Notas
Literalidad y literatura
Tuve una revelación que nos cambiará la vida, somos extranjeros y desconocidos. Creéme, es tan cierto como el café italiano, la vereda y la oficina, o el viento que pasa, golpea tu sonrisa y se va silbando a toda velocidad. La escena se puebla un poco más con el camión recolector tocando su música invasiva en plena noche. Entonces, me repliego y pienso en todo lo que puede pasar por una ventana. En principio es un gris "tic-tac" de lluvia y piedras, un pulsar permanente que insiste en penetrar con sus disparos, el techo sonoro del vecino.
La misión es resistir otra noche desierta, otra noche de invierno, entre las pocas luces que iluminan la avenida, los tristes taxis que deambulan en busca de algún superviviente y el infinito de estrellas que adornan e iluminan los cuerpos en descomposición. Con tanta guerra, no ha quedado ni un soldado. Pero contigo, toda guerra, es guerra fría. La oscuridad te protege, lo sabías; y tu aliada, la noche, se regodea en el"tic-tac" maldito que agobia con su repetición e intolerancia.
Como si fuera el fin del mundo, te confesaría lo que nunca te dije. Iría a buscarte a mis espaldas y te lo diría, sin más, cobarde, sabiéndolo todo perdido. Pero es sólo viento, lluvia y piedras, no es apocalipsis, no es agotarse lo conocido. No es pensar que, de perder al enfrentarte, nada ocurre ya que todo estaba perdido de antemano. Tendría que salir por la ventana, colgarme de tu recuerdo y correr, buscar, ganar; renunciar a la certeza, arrojarme, sin más luz que la noche que se opaca a sí misma; sin otra música que el maldito camión recolector que arroja los residuos acústicos de su paso, de su insomnio, de su necesidad de llamar la atención entre las gotas que me empujan a pensar que puedo decirte que somos extranjeros y desconocidos.
Somos extranjeros por nuestra mutua -y simultánea- lejanía y proximidad -que no es lo mismo que nomadismo. La extranjería no es la fuga y la nostalgia, sino el siempre poder estar en otro lado, lejos de nosotros, próximos con otros, en el preciso instante que nos tenemos cerca. Nunca nos pertenecimos ni perteneceremos, somos un punto móvil que al detenerse se detona, y la acción recíproca deviene turbulencia o arrebato. En la carencia y la desilusión sentimos el deseo de emigrarnos y volvernos a detener a miles de instantes, ciudades y personas. En nuestros encuentros reina el encanto del desinterés y la ironía; y es él quién nos vuelve desconocidos, siempre a punto de escribir una historia que nunca empieza y vive muriendo.
Próximos cuando coincidimos en alguna esfera de la pretendida eternidad; lejanos cuando entendemos que esa esfera se sitúa por encima de nuestra voluntad; y nos maneja, nos esconde, nos nombra y silencia. Pero en vida, creímos que nunca tuvimos otro semejante, con la misma intensidad, complicidad y empatía hasta el momento que el genio maligno agotó el misterio. El valor, otrora singular, se vuelve reproducción de un destino vulgarmente humano y "destinado" por la casualidad más que por la magia. Mil años después de la tormenta, del camión recolector, de los techos musicales, desencantados, miramos el rincón, nos volvemos, me mirás y te miro, sin decir lo que pensamos, nos revelamos que próximos y lejanos, no nos reconocemos y cada uno podría ser cualquiera. Para conservar nuestro mundo más privado, nuestra vida más íntima, para sobrevivir otra noche, para no culpar a nadie, elegimos regirnos por el principio de amnesia estructural, deliberadamente y sin mayor convicción.