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Notas

Los viudos de los sábados

Cuando ya no estás para el boliche, cuando todavía no te acostás a las 10. Cuando las noches de sábado se convirtieron en una amenaza. La columna de Mara y esos mendocinos todavía muy jóvenes para enviudar.
Sábados de puesta en escena.
Sábados de puesta en escena.

Hay que llegar al lunes. Y sin saberlo, o tal vez, sabiéndolo, se instala el Programa de Salvación Semanal de última moda en parejas mendocinas que ya no se pueden ni ver.

Matrimonios irresolubles que han resuelto no resolver y que están compuestos por mujeres que se volvieron intolerantes y hombres que están dispuestos a todo con tal de no enfrentar el divorcio.

Ellos, debo decir, han salido a ponerle el pecho a las balas. Son los nuevos anfitriones. Hacen las compras, preparan los ingredientes y, amparados en un disco o parrilla, cocinan para salvar el honor de aquella familia modelo que estuvieron a punto de formar. Ya no tienen la mirada prejuiciosa de la mujer que los repruebe (recordemos que ellas preferirían que estos programas se hicieran en otra casa); y entonces, amos y señores de la situación, dan rienda suelta a las especias y a la crema de leche portándose igual que un niño en una juguetería.

Se muestran orgullosos de lo suyo, ese entorno logrado a costa de horas de reunión con su arquitecto interiorista. Asumen ese rol que fuera femenino y nos hacen conocer su nuevo sillón con entramado de cuero y las cortinas hechas por la misma mina que le hizo las cortinas a todo Mendoza. Los viudos de los sábados nos esperan con todo listo para sostener otro fin de semana con su pareja de más de 20 años. Set de parrilla, parlantes Bose con extra sublow (a los 50 mueren por los graves), colección de música ecléctica (i pod grabado a full por encargo al dj del momento, porque  aunque no lo crean hay gente que paga para que otra persona elija algo tan personal como es la música…, colección de vinos en wine cellars con temperatura para tintos y blancos(bien a la vista aunque no combine con los muebles), sistema de luces estratégicas en el jardín (diseñado por paisajista) con las que el dueño de casa nos deleitará en un ensayo lumínico antes de comer. Para agregar un par de perros idénticos, un par de autos idénticos y un par de reproches idénticos entre ellos.

La conversación ronda siempre entre los mismos temas: hijo adolescente propio, hijo adolescente ajeno, plata propia y plata ajena, y lo gorda y deprimida que esta esa amiga que parecía que iba a ser flaca y feliz siempre. Todo esto sazonado con un picoteo permanente entre los dueños de casa cual intérpretes del film Carnage de Polansky.

Por lo general la mujer aprovecha para estar de acuerdo con todo lo que el marido no está de acuerdo y así hacernos saber que la noche viene con turbulencia. (Lo peor que puede hacer una es coincidir en algo con ella ya que, debido a que su pelea es muy personal, nos tomará de rehén y nos usará de escudo toda la noche).

El vino que se sirve hará honor al verdadero sentido de estos encuentros que es olvidar qué fue de aquellos sábados divertidos y, más efectivamente, olvidar que todavía queda todo un día llamado domingo para agonizar. Los viudos de los sábados tienen una premisa inviolable en cuanto a la bebida: “no abrir jamás lo mejor que haya llegado a la velada”. Se riega todo con algún comodín de batalla de buen perfil y renombre en la etiqueta. (El wine cellar guardará para alguna mejor ocasión el vino que trajo el invitado).

Hay algo particular en estos viudos que no sé porqué se repite a rajatabla: la dueña de casa habla por celular con alguno de sus hijos adolescentes como si hiciera meses que no supiera de él.  Así, la velada transcurre entre mensajitos del niño que nos avisa si cambió de fiesta y si se vuelve, o no, en remís. Y sus padres transmiten todo como si tuvieran que demostrar monitoreo permanente con los hijos. Consejos de prevención sexual, recomendaciones de seguridad y promesas de castigo a viva voz nos acompañan toda la noche, todo by phone, of course.

El postre, decididamente impersonal, comprado de pasada por los invitados y servido en finísimas porciones (porque siempre, inexplicablemente, la que lo sirve está a dieta) apura más, todavía, el final de la velada (que a esta altura ya está en cuenta regresiva acompañando la conversación de los viudos que,para cerrar,es más o menos la misma siempre: un poco de política básica anti k y cómo comprar dólares, un poco de tv basura y educación de los hijos, y por supuesto, las próximas vacaciones de verano que a esta altura del año ya impusieron y dejaron pagas.

Todo sucede entre las 10 y la una de la mañana. Picada, asado, logros personales, terapia barata, postres, café y champagne.

Se necesita toda una vida para poder digerir todo esto.

¡La cuenta por favor…!

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