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Notas

La niebla y la obstinada multitud

"Una torpe metáfora que intencionalmente -y sin mayor precaución- liga, conjuga y confunde un fenómeno meteorológico con la complejidad de las relaciones humanas"

La niebla es un estado de ánimo colectivo. "Tendríamos que aprender a volar para ver que hay detrás de ella. Deberíamos aprender a volar para que los que están parados adelante no nos sigan tapando la curiosidad de saber qué hay más allá". Eso me dijiste mientras caminábamos sin mirar, porque era niebla de verdad, no la que pasan por la tele, sino la que te hace achinar los ojos para intentar ver algo. Esa que te hace perder el control, pero la que también estimula la imaginación y te fuerza a pensar qué habrá detrás del velo brumoso que iguala la noche con la madrugada, y recubre tu estado de ánimo, reproductor del ánimo colectivo.

La niebla es como una melancolía crónica, asintomática diría, que a veces despierta para embriagar de tristeza las calles, las avenidas, los accesos a la ciudad y los semáforos como multitud. A nivel individual, invita a desplomarnos en las veredas y en los cordones; tienta a los buzones a recibir los cuerpos moribundos como lecho final y a los carteros a ser celestinos, por un día, del que vende ballenitas en la línea roja del subte y la que viaja a la oficina a toda velocidad. Derrumba el mito de quienes toman el café a toda prisa, y conjugan el verbo "estar" en primera persona –singular- del presente del indicativo, y le suman la preposición "a" y una palabra en inglés. La niebla es la caída al espejismo de los días, la inercia más inerte de todas, de vivir por haber empezado alguna vez.

En esos días redefiníamos nuestra identidad; nos confundíamos con los mutantes de las fiestas secretas en los parques profundos de la ciudad vecina, con las carpas perdidas en los caminos alejados, con barro en las botas y río en los pies. Lo que nos faltaba entre tanta bruma por encontrar la identidad perdida, era la niebla perfecta, la niebla imprudente, la niebla corrupta de una noche que no percibíamos si se iba, se hundía o se venía. Al no reconocerte entre mis manos, accedí a tu propuesta original de llevar hasta último término la ceguera y extremar nuestro destino; pronunciar la palabra mágica y separar nuestros caminos, para intentar desafiar el final del recorrido en un posible perdernos del todo.

Era evidente, aunque lo "vidente" no era sabido y lo visible pura bruma, que el estado de ánimo global que gobernaba en esos tiempos la ciudad, no desaparecería de un momento a otro. En tu fuga, conservé infinitas e imposibles fotos de tus pasos y de las sonrisas a medio dibujar, que esa noche, nos condenaban a explorar y partir, alejarnos sin poder mirar dónde iba el otro para seguirle la sombra o copiarle los pasos; libres para hacer nuestro camino; obstinados en perdernos del todo, por momentos deseamos reencontrarnos, osamos reencontrarnos, con miles de cuentos escritos entre las lágrimas de no haber muerto en el intento. Porque el final de los finales sería mejor igualarlo a la muerte, porque el fatalismo nos entusiasmaba más que toparnos con dos mundos a medio terminar, que entre los dos no suman cero. Es que al reencontrarte, la lluvia hizo burbujas, que el calor hizo vapor, que la noche hizo niebla, que nubló la visión, para evitar sufrir por no saber qué hay más allá de toda esta gente que nos sigue tapando, que obstinadamente sigue de pie.