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Notas

Carta al soldado Cid, con aviso de retorno

El autor de esta nota tenía 12 años cuando, en su escuela, recibió respuesta de un soldado, de apellido Cid, que estaba presto a combatir en Malvinas. Intentó ubicarlo a lo largo de los últimos 27 años, sin éxito. En homenaje a tantos jóvenes como aquel, ahora recurre a Internet en búsqueda de una respuesta.

Estimado soldado Cid (¿Walter? ¿Eduardo? Disculpá, pero no recuerdo tu nombre de pila):

El 1 de junio de 1982 (recuerdo la fecha porque era el día de cumpleaños de mi hermana) llegó una carta a la escuela. Era la vuelta de correo de una de los cientos que mandamos los alumnos de la 1-586, José Cartellone de El Bermejo al sur, a los “combatientes de Malvinas”.

Era tu respuesta a mi carta.

Nos emocionó, preocupó y movilizó.

Comedido, integré –como miembro del grupo de alumnos periodistas “Pucará”- la comisión que había recolectado cosas en el barrio para mandarles a los combatientes. Juntamos chocolates, abrigos, revistas y mandamos muchos mensajes de aliento.

Éramos bastante pobres. Te mandamos (a vos, a tus compañeros; no sabemos a ciencia cierta a quiénes) la colección completa de la revista El Gráfico, cosa que en mi casa era considerado un tesoro. Lo hicimos con gusto y me gustaba saberlo y contarlo.

Tu carta nos decepcionó. “Nos estamos muriendo de frío –me decías- no tenemos comida y me gustaría tener una radio portátil para escuchar qué pasa”. Estabas en Puerto Deseado, tu ciudad y, no sé si recordarás, te disculpaste más de diez veces porque no sabías escribir bien (y se notaba).

Tu carta la leímos en el aula; la leyeron los docentes; la llevé a mi casa y nos juntamos en la casa de mi abuelo Víctor, en San José con mis padres y mis tíos Abel, Eugenio y Luis. La leímos. Recuerdo que hacía mucho frío y tengo presente el hedor del brasero que soplaba mi abuelo, sacándose de la boca la pipa para hacerlo.



Preocupado, del interior del sobretodo que nunca se quitaba de encima y que le servía, además, de frazada por las noches, sacó su vieja radio a portátil cuya integridad estaba sostenida por un elastiquín. Me la dio. Se quedó él sin radio. La metimos en una caja. Mi tío Abel se fue hasta su casa, a unas pocas cuadras de allí, sobre Saavedra, y trajo unos guantes rellenos con piel, como los que vos pedías. Los pusimos en la caja.

Nos pedías comida pero sacamos la cuenta de que ya habíamos despachado dos camionetas con comida y chocolates desde la Cuarta Brigada Aérea, cuando nos acompañó la “señorita Norma”, la celadora y mi maestra, la “señorita Ana María Gabay de Luna”, que ya falleció.

Juntamos, con los tíos y primos, lo que pudimos. Tomamos una de esas sopas espesas con acento francés que se burlaban de la pobreza en el caserón frío de mis abuelos. Te lo mandamos.

No respondiste.

Te mandé una nueva carta. No hubo respuesta.

Lo intenté tres veces más, preocupado y con igual suerte.

Llamamos a una radio de Santa Cruz para preguntar por vos (¡imaginate!), pero fue en vano y la llamada salió muy cara.

Nunca más supe nada de vos. Pero no me olvidé aunque la carta se traspapeló en estos 33 años en que, te cuento, me casé dos veces y tuve 6 hijos, uno de los cuales murió.

En fin, intento ubicarte ahora que hay Internet. No dejé nunca de hacerlo. Me late siempre en la memoria todo lo que decías en aquella carta: el hambre, el frío, el miedo, tu pobreza extrema, tu analfabetismo y, centralmente, el hecho de que sólo te llegó el papel pero no lo digerible…

Debés ser ahora un ciencuentón y yo me apresto a entrar a los 40.

Me gustaría saldar esta deuda. Si estás allí, espero tu respuesta.