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Notas

Juancho Martínez, el mundo pide carnaval

Juancho Martínez, ícono del carnaval de Gualeguaychú, nos enseña la verdadera alegría popular.

El arte ha sido refugio contra la violencia y ha salvado muchas vidas. El carnaval es un espacio de libertad para los que viven una sexualidad no heterosexual. Es un espacio licencia que ha servido para barrer prejuicios y desmitificar. Juancho Martínez desde Gualeguaychú fue uno de los que se animaron a la libertad en tiempos de persecución y abrieron camino para que las generaciones de maricas que siguieron tengan un mundo menos homofóbico. Siempre desafiante, osado y divertido, los años lo han vuelto una figura central en el carnaval y un referente para aprender a vivir sin callar, sin esconderse.


¿Juancho cuántos carnavales tenés ya?
La primera foto que tengo es del año 1952, en el Club Independiente, que salíamos del grupo pero no estábamos metidos todavía en “la barra divertida”. Y después todos los años. Ahora viene gente grande del barrio y otros lados a tocar timbre a ver si yo salgo en el corso barrial porque si no, no van porque tiran espuma. Yo nunca me propuse ser famoso. Nunca. Siempre hice lo que me gustó. Y tengo reconocimiento de la Senaduría de la Provincia, de la Municipalidad, el Premio Camila Nievas. Muchos premios tengo, reconocimiento de todos lados. Y qué es lo que hice… disfrazarme de mujer.

Nunca perseguiste la fama, ¿qué es lo que buscabas?
Me gustaba. El placer de disfrazarme y de divertirme, de pasarla bien. Pero nosotros éramos consientes de que estábamos haciendo un espectáculo. No nos divertíamos a lo tonta o a la loca, nosotros llevábamos un orden, una idea.

Si tuvieras que elegir algún momento clave del carnaval ¿cuál sería?
Mirá yo tengo grabado en mi memoria el día que dijimos “no sacamos permiso”. Ese día nos revelamos. La policía te exigía un permiso. Vos te tenías que presentar una semana antes y describir lo que ibas que ponerte. Después tenías que pasar a buscar un papel grande que tenías que prenderlo en el disfraz. No se podía usar antifaz, máscara, ni nada. Yo dije, “no, no vamos a sacar nada permiso, nos vamos a maquillar y vamos a salir con la cara así y no nos van a poder decir nada y el permiso no lo vamos a sacar”. Ese día yo les dije en casa “si no volvemos, vayan a la plaza a llevarnos cigarrillos” porque a los presos antes los hacían barrer la plaza. Vos sabes que nosotros,  cuando salimos y vimos que nos miraba la policía, pero la gente nos aplaudía tal forma que no se animaron a pedirnos permiso, ni decirnos nada. No se animaron a nada. Ese día dije, “los vamos a llevar por delante” y seguía con mi paso. Ese día no me voy a olvidar nunca, porque podían llevarnos. Eso lo tengo grabado.

¿Cómo nació “la barra divertida?
En Buenos Aires conocí a Tomás que trabajaba en el teatro, era bailarín. Como era loco como yo, dijimos “vamos a salir en el carnaval”. Antes de irme a Buenos Aires salíamos sueltos, con chicas y muchachos del barrio. Así fue hasta el día que salimos con el mateo ese de plaza ¿no sabés la historia esa?

No… ¿me la contás?
Bueno… entre el negro González, Tomás, Eusebio Pereyra y yo, fuimos a contratar un mateo de plaza que había antes. Chinganga se llamaba el del mateo. Famoso era. El negro González, le sacó el brocato y el estrás a la madre para adornar el mateo en una hora. El mateo quedó. Hasta el caballo estaba disfrazado. La capota baja, teníamos abanicos, medio españolas éramos, cada una al lado del mateo y arrancamos hasta donde formaban todos. Llegamos y el comisario del corso nos mira… cuando nos vio dijo “ese coche es bárbaro, ustedes abren el corso”. Hizo lugar y estacionamos el mateo. Chochos estacionados, arriba del mateo veíamos la gente sentada. Pero no va que los Crespo pusieron un mortero y una bomba de estruendo a la hora que se iniciaba el corso. Prendieron eso, y “pummm”  el caballo salió disparado para donde estaba toda la gente. Y claro para detener el caballo un municipal lo agarró y el caballo le cerró la boca y se quedó con dos dedos. Al hospital.
Al otro día Miguel Ángel Chacón, nos dijo “estuvieron todo bien, pero ustedes tienen que salir en una murga para estar más protegidos,”. Así salimos con “la barra divertida” ese año, lo que restaba del carnaval. Al año siguiente ya estábamos totalmente metidos ahí. Y así fue la incorporación de nosotros a la barra divertida.
Una cosa que no pude nunca hacerle borrar a página 12 es que yo no fundé una comparsa de travestis. Salían homosexuales, que en ese momento ni siquiera existía la palabra travesti, nadie la conocía. Eran disfraces y la gente que salía conmigo era homosexual, pero era aparte. Se vestían de mujer pero no eran travestis. El travesti vino después, era otra cosa. Y ahora vos ponés en el google, “Gualeguaychú Juancho Martínez” y aparece eso.

Ese es un punto muy interesante. Porque la barra divertida está asociada al travestismo. ¿Cómo es la historia real?
Eran homosexuales, cuatro, que se vestían de mujer y salían al carnaval, después no había otra cosa. Y nosotros estábamos convencidos que trascendimos tanto por el vestuario y el tema. Hacíamos María Antonieta, la cortesana; los trajes eran tan importantes, de época y a la gente le cayó bien. Por eso de golpe pasó la aceptación popular, yo no podía creer.

Después se adueñaron de la barra…
Nos adueñamos de la barra… y la transformamos.

Entonces, ¿el carnaval servía como otro espacio de integración con los homosexuales también?
Claro. Imaginate que todos los artistas de las comparsas son homosexuales. Todos… Buteri, Rodolfo, todos los que conocés, el Mono, todos. En los teatros está metido eso, puede ser por la sensibilidad especial del homosexual que pide descargar su represión, quizás, en lo que hace con las manos, lo que escribe, lo que pinta, hay una descarga ahí y se van los prejuicios.

¿Cómo era o viviste la experiencia homosexual antes de encontrar el carnaval como espacio de apertura?
Mirá, acá había una revista hace como 38 años, que no me acuerdo como se llamaba, semanal. Me dijeron, “no te animás, que vamos a dar un shock, una entrevista a un homosexual, en la portada va a haber dos manos”. Una era la mía, que no era así vieja, era elegante mi mano, y la otra de un fotógrafo de Córdoba. “Reportaje a un homosexual…” salió la revista y la compraron todos. Yo iba a los bares, con Miguel Ángel Chacón, y había conversaciones y en seguida supieron que era yo. Un éxito. Pero se acabó. Debut y despedida, cerraron la revista. La palabra homosexual no se podía decir por radio. La curia hizo todo lo posible y la revista no salió más.
Y cuando yo vivía en Buenos Aires que estaba Onganía, no se podía besar en la calle entre hombres, ni un beso en la mejilla. Yo iba mucho por el centro, al Café La Paz, que había reuniones y también los cafés de calle Florida, entonces este Onganía prohibió todo y veías en la calle las maricas de barba y bigote para disimular. [risas] “¿qué te pasó?” les decía. Yo nunca de barba y bigote, pero las veías a las maricas así para disimular y las llevaban igual de las pestañas. Y a la confitería La Paz un buen día no iban más, había que cambiar los lugares de reunión.

Igual en ese cambiar había una conexión, un código de los nuevos lugares para encontrarse…
Sí. Había cines, confiterías. Donde iba una marica iban todas las demás.

Gracias Juancho ¿Nos querés dejar alguna reflexión final?
Sacá las cosas que no queden para la posteridad.