ver más

Notas

La peor traición

Esa, la peor de todas. La que asumiremos como cotidiana y cometeremos inevitablemente. Un Judas que está más cerca de lo que creemos. Hoy Mara habla de la traición, de la peor: la propia.


Pedir permiso, encender la tele o no comer carne en semana santa son para nosotros actos ordinarios que ejecutamos sin reflexionar. Tuvimos que aprender algunos ajustes indispensables y comprender qué efectos nos producen dichos actos, pero apenas conservamos un pequeñísimo recuerdo de esa (¿traumática?) iniciación.

Nuestra vida está llena de estos gestos rutinarios que nos fueron inculcados por nuestro medio y que hoy en día realizamos sin ningún tipo de planteos. Es así, simplificamos al máximo nuestras rutinas y como si esto fuera poco también hacemos rutinarias las consecuencias, como por ejemplo nuestras traiciones cotidianas, esas que son las peores traiciones, las que nos hacemos a nosotros mismos.

Son rutinarias hasta esas cosas que nos dejan en estado incómodo como sonreír estúpidamente a un mimo o ser demasiado amable con una vendedora de boutique que en realidad querría ser médica. Nos mezclamos entre traiciones propias sin darles demasiada importancia. Compramos historias de amor apasionantes y hechas a medida de parejas imposibles. Dejamos que nos muestren que otros sí saben cómo hacer de todos sus días, días geniales…

Por una fracción de segundo me doy cuenta y entonces me siento más pesimista de lo que soy, más inhumana, más calculadora, más incapaz: más traidora. Escondo la utopía que llevo adentro, y la ilusión, y la ingenuidad que me definen. Me consuelo pensándome  en masa. (La traición más femenina de todas).

De arranque, todas nos traicionamos cuando declaramos que la habitación sería un altar sagrado para el amor. (Y yo lo hice con alevosía cuando lo dejé tirar los zapatos sucios sobre la alfombra). Fuimos infames cuando perdonamos su primera traición, cuando encubrimos sus peores defectos imaginando que nosotras mismas los cambiaríamos y cuando exageramos al extremo sus virtudes  sólo con el objetivo de mostrarnos afortunadas.

Nos traicionamos al decretar que ésas serían nuestras únicas amigas para siempre y ellas nos traicionaron impostando sus angustias y cumpliéndolo a la perfección.

Nos traicionamos cambiando nuestros amigos por los de ellos, nuestros triunfos por sus fracasos, nuestro pasado por su futuro. Lo hicimos también cambiando roles y pactando a favor de un pensamiento colectivo que  nunca tomó en cuenta la conveniencia individual.

Reconozco ser mi propio Judas cuando cuento un secreto, cuando reenvío los mails en cadena seleccionando a mis no tan amigos, cuando experimento el bienestar de un barrio privado, cuando decido instalar una tele en mi cuarto y mucho más cuando le pongo DTV plus con el mega paquete. Me traiciono inevitablemente en la góndola del súper, en los consejos a mis amigas y en no haberme puesto ese piercing allí todavía.

Vamos, nadie más traidora que yo cuando elijo en el menú de un restaurante una ensalada como plato principal condenando al otro a compartir el suyo.

Me traiciono cada vez que me hago promesas y ni hablar de cuando doy recetas para cumplirlas. Me traiciono a pedido de mi padre en la discusión de la sobremesa familiar, y me traicionaré  más tarde, aunque esta vez a pedido de mi pareja, en la cama. (Yo también disfracé a mi propio Judas cuando di ese sí de por vida y con un espectro tan amplio.)

Me traiciono cuando intento no parecerme a otros y cuando tomo esa irrefrenable decisión de dejar todo.

Y sí, es probable que me traicione mucho más cada vez que dejo de ser yo misma intentando ser una mejor.

 “Estos son mis principios y si a usted no le gustan puedo cambiarlos” decía Groucho Marx, aceptándose como su propio traidor.

¿Cuántos hay que se traicionarán hoy comiendo carne y se volverán a  traicionar mañana cuando entre ayunos intenten ser otra vez los que no son?

“Quien no se sospecha traidor de sí mismo será sorprendido por la decepción que le causen  los otros”, digo yo en esta columna.

Pero sí hay algo que vislumbro a medida que pasa el tiempo: una se traiciona menos cuando se va poniendo grande. - Ok, definamos grande, como dice mi terapeuta.-  Grande se es cuando el presente adquiere una dimensión descomunal, cuando la vida te queda chica, cuando el día debería durar el doble y cuando el pasado adquiere una equivocada percepción de tiempo perdido. Grande se es cuando los motivos ya no importan y cuando es éste el momento para todo. Y cuando una descubre a su propio Judas escondido y acepta ser su cómplice.