Notas
Amor refractario, o la aventura según Simmel
Las aventuras asustan, pervierten, divierten, convierten, se escapan del calendario para girar en su propio centro. La aventura conforma una unidad coherente en su interior y en su totalidad, sólida quizás, turbulenta también. Con la fuerza de un arrebato emocional y la exigencia de lo momentáneo, caemos en la pura experimentación y su campo abierto, en la vivencia sin antecedentes y sin excusas. En la aventura la improvisación y el destino, cómplice, imprimen sus malas intenciones al interior de nuestra subjetividad. No hay otra salida que jugar y jugarse para morir en el intento. Entonces creemos despertar siendo víctimas del genio maligno y su ensoñación demoníaca.
Podemos no entender la lógica primitiva de la aventura. Cuándo se aleja con el tiempo, o el tiempo la aleja de la percepción, se instala en la memoria junto a los sueños que caen sin estrellarse. Se aleja para desorientarnos ante una nueva aparición. Su lógica primitiva consiste en instalarse al interior de los delirios oníricos y no conformar “tipos” para los cuales tengamos respuestas “típicas”. La urgente caída en la vida onírica, siempre nos encuentra indefensos. No sabemos defendernos de los sueños durante el sueño. No sabemos defendernos de la aventura en la aventura. Cuando el sueño despierta, nos defiende la censura onírica. Cuando la aventura se diluye, sus efectos se instalan con los sueños más ajenos que el espejismo refractario del amor.
Cuando no se entiende esta lógica de la aventura, nos invade la melancolía. Nostálgicos del sueño nacen los poetas. Rebelde ante la aventura nace el arte, pero como una nueva aventura. El arte ubica la aventura en la experiencia, pero de tipo ensoñadora. La obra pasa a ser la existencia misma, y existir, vivir en proceso. El arte arranca a la aventura su sentido, pero radicalizándola. El artista es el personaje que enfrenta los espejos y en el centro coloca la vivencia aterradora de existir sin creerlo del todo, de vivir entendiendo la vida como proceso de destrucción infinito.
Existe una vivencia en que la experiencia fugitiva y epidérmica de la aventura nos arrastra en su incertidumbre. Todo amor se vacía, se neutraliza en su potencial revolucionario, se vuelve inocuo, previsible y seguro, si no se vive como la aventura. Sólo los aventureros despliegan certezas frente a la fatalidad del destino. Porque en la pasión amorosa, lo momentáneo, sin ley ni trampa, irrumpe al interior del sujeto. Son encuentros reales, pero nos olvidamos o seguimos, negligentes en la búsqueda o aterrados del encuentro con la unidad. Pero obstinados cuerpos sin dudas ni prejuicios, arrebatados por la magia que subsiste en alguna capa de la experiencia humana, volvemos a ser interpelados y sin sufrirlo ni pensarlo volvemos a intentar. Porque todo intento retorna al vacío y la simplicidad de la rutina y la aventura amorosa se instala con los sueños en busca de respuesta. Porque el amor conocido tiene el carácter de espejismo refractario del amor, por lo cierto e indeterminable.