Notas
Adictos al fracaso (segundas vueltas)
¿Me animo? ¿O como toda mendocina quedo en el intento?
Segundas vueltas. Dicotomía perfecta entre idealización y pánico. La posible caída de una coartada que creyeron todos (sobre todo yo, ésa que me señala inocente en el caso de un matrimonio fallido.)
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Mi amiga, una especie de Maru Botana montañesa, me ruega que lo intente. Ella asegura que todo será maravilloso, romántico. Ella intuye una percepción de que en una segunda vuelta todo se acomoda. “Las segundas vueltas te permiten reparar, Mara”. Y entonces yo me quedo mirando hacia un punto ciego e imagino que finalmente todo se alinea, como una habitación que se ordena mágicamente.
Imagino cómo es esa vida y me veo ahí, en un estado de tranquilidad absoluto. Una vida agradable, feliz, en piloto automático, en donde nada vuelve a tener una intermitencia. Cierro los ojos… me pienso así, uau…, es tentador. Un eterno fotograma perfecto.
Y como todo lo tentador que se me ofrece por la vida... lo pruebo. Y entonces me mudo. Mejor dicho, nos mudamos. Esas cosas que arrastran el poder de las estúpidas frases hechas . “Tiene que ser un lugar neutro, ni tu casa, ni la de él.”
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Los primeros días parecen de una película. Cajas de cartón abiertas y en el piso, copas de vino en un espacio enorme blanco de grandes ventanales. El sexo parece haberse ubicado antes que nosotros y cualquier habitación está bien. Experimento el vértigo perdido. Estoy exaltada todo el tiempo. Me siento atravesada por la adrenalina que se libera después de una decisión importante. Una tremenda fuerza me estremece cada vez que lo miro, todo en él me deslumbra, la estampa de Losteau pero con la fidelidad de Charles Ingalls.
Me emociona pensar que en un tiempo haré un análisis a mi favor de lo que podría haber sido en la primera vuelta. He aprendido de mis errores. Ahora sí vendrán a casa mis amigos sin avisar, ahora sí instalaré ese súper proyector en el medio del living, y ahora sí la cocina será un lugar para compartir juntos historias y recetas debajo dewoks y cacerolas de cobre.
La segunda vez, no pasarán las cosas que pasan en las primeras. No seré yo quien haga los reclamos, no será por mi culpa la des-erotización de la pareja. Esta segunda vez optimizaré todo mi potencial de mujer. De ahora en más, vivir con alguien será como la mejor parte de vivir sola y la mejor de estar acompañada (best ofbothworlds).Haremos lo de siempre con un plus de camaradería. Seré su novia, su amante y, por fin, su confidente. Coincidiremos por ganas de encontrarnos, no porque esté establecido coincidir. Espiaremos un poco cada uno la vida privada del otro sin tener derecho a corregirla.
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Nos ocuparemos de nuestros días haciendo un break para almorzar juntos y contarnos cómo vamos. Más tarde, cine y después dormir abrazados toda la noche mientras el sexo, otra vez, se cuela rítmico y perfecto.
Voy a descansar. Del color de pelo, de la dieta estricta, de mis amigas de siempre, y de algo que abruma un poco a las mujeres: el estar siempre disponible.
Viento de cola, sol en la frente.
Tendré excusas creíbles para esas reuniones familiares ineludibles, viajaremos livianos, con poco equipaje. Sus hijos vendrán a visitarnos y seguramente alguno terminará viviendo con nosotros. Su madre adorará esta nueva etapa de su sufrido hijo y tomaremos té en mi solar. Tendré placares para la ropa de invierno, la de verano y un espacio especial para todos mis zapatos.
La gente me verá normal, estable, con proyecto.
Parece ideal. Se parece a la primera vuelta, antes de empezarla.
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