Notas
Algunas cosas sobre Netflix
La fiesta empezó con Cuevana. Aquellos que no eran amigos del Torrent ni de los extraños foros para conseguir material audiovisual encontraron ahí un sitio amable, ordenado, eficaz (salvo para los viernes o sábados a la noche, hora pico de solteros y parejas aburguesadas) pero, sobre todo, fácil.
Aquellos que defendían la piratería ‘tradicional’ con el argumento (cierto) de que en el mismo tiempo que tardaba en cargarse la mitad de un capítulo de una serie en Cuevana se podía bajar el mismo capítulo entero sin miedo a que se “interrumpiera” la reproducción, atacaban a los usuarios de Cuevana por “perezosos”. Está claro que también defendían cierto modo de hacer las cosas. Y a veces las cosas cuestan esfuerzo. Aunque no sea más que un esfuerzo virtual.
Ahora bien, la “ilegalidad” es la misma. Podríamos no verlo como ilegal sino simplemente como el modo en el que debe ser consumido el arte o el entretenimiento en esta, llamémosla, nueva era. En este sentido, el reciente documental The pirate bay, away from keyboard (Simon Klose, 2013) que sigue el juicio contra los responsables del sitio The pirate bay es un buen ejemplo, ya que nos muestra el exquisito ‘debate’ entre los jueces que intentan imputar a los creadores del sitio y los fundadores que hablan, decididamente, en otro idioma (probablemente uno más parecido al nuestro).
A fines de 2011 las causas judiciales y las denuncias contra Cuevana, sumadas a un rediseño incómodo, hicieron que las visitas al sitio bajaran estrepitosamente. Para esa época llegaba Netflix a Latinoamérica. Si bien era una opción legal (por la suma de 7,99 USD al mes podíamos tener acceso a ver varios títulos por streaming) la calidad de la imagen era mala y la oferta de títulos era pobre y estaba mal catalogada. Torrent seguía siendo la mejor opción.
Y así fue como, al tiempo, Netflix dejó de interesar. Sin embargo, en febrero de 2013 apareció su primera producción original, House of cards, una adaptación de la homónima serie inglesa de la BBC, que llevaba la rosca política al Congreso de Estados Unidos. Producida por Kevin Spacey (también protagonista) y dirigida por David Fincher, la serie resultó ser sorprendentemente buena. Así que empezamos a prestar atención de nuevo. La plataforma puso a disposición la totalidad de los episodios, cambiando también el consumo habitual (y por habitual seguimos refriéndonos a ‘televisivo’) de las series: ya no era necesario esperar una semana para el nuevo episodio. Ni para verlo ni para bajarlo.
Después de eso vino Hemlock Grove, la serie de terror dirigida por Eli Roth y producida por Gaumont para Netflix, cuyos 13 episodios también estuvieron disponibles para ver de un tirón. Pero lo que causó furor fue el estreno de Orange is the new black, en julio. La serie está basada en la novela de Piper Kerman sobre su experiencia durante el año que pasó en una cárcel de baja seguridad por tráfico de drogas. Si bien al principio parece imposible que algo así funcione (nuestro costado progre nos dirá que “caricaturizan” a las negras, que “la vida en la cárcel no puede ser así” y varias cosas más), con el correr de los episodios y los flashbacks de los personajes (mención especial para La roja, la cocinera rusa y para Méndez, el policía tonto) todo eso que al principio parece forzado y ridículo se vuelve naturalmente adictivo.
En la actualidad, Netflix cuenta con más de 30 millones de usuarios (de los cuales solo 3 millones están en Latinoamérica), y 70 mil títulos (aunque a nosotros nos tocan solo 3.000). Además de aumentar sus usuarios semestre a semestre, tiene también el reconocimiento de la crítica (9 nominaciones al Emmy para House of cards), segundas temporadas de House of cards y Orange is the new black a estrenarse en 2014 y acuerdos para coproducir con Dreamworks (en diciembre se estrenará Turbo: F.A.S.T., serie basada en la película Turbo y primera producción original de Netflix para niños).
Sin embargo no todo es tan feliz. Como usuariosde Netflix Latinoamérica, hay algunas cosas que todavía no terminan de encajar. El catálogo en general es desordenado, la cantidad es apabullante y muchas veces cuesta realmente encontrar buenos contenidos (la nueva función “Mi lista” trata de poner un poco de orden en el caos, pero todavía no lo logra).
Pero el desorden es lo de menos. La calidad es lo que preocupa: en el caso de los documentales, más allá de algunos de la BBC, las charlas TED y los clásicos como Inside job, hay una ridícula, pobre (y sobre todo inexplicable) selección de documentales históricos de baja categoría. La oferta de los especializados en deporte es casi nula y ni hablar de los documentales musicales, casi ausentes, con la feliz excepción de Gimme the power, sobre Molotov.
Adentro de “películas independientes”, Wong Kar-wai convive con aberraciones como Mystic Pizza, una cosa con Julia Roberts que difícilmente pueda llamarse película. O 21 gramos, que de independiente mucho no tiene. La oferta de películas argentinas es demasiado pobre, y la de películas ajenas al circuito norteamericano también.
A pesar de esto, es probable que Netflix sea parecido al mejor videoclub del mundo, si sabemos cómo usarlo. Evidentemente se están especializando en las producciones originales de calidad y no deberíamos ignorar eso. Lo interesante es que cada uno lo use como le plazca, claro, pero nuestra sugerencia es: dejar lo que originalmente pensaríamos como “de la tele” para la “tele” (o sea “para Netflix”) y del cine lo que es (todavía, si cabe esa posibilidad) para el cine. El catálogo de series es perfecto, no solo por las originales sino por la inclusión de varias de la BBC, como Sherlock, por ejemplo, que pueden disfrutarse en HD. Podemos usar a nuestro favor semejante oferta o podemos usar Netflix para ver material que podría tener una presentación con Virginia Lago, pero sin Virginia Lago (lo cual lo hace un 75% peor). Nosotros elegimos.