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Notas
Oscar Amalfitano. Requiem para un puto profesor de literatura
Esa noche no iría a tu encuentro. Te había mentido en un intento desesperado por salvarnos. Estaría en tu cama, en tu casa, en tu cuarto, tu buhardilla, escribiendo la novela que nos sacaría de la de la pobreza. Como un niño que sueña calzarse el traje de Maradona y rescatar a su familia del barro y la miseria. Lejos de pensar como un poeta, en nuevas formas y palabras que iluminasen las incertidumbres que desvelan a los más valientes aventureros, desesperaba hundido entre tus cosas y tus discos. Uno de ellos me cantaba “creo que somos los últimos en la tierra de nuestra clase”. Como un arqueólogo en celo intentaba reconstruir tu historia, y un poco te encontré entre tus libros. Eras ese personaje que tanto me apasionó cuando las primeras luces universitarias me apuntaban directo en noches de tertulias literarias en que solo éramos dos. Entonces, me quedé dormido.
Oscar Amalfitano, profesor de literatura, de francés, un poco traductor y un pasado militante. Lo conocí en “2666” y luego me conmovió en “Los sinsabores del verdadero policía”, ambos de Roberto Bolaño. Luchó por algunas causas, cuando gobernaba la utopía. Se limitó a la docencia con el triunfo de la distopía. Viajó tanto que en cada destino renunciaba un poco a sí mismo y se dejaba vivir por el tiempo y su fluencia. Chile, Argentina, Canadá, Nicaragua, Brasil, Barcelona, México. Una hija hermosa y brillante, Rosa. Una esposa muerta en Brasil (según “los sinsabores…”), la misma esposa fugada en España tras los pasos de su poeta favorito, internado en el manicomio de Mondragón (según “2666”). Un silencioso espíritu nostálgico.
Amalfitano en primera persona. En tono de confesión, dije alguna vez que descubría la homosexualidad en el mismo momento en que la URSS, descubría el capitalismo. La pregunta inmediata: ¿tan clausurados estaban los placeres? ¿Qué constelaciones se fundieron para que el ‘89 acabase con la mentira y la utopía? Términos intercambiables para hablar tanto de la heterosexualidad normativa, como del socialismo de estado.
Empezamos a desconfiar de los grandes binarismos y mágicamente abrimos la puerta exploratoria a la complejidad del espíritu. Ya nunca sabría cuántas pulsiones debería satisfacer. Aprendimos a jugar el juego de los mercados y a sudar frío ante una mala tendencia cuando, en el año ’89, nos convencimos de que lo malo no era tan malo y lo bueno nunca había existido; que desperdiciábamos el tiempo sosteniendo la misma maldad que combatíamos, más perversa entonces puesto que no teníamos ya la ilusión de libertad. Y no descubrí el deseo homosexual como se descubre un nuevo gusto de yogurt. Era la misma pérdida de certezas, la misma vuelta a lo idéntico, buscar nuevos enemigos. Porque estamos perdidos, pero mientras vivamos debemos mantener la fantasía multicolor de las grandes ciudades. Al resignar ilusiones prefiero jugar con las palabras su juego indescifrable, moldear almas en las universidades que no me criminalizan por mis vicios privados. Con la caída de las grandes variables dicotómicas que nos dividían, derrumbada la certeza de vivir de un lado u otro de la frontera, aprendiendo a vivir en la frontera, sin ser loco, descubrí la homosexualidad, el SIDA de un amigo, el sentimiento de estar siendo vigilado, el destierro, un poco sin elección, otro tanto por curiosidad.