Notas
La infiel: una adicta al sexo
¿Mito o leyenda? ¿Mala fama o chusmerío? Por las tardes la historia se convierte en el mito divulgado en los té de las mujeres mendocinas, por las noches se vuelve leyenda en asados de muchachos y hoy se vuelve columna en MDZ.
Ella, la protagonista, me saca cualquier duda, me derrumba los prejuicios y me da vuelta el mapa que yo llevo a la entrevista. El mito divulgado por las mujeres no es mito sino certeza, (lo de los muchachos es lo de siempre: transforman en certeza todos los mitos).
La cosa es así. Hace tiempo que escucho sobre ella. Mil historias de esta chica bien, de barrio privado, de cuerpo increíble y vida soñada que cumple a rajatabla con las fantasías que cualquiera de nosotras ni siquiera ha tenido todavía.
Supe de ella que era una adicta al sexo, que además de su marido mantenía varias relaciones semanales (leyeron bien, semanales) extra matrimoniales. Que todo lo vivía con la naturalidad de tomarse uno o dos mojitos y que su terapeuta (¿vencido? ) le había dado de alta, por así decirlo.
Por supuesto me costó encontrarla, di con su teléfono y la cité en un bar. Le divertía casi de manera naif que publicara su historia o mejor dicho su estilo de vida. Llegué primero (cosa rara) creo que para no perderme un detalle de lo que vería entrar por la puerta. En mis 16 minutos de espera fantaseé con todo tipo de look: gorda recargada, madura bien conservada, gato mal, y cualquier estereotipo que cupiese en el monstruo que yo había construido mentalmente y al que le pagaría el café en unos instantes.
16.20 en punto la puerta del bar se abrió una vez más, sólo que esta vez no entró un señor de traje, ni un matrimonio con cochecito, ni dos señoras con spray en el pelo, entró ella, no cabía dudas, y dejó a todo el lugar como suspendido en silencio por unos segundos…
Era, o se veía, más joven de lo que yo había pensado. Con una cintura que no pasaba los 62cm se paró a contraluz para intentar adivinar quien de todas las personas sentadas podría llegar a ser yo. Sobrevoló la zona con más astucia y training de lo que yo había visto alguna vez y, por supuesto, ella tampoco tuvo duda de quien de todos ahí era Mara.
Me sonrió, y casi como con el entusiasmo de encontrarse con una vieja amiga, caminó hasta mi mesa y me saludó afectuosa.
Nos presentamos otra vez (escaneándonos mutuamente de arriba abajo) y nos acomodamos incómodas en la mesa dispuestas a charlar. “Café,” pidió decidida. Y yo pensé que por el cuestionario que le tenía preparado ameritaba algo mucho más fuerte, pero, bueh, pedí té.
Como un cumplido y para romper un poco el hielo, halagué su cuerpo. Me contó entonces que hacía una hora y media de entrenamiento diario, que se hacía ultra cavitación y ondas rusas. Soltando mil perfumes de todas partes de su cuerpo, me mostró sus piernas (perfectas) subiendo un poco más el vestido ajustado de lana que traía, y pasó a darme detalles de su rutina diaria. A las cinco, (sí a las cinco de la mañana), se levanta para arreglarse su muchísimo y larguísimo pelo y alcanza hacer una rutina de abdominales. A las 7 despierta a sus hijos y los lleva al colegio. A las 8 y media empieza su trabajo en un conocido buffet local de abogados.
¿Y con toda esa vida cómo es que no te llaman para un comercial de Dove?, pregunté.
Una risa irónica precedió a sus historias más sórdidas.
Después, y durante todo el día, despierta su sexualidad voraz que a mí me tiene tan intrigada.
Tiene sexo con cualquiera que se atreva a insinuárselo, pero su especialidad es con cualquiera que ose no hacerlo.
Cada salida de jueves con amigas significa un blanco distinto. Joven, viejo, rico, pobre, da igual. En esto, me dijo sonriendo, soy extremadamente democrática. (¿Sexo para todos?).
Acostumbra terminar (literalmente) en algún depto de un mozo de Arístides o en algún garage que sirva de refugio transitorio. Baños de restaurantes, fiestas, y autos estacionados frente a su casa son lugares perfectos para animarse al sexo oral mientras la espera toda su familia dormida.
Matrimonio feliz con sexo suficiente y exceso de amantes fijos y ocasionales. Esta historia me atrapaba más que cualquier guión de John Waters.
Tontamente traté de ser comprensiva y de ponerme de su lado en cuanto a los prejuicios sobre su vida. Cosa que advertí a los pocos minutos. Ella no necesitaba ni mi aprobación ni la de nadie. Esta era su elección más honesta y por la que se había equivocado tantas veces queriendo negarlo.
Acepté entonces que esta chica tenía más de lo que se veía. Tenía un marido exitoso, dos hijos hermosos, una casa en el mejor barrio de Mendoza, un nombre, una vida hecha y una hipersexualidad no diagnosticada.
Conciente de mi asociación genital-cerebral (la inteligencia masculina logra en mí demasiado estímulo), me ubiqué en otra frecuencia para escuchar atentamente como ella, con una disociación absoluta entre su genitales y cualquier otro lugar de su cabeza, podía entablar en dos horas una relación con un desconocido, pasar por una muy heavy práctica sexual y tener una discusión de pareja que los distanciara para siempre.
Me contó con detalles, como al momento de la entrevista venía de (estar) con un oficial de policía que había ingresado a su barrio privado por un operativo, hombre al que ella había ofrecido café en medio de una fría noche y de quien había tomado nota de su teléfono personal en caso de necesidad (…).
Me contó sobre amigos de su marido, sobre novios de sus amigas. Y mientras tanto yo pasaba de la repulsión al encanto, de la risa a la tristeza, del asombro a la identificación. Extremadamente hermosa, ella es además encantadora y con una voracidad que va más allá del sexo; esta chica quiere devorarse la vida en un segundo.
Prometió contarme más. Pero me advierte que 170 encuentros no serán suficientes. Resumiré los más jugosos en próximas columnas dedicadas a esta mujer que puede ser esa que te demande alguna vez o tome el té con vos alguno de estos sábados.
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