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Notas

La columna de Mara: listado para ser feliz

Mara propone un ejercicio simple para encontrar esos lugares perdidos. Listado ideal para cambios radicales.
Una receta personal para la felicidad.
Una receta personal para la felicidad.
Yo creía de mí misma que era otra persona. Fumaba, yo creía, sólo con café negro, sólo en invierno y sólo en mi casa. La realidad era que fumaba todo el tiempo pero sólo disfrutaba esos pocos cigarrillos que yo contabilizaba.

Por mucho tiempo me consideré rubia natural, de esas que sólo se hacen un toque de iluminación y tildaba a otras de teñidas. Yo era en extremo cordial, sobreactuada, torpe. Creía que me adaptaba fácilmente, que me vinculaba con liviandad, que nunca necesitaría amar tan intensamente al estilo Emily Watson en “Contra viento y marea”.

Creía que podía criticar sin sentirme culpable o identificada. Creía que mi belleza tenía únicamente que ver con mi impronta, que era extrovertida, que sabía mentir.

Pero llegó un momento en que me encontré fumando mientras caminaba, aclarándome el pelo un poco más, recibiendo visitas inesperadas con fingido entusiasmo. Me vi, como en una toma aérea de mí misma, y no me reconocí. De repente y en una sola imagen, no pude definirme, no supe quien era.

Decidí, casi como experimento, hacer una lista mental (lo más honesta posible), de todo aquello que yo amo segura de que eso ayudará a no desconocerme nunca más.

Comencé pensando que amo cosas tan simples como la primera cereza de la temporada y la primera nevada del invierno. Que amo ese impacto cuando veo aparecer el mar al doblar en una curva en un viaje y que adoro mirarlo durante horas como una niña que busca poder explicarlo.

Sí, amo la lluvia en todas sus versiones, el viento frío sobre mi cara y esos días nublados que nos sacan de encima todas las culpas. Amo conocer esos lugares en el Mundo que me demuestran lo pequeñita que soy.

Amo a esas personas que tienen recursos internos para ser felices, que pueden reírse de sí mismas, que no miden demasiado las consecuencias, que no pueden evitar dar. Me gusta, pienso, la gente que se sale de lo preestablecido. (No me refiero a los que posan estar fuera del sistema, sino a los que no saben ni siquiera que existe un sistema).

Me gusta hablar con extraños, tengo la mala costumbre de seguirle la conversación a gente que sé que no volveré a ver en mi vida y los extraños tienen conmigo la manía de hacerme confesiones íntimas.

No puedo dejar afuera de mi lista que amo esos perfumes que me devuelven un instante mágico y olvidado, o esa canción perfecta que suena en la radio en el momento justo, ni tampoco dejar de aceptar que amo esos besos suaves y casi eternos que no buscan terminar en sexo.

Pienso que amo, tal vez demasiado, la fantasía. Soy especialista en horas improductivas imaginándome en situaciones tremendamente absurdas.

Amo las relaciones irremplazables, la idea de que alguien que me quiera cocine para mí y que me cumpla pequeños caprichos, como buscar mi chocolate favorito, decirme lo que quiero escuchar o cederme todos sus derechos de autor sobre sus frases inteligentes.

Amo las historias imposibles, como la de aquellos que se hicieron ricos de repente o pergeñaron el robo perfecto, lo vivo, no sé por qué, como mis pequeñas revanchas personales.

Amo escribir y hacer listas de tareas que no cumpliré. Amo esos libros que tienen al menos una frase que nunca pueda olvidar, los cortos que están tan bien contados que superan a los largos y las declaraciones letales de Moria Casán. 

Amo que la gente me quiera. (Algún analista trató de convencerme de que era un problema de estima, con el tiempo descubrí que sólo me hace feliz.)

Amo las canciones indiscutidas como “As time goes by” o “The way you look tonight” (pero debo confesar que me gusta todo un cd de Perales) y las palabras sin traducción porque son las únicas dueñas del verdadero sentido. Amo los nombres que encajan con las personas que los llevan.

Amo, en algún punto, mis noches de insomnio (sólo a oscuras las malas ideas toman la dimensión de grandes posibilidades).

Amo las tradiciones, los rituales, los rezos paganos y todo lo que tenga identidad.

Amo hacer compras de cosas que no estoy segura de que vaya a usar. Amo los anuncios de “Llame ya” (me hipnotizo con esa tecnología que me crea necesidades que no tenía).

Amo lo que todos odian de mí como no saber nunca cuanta plata me queda, ni cuánto tiempo.
Reconociéndome mejor después de la lista, la memorizo para no olvidar la que verdaderamente soy, nunca más.

Finalmente pienso que amo entender (quedarme con una mala explicación sólo me hace pensar que fui la única responsable).Y aunque mi razón me lo prohíba, amo ilusionarme, jamás voy a cuidarme de eso.