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Notas

Esa inmutable forma de existir

Esas pesadillas que duran un rato y nos arruinan más de una noche.

Escena 1

Fuimos al teatro de títeres a ver como bailaban las marionetas. Encontramos la tristeza envuelta en trapos. Los gestos arruinados, gastados, incoherentes, las malas lenguas y las sonrisas sin pintar. Era tan fatídico el ritual de sostener los hilos, que hasta el más villano de los titiriteros tenía que pensar en otra cosa. La alienación hacía falta y, en este caso, era saludable. Es necesario no ver cuerpos en ese despliegue de violencia, la mínima conexión empática con el títere lo haría cambiar de ocupación. En la primera fila de combate se desplegaban las pantomimas que titiritero hacía pronunciar a la marioneta. El teatro era crueldad, como prefería Artaud, aunque no como lo describiera en “el teatro y su doble”. Nosotros como público del mal, teníamos la urgencia de encontrarnos, reconocernos o despertarnos a los codazos. La marioneta azul no se movía, inmutable forma de existir, nos sorprendía tristemente y temíamos que volviera a la vida, pero intentábamos alentarla en vano. Porque siempre habría de volverse contra nosotros, en cumplimiento de sus tareas, simplemente y sin animosidad –la más perversa forma de matar, por cumplir su deber dentro de una industria productora de muerte. Pero fuimos a buscarla sin pensar que estaría desmayada en un rincón. Al despertarse nos revoleó su brazo mal cosido, o descosido, o tirando a roto, una mueca de indecencia se filtró por su costado y lo anticipado: por fin abrir los ojos con una maldita sensación de malestar.

Escena 2

El vacío que se conjuga con el verbo estar y siempre lo acompaña un gerundio. Así se genera en el lenguaje una la imagen suspendida en un tiempo; una duración en la gramática que se ramifica en el espacio. Esa idea de vacío y duración desborda el cuarto, la madrugada, cualquier libro; ninguna distracción literaria sirve para olvidar el tumulto, el sacudón emocional, el frío cuerpo de verano. El recuerdo de una noche que arruina cualquier sonrisa o proyecto, y no deja recuerdo sin cuestionar. La tortura se extiende  durante siglos y la madrugada se generaliza en meses de inútil espera. Para entonces, el mundo seguía roto.
Esperábamos algo especial, pero nada de eso llegaba y no duramos lo que los comerciales de la película. No llegamos a discutir la obra y militancia surrealista de Aldo Pellegrini. No llegamos a discutir la mala vida y mejor futuro de la revista “el ojo furioso” que entusiasmaba cada año, a veces dos veces al año, las inquietudes intelectuales de algunos trasnochados, desde los tempranos noventa a los tempranos dos mil. No llegamos a discutir el concepto de vida en York. No tuvimos tiempo ni para perderlo y no quedó más que esta pesadilla de títeres que se burlan de nuestro miedo a despertar lejos y solos. No queda más que la burla y una suma siempre impar de libros y discos, las ruinas de la ciudad que construimos. Los trenes son los que mejor se estrellan cuando no abunda el olvido, o no existe, más allá del cerillo y el alcohol; respirar profundo,  recibir de lleno la combustión. Las cenizas, las certezas.