unos años algunas empresas comenzaron a mostrar los resultados de  todo ello. Enrom comenzó la lista en los Estados Unidos, seguida por  World Com, y algo después estalló el caso Parmalat desde Italia y no  faltaron otros casos menos resonantes. Y aún antes y ya vinculado a las  burbujas financieras, aunque no inmobiliarias, desde Singapur estalló el  caso de los derivativos que determinó la quiebra de la inglesa Baring  Brothers, aquella emblemática firma del cuestionado préstamo a la  Provincia de Buenos Aires otorgado en 1822 por gestión de Bernardino de la Trinidad González Rivadavia.

La Baring Brothers, que estuvo a punto de quebrar en 1889 por culpa de  la Argentina y que debió ser salvada por el Banco de Inglaterra se cayó  definitivamente en 1995, pero los negocios de los derivativos  prosiguieron y hoy suman unos 60 billones (millones de millones de  dólares estadounidenses) impulsados por los seguidores de Nick Leeson, el gerente responsable de la bancarrota de la Baring. Algo de lo que por  ahora se habla poco pero que puede sumarse, explosivamente, a la crisis  financiera desatada en torno de las llamadas hipotecas “subprime”.

Otro gran economista, en este caso inglés, John Maynard Keynes, también  capitalista, siete décadas atrás que cuando una persona le debía mil  libras esterlinas (que ya valían muchísimo menos que las de la ley de Smith) a un banco y no le podía pagar estaba en problemas, pero que si  debía un millón y no podía pagar el que estaba en problemas era el  banco. Hoy hay millones que están en esta última posición y por eso el  sistema está en problemas pero, en tanto, además del salvataje a los  bancos, se impulsa indemnizar a los que instrumentaron todo esto junto con todos los teóricos “neoliberales”.

Claro que estos operadores del capitalismo gerencial podrán no conocer  ni interesarse por estas historias al igual que los “académicos” a los  que repiten; es probable que tampoco estén preparados para pensar sobre  estas cuestiones, pero lo cierto es que fueron muy eficaces para operar  en los mercados con vistas a sus intereses personales, aunque desataran  esta crisis de impresionantes dimensiones y esa capacidad para operar,  ligada al manejo de influencias, seguramente es lo que ha hecho que una  vez más sus personales intereses hayan sido incluidos a la hora del  salvataje de lo que provocaron.

Fernando Del Corro es periodista, historiador, docente en la Facultad  de Ciencias Económicas (FCE) de la Universidad de Buenos Aires (UBA). De la redacción de MERCOSUR Noticias.

Alai/ América Latina