Notas
Cada loco con su tema
Los músicos son gente excéntrica, la relación entre música y locura ha sido trabajada por historiadores, sociólogos, psiquiatras y neurólogos. Y como podría decirse que casi no hay nada nuevo bajo el sol, sólo vamos a contar la historia de tres músicos y sus locuras. Historias con personajes muy distintos: un estadounidense, una argentina y un alemán, un compositor, una cantante y un pianista, algo de música clásica, algo de tango, algo de jazz.
Schumann: alucinaciones auditivas y un penetrante La agudo
Robert Schumann fue un romántico alemán que tuvo una vida tan apasionada e intensa como sus composiciones. En 1852 comenzó a tener las primeras alucinaciones auditivas. Clara Wieck, su mujer, las describió con precisión en su diario: al principio oía una música "maravillosa, como no se puede oír en este mundo", a veces oía piezas completas, sinfonías interpretadas por grandes orquestas imaginarias. Schumann permanecía noches enteras sin dormir, amanecía llorando y "aniquilado". Las alucinaciones fueron empeorando hasta llevarlo al colapso nervioso. Una madrugada, Schumann despertó y dijo que había ángeles que volaban en torno suyo y le revelaban su música. Las voces angelicales pronto se transformaron en susurros diabólicos y se agitó. Se necesitaron dos médicos para poderlo sujetar.
Las grandes sinfonías mentales que fastidiaban a Schumann se acortaron poco a poco hasta llegar a ser una única e intensa nota, un La agudo que nunca se calló. Schumann quiso internarse por iniciativa propia, al principio sin éxito. Una noche en que Clara se había descuidado, huyó de su casa a medio vestir, "con un tiempo infame de lluvia, frío y viento" y se tiró al Rin. Había dejado en su alcoba una carta de amor para Clara, dos extraños le salvaron la vida.
Los médicos prohibieron que los esposos se vieran e internaron a Schumann en el asilo de Endenich. El director del asilo, el Dr. Franz Richarz, aplicó a Schumann crueles disciplinas y le negó sin justificación el alta. En 1856 Schumann empeoró, Clara interrumpió un concierto en Londres para visitarlo, él alcanzó a decirle sólo una palabra: "Mía". Murió dos días después. Clara lo sobrevivió por cuarenta años y se dedicó a "preservar" y difundir su obra. Sin embargo, destruyó los Cinco Romances de 1853 porque creía que eran el producto de la mente perturbada de su marido. No deberíamos dudar del buen gusto de Clara, fue la mejor pianista del siglo XIX, pero cuando escuchamos el Concierto de Violín que Schumann compuso para Josef Joachim, concierto que Clara también quiso destruir pero Joachim conservó, no podemos sino preguntarnos de qué nos habremos perdido.
Ada Falcón: despecho y misticismo
La que sigue es también una historia de locura y de amor. Un día de 1942, con sólo treinta y cuatro años de edad y cuando se encontraba en lo mejor de su carrera, se retiró para siempre de escena Ada Falcón, la diva más importante del tango, la mujer cuyos ojos verdes habían enloquecido al país y enamorado al mismísimo Carlos Gardel, la cantante a quien habían construido la exclusiva sala F, también llamada sala "Falcón", en radio El Mundo, la radio más importantes de entonces. Mucho se dijo acerca de ese retiro, Ada había tenido un romance con el famoso director Francisco Canaro, pero Canaro era casado y nunca dejó a "la Francesa", su mujer. Se dice que Ada no lo pudo soportar y se alejó del mundo del tango para no volver a saber de él, se dice que Canaro se había inspirado en Ada para componer el vals "Yo no sé qué me han hecho tus ojos", vals que ella interpretó de manera sublime. Ada no sólo dejó de actuar, ni siquiera volvió a cantar en privado, ni una vez en la vida. Vendió sus propiedades, su auto descapotable, sus joyas y abrazó para siempre la fe franciscana. Se trasladó a las sierras de Córdoba y se aisló en un convento. Juró y mantuvo hasta sus últimos días un estricto voto de pobreza, de silencio y de clausura.
Otras versiones dicen que Ada siempre tuvo miedo al público y a la exposición. Ya desde antes de su retiro había pedido tocar alejada del público y separada incluso de los músicos por una cortina negra. Cuando salía de la radio escondía la mirada con anteojos oscuros y se cubría el pelo con una redecilla. Se la había visto cruzar de rodillas todo el largo de la Iglesia de Nueva Pompeya. La revista "Sintonía" había publicado una foto trucada en la que se la mostraba vestida de monja. Para estas versiones, Canaro no habría tenido nada que ver con el inesperado retiro.
Canaro fue el gran amor de Ada y, probablemente, Ada fue un gran amor para Canaro, pero no se volvieron a ver. Cuando Ada murió, a los noventa y seis años, todavía evitaba llamar a Canaro por el nombre, le decía: "ese", "el que te dije", "el maldito". En sus memorias, Francisco Canaro, casi no nombra a Ada Falcón. El silencio los separó por largas décadas, hasta la muerte, la música los unió por siempre, más allá de la muerte.
Thelonious Monk: final y silencio
Al igual que la anterior, la tercera es una historia de música y silencio, una combinación que pocos músicos en el mundo pudieron llevar con tanta soltura como Thelonious Monk. Monk era un pianista y compositor de jazz. Dueño de una técnica singular, sus "fallas" y su disonancia se acentuaron cuidadosamente con el pasar del tiempo hasta que fue capaz de tocar "entre" las teclas del piano. Una vez, un periodista ávido de respuestas estúpidas para preguntas estúpidas, le preguntó si necesitaba un piano con más de ochenta y ocho teclas, Monk le dijo que ya era bastante difícil tocar esas ochenta y ocho.
En el documental de Charlotte Zwerin, Bob Jones, manager de Monk, cuenta que un periodista le preguntó qué tipo de música le gustaba, Monk contestó que gustaba de todo tipo de música, el periodista preguntó si le gustaba la música country, Monk se quedó en silencio, el periodista volvió a preguntar si le gustaba la música la música country, esta vez Monk respondió mirando a su manager: "I think the fella's hard of hearing" (creo que este tipo es medio sordo). Thelonious Monk sabía que los silencios también se escuchan.
Así pues, a principios de los ’70 Monk eligió el silencio, dejó de tocar con su banda y aunque tocó como invitado, no lo hizo sino esporádicamente. Los últimos años de su vida, hasta su muerte en 1982, los pasó casi sin articular palabra. Nunca dijo el motivo, pero todos quienes lo conocieron están de acuerdo en que nada tuvo que ver con la música.
Raros, excéntricos, locos lindos, imagino a estos tres músicos sentados en un sofá, una sala de espera del paraíso, adoptan para diversión de los presentes y para su propia satisfacción las posturas de los tres monos sabios: Robert Schumann se tapa los oídos, Ada Falcón se tapa los ojos y Thelonious Monk se tapa la boca. A pesar de sus sufrimientos, de su ostracismo y su silencio, la música que dejaron nos acompañará por siempre.
Cada loco con su tema y su película. La casa recomienda:
"I surrender, Dear" por Thelonious Monk" (Riverside, 1957)
"Thelonious Monk. Straight, no chaser", dir. Zwerin
, prod. ejecutivo Clint Eastwood (Warner Bros, 1988)"Sentimiento Gaucho" por A. Falcón y la Orquesta Típica de F. Canaro (Odeón, 1930).
"Yo no sé qué me han hecho tus ojos" dir. Lorena Muñoz y Sergio Wolf (Cine Ojo, 2003)
"Intermezzo für Violine" de Schumann, por J. Koh y R. Uchida (Cedille Records, 2005)
"Song of love" dir. Clarence Brown, con Katharine Hepburn (Metro Goldwyn Mayer, 1947)