Notas
Marley, el documental de Kevin MacDonald
“No hay en la música actual, o creo nunca la hubo, una figura con la resonancia de Marley. Y eso lo descubrí mientras filmaba El último Rey de Escocia: iba a los barrios más humildes y la presencia de Marley, sea santificada, hypeada o sinceramente sagrada en lo melómano, era impresionante. Murales, letras en las paredes, todo. Ningún otro músico tiene esa forma de penetrar culturalmente”, dice Kevin MacDonald, director de Marley, explicando, de alguna forma, por qué un escocés que ya se había quemado dedicándole una década a Mick Jagger (y cuyo material quedó en el piso de la isla de edición) brindó dos años de su vida, la vida de los Marley, de cualquier tipo que haya tenido un cruce con Marley (hasta la enfermera que lo trató en Bavaria), para irse a Saint Ann Paris, donde Marley nació. “Quería hacer una película sobre Marley hace seis o siete años, para el cumpleaños de sesenta de Bob. Quería llevar a algunos rastafaris de Jamaica a Etiopía, ya que allí se iba a realizar una celebración bastante grande, con un concierto también muy importante. Pero era más una película de observación, no tanto de entrevista y archivo como terminó siendo Marley. Pero de repente, y por casualidad, conocí a Chris Blackwell, de Island Records, y me dijo ‘Tenés que traer a Steve Bong de productor’. Eso quedó en la nada, hasta que dos años después me llama Steve diciendo ‘Hey, me dijo Steve que vos querías hacer un documental sobre Marley. Tengo los derechos. ¿Todavía tenés ganas?’”
Lo extraño, y que se traduce en el tono exhaustivo y algo didáctico en su globalidad (o inflación) e intimidad (lo más apabullante, el Marley hombre, marido y padre, hijo rechazado) es que el propio MacDonald no es un gran fanático de Marley: “Lo que sí soy es un cineasta, y el cine está hecho de hitos, íconos; y ahí es donde aparece el documental, que es lo contrario a la narración, ya que permite en lugar de construir, al menos, desarmar el ícono. Puede que se crea que algunos momentos mi montaje, o mis formas, son cínicas, pero solo quería desactivar la devoción para entender a ese hombre, en extremo único, y también cómo se construye toda una mística alrededor de él.” Y sigue: “Pero el tiro me salió por la culata: salí sintiéndolo más un héroe, alguien completamente coherente con la vida que vivió, con las ideas que profesó, cómo quería que su música fuera una herramienta para su mensaje. Ahí su ambición, ahí las crisis cuando se lo acusa de venderse, y él quería solo llegar”.
Marley intenta lo imposible: desmenuzar la leyenda, prensarla. Entender algo que parece incomprensible y, obvio, se pierde en la jungla de su bestia: a veces peca de simplista (sobre todo cuando se pone penitente), otras ilumina (los Wailers que, por respetar su religión, se quedaron en el camino), otras se sale de cualquier expectativa (Marley defendiendo su mudanza al barrio ABC1), y otras, sin querer queriendo, muestra sin condenar al Marley padre y su rudeza –cuando no sus abandonos. Marley entero, sacado de la remera: “No puedo negar que eso hizo la diferencia: ellos, los Marley, Rita Marley, incluso hasta su padre, todos cooperaron desde el principio. Y eso fue lo que me sacó del uso genérico del archivo: era imposible negar todo lo hay sobre Marley, galaxias de material, de documentales etéreos que solo reafirman lo que ya se sabía. Y ellos ayudaron a que hubiera un tono realmente íntimo. Les dije que quería que fuera así, personal: los hijos, que no conocen mucho a sus padres, están porque querían dejar algo en el proceso de conocerlo. Todos fueron muy sinceros. Hablaron de sus errores. Era un tipo muy complejo”.
Hay una sensación, innegable, de “biografía autorizada” en Marley, agigantada por la colosal lista de conocidos e íntimos del músico: “Era lo que quería lograr. Por eso los busqué a todos. Y todos, en un momento, me decían que querían ser parte de esa vida, que sienten que está representada en la película. Quería mostrar a Marley, el tipo, entero, sin matices. Y eso implica meter la mano a veces en lugares no tan amables. No era buen padre, no podía no estar con otras mujeres, tenía problemas con las drogas…”. Pero sabe que hay otros lugares, embarrados también, donde tenía que estar: “Es el momento ‘Cornerstone’. Su familia llora mucho cuando ve la película. Cuando su medio hermano se emociona oyendo ‘Cornerstone’, y nos damos cuenta que Marley la escribió como reacción al abandono de su padre blanco. Ahí se muestra que todos los dolores, errores, todo eso que estamos mostrando sobre Bob, lo pasaba a su música, él lo traducía ahí. Por eso necesitaba que la narración fuera cronológica, que fuera simple; así, en el crecer de su música, es más fácil rastrear al Bob humano”.
Marley, entonces, se acerca más al definitivo mimo, aunque no condescendiente, al Marley humano; un “te queremos igual, loco” sentido, exhaustivo, la complejidad de amar algo inabarcable, de ser canción pero no ser parte de esa vida que canta. MacDonald sabe que no quiere tajear al hito y ver qué sale de adentro, y está feliz con la vida de Marley que pudo contar: “Estoy seguro de que no es una pieza de investigación descomunal. Eso sí, hay imágenes nunca vistas. Pero lo importante no era hacer de cada entrevista un confesionario, sino generar una escucha, donde todo tuviera algo que aportar sobre Marley y yo pudiera oírlo”.
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