Notas
Relación fatal: madre e hija
Susana y Mecha, Mirtha y Marcela y todas las demás que seguimos en la lista. Vampiras de la relación amor-odio que nos hace mujeres.
No voy a decir que me quedé traumada, que no pude recuperarme y mucho menos voy a decir que esto marcó mi sexualidad futura. Al contrario, esto me ayudó tanto que de no haber sido tan vergonzoso pediría que volviera a pasar.
Los 80s corrían avasalladores, llenos de laca en los flequillos y hombreras desmontables en las camisas. Mi casa era de esas que servían de punto de encuentro y de partida para todo. Había un clima de familia funcionando con madre presente que la ponía en la categoría de “casa amigable”, sumado a la presencia de mis dos hermanos varones que, por mayores, y con algo de onda eran el leit motive para que todo se hiciera allí. Mis amigas se cambiaban en casa antes de salir, las tardes de verano se pasaban allí. Allí se hacían los asados, se jugaba a las cartas y se alojaba a todo el que no pudiera volverse tarde a su casa en algo seguro.
Mi madre, debo reconocer, era artífice de todo esto. Era de esas mamás modernas por fuera y antigua por dentro. Participaba de los chistes, de las confesiones, de los romances como si fuera una más pero con autoridad para opinar. Hacía de escudo entre mi papá y mis hermanos cuando yo me pasaba de la raya, me esperaba despierta para que le contase todo y destinaba más plata de lo que era justo en mi ropa. Era una mamá canchera (cool como se dice ahora), que además hacía lemon pies y lasagña para todos los que quisieran quedarse.
Supongo que era la envidia de mis amigas. Ellas que no podían compartir ni el shampoo con sus respectivas, encontraban en mi madre a esa madre ideal con la que podían hablar de todo. En lo personal yo podía hablar de todo lo que les pasara a las demás como si el hecho de ser su hija me colocara en un lugar más experimentado.
Y si en verdad sentía algo de molestia por tanta presencia yo había aprendido a convivir con eso. Era mi madre cool que además horneaba galletitas y no se perdía la misa del domingo.
Pero llegó un día clave que hizo que todo lo canchera que había logrado ser hasta mis 18 se transformara en lo más vergonzoso que me iba a pasar en mi adolescencia.
Ella me dijo un viernes por la tarde, me parece que me voy viaje de egresados con ustedes, ¿no te parece genial..? Por supuesto y como siempre, el colegio abría la posibilidad a aquellos padres que quisieran acompañar al grupo de profesores a cargo del contingente.
Ups.
No puede ser mamá, me vas a arruinar el mejor momento de mi vida – le grité enfurecida -Imaginaba a Mis amigas saltando de alegría y todo el curso cantándole, ¡Tirá para arriba, tirá!
La historia sigue y se desarrolla peor de lo que algún lector y mis amigas presentes pudieran imaginarse. Mi mamá se transformó en “La dama de Hierro” del viaje, haciendo de éste mi peor pesadilla. Me cuesta describir la obsesión que desarrolló por el abrigo, los horarios y las recomendaciones en exceso.
Como era de esperar todas y todos teníamos planes prohibidos que incluían desde empezar a fumar hasta empezar a tener sexo. ¿Les arruino el relato si les cuento que ella se había incluido en cada uno de esos planes prendiendo mis propios cigarrillos que inmediatamente apagaba a la segunda pitada? ¿Me creerán si les digo que cuando el pavo del chico por quien yo me había desvivido todo el año se animó a darme un beso, ella me sacó una foto con una cámara prestada? ¿Habrá sido demasiado para mi psiquis juvenil tener que encontrarla en La Lecherísima a las 6 de la mañana y con la mesa puesta y el chocolate servido para nosotros?
La odié, a ella, a mi viaje y a todas mis amigas que le transmitieran la más mínima banca. Odié que me llevara ropa de repuesto (incluida la jardinera de jean modelo carpintero) y que la oportunidad de hacerme grande siendo chica se perdiera para siempre.
Odié que me votara como la reina de Grisú, ¡ay Dios mío!, que se pusiera en la barra casi queriendo hacer ella misma de barman para controlar el alcohol. Odié que retorciera mi cintura con cinturones ridículamente anchos y la odié más cuando encontré mis texanas bordadas lustradas a un nivel casi imposible.
Hoy viendo a todas esas madres con el largo de pelo adolescente de sus hijas, muchas de ellas compartiendo toda la ropa, me pregunto quién quiere ser como quién.
Ya he escuchado mucho sobre el tipo de amor-odio que se genera entre madres e hijas y que no encuentra similitud en ningún otro ser vivo. Es el reverso absoluto de un amor narcisista, nos amamos y odiamos tal como nos amamos y nos odiamos a nosotras mismas.
No veo demasiada proyección de una mujer hacia otra como pasa entre los padres con sus hijos varones. Entre nosotras las cosas son bastante más complejas. Hijas que buscan ser lo opuesto frente a madres que no conciben no ser imitadas. Batalla perdida. Yo que me pasé la vida tratando de ser diferente a ella, hoy me encuentro casi idéntica.
Sé parte de mi nueva sección Mara & Friends y publicá conmigo. Escribime a [email protected]. Seguime en facebook y en twitter @LmMara
Pero llegó un día clave que hizo que todo lo canchera que había logrado ser hasta mis 18 se transformara en lo más vergonzoso que me iba a pasar en mi adolescencia.
Ella me dijo un viernes por la tarde, me parece que me voy viaje de egresados con ustedes, ¿no te parece genial..? Por supuesto y como siempre, el colegio abría la posibilidad a aquellos padres que quisieran acompañar al grupo de profesores a cargo del contingente.
Ups.
No puede ser mamá, me vas a arruinar el mejor momento de mi vida – le grité enfurecida -Imaginaba a Mis amigas saltando de alegría y todo el curso cantándole, ¡Tirá para arriba, tirá!
La historia sigue y se desarrolla peor de lo que algún lector y mis amigas presentes pudieran imaginarse. Mi mamá se transformó en “La dama de Hierro” del viaje, haciendo de éste mi peor pesadilla. Me cuesta describir la obsesión que desarrolló por el abrigo, los horarios y las recomendaciones en exceso.
Como era de esperar todas y todos teníamos planes prohibidos que incluían desde empezar a fumar hasta empezar a tener sexo. ¿Les arruino el relato si les cuento que ella se había incluido en cada uno de esos planes prendiendo mis propios cigarrillos que inmediatamente apagaba a la segunda pitada? ¿Me creerán si les digo que cuando el pavo del chico por quien yo me había desvivido todo el año se animó a darme un beso, ella me sacó una foto con una cámara prestada? ¿Habrá sido demasiado para mi psiquis juvenil tener que encontrarla en La Lecherísima a las 6 de la mañana y con la mesa puesta y el chocolate servido para nosotros?
La odié, a ella, a mi viaje y a todas mis amigas que le transmitieran la más mínima banca. Odié que me llevara ropa de repuesto (incluida la jardinera de jean modelo carpintero) y que la oportunidad de hacerme grande siendo chica se perdiera para siempre.
Odié que me votara como la reina de Grisú, ¡ay Dios mío!, que se pusiera en la barra casi queriendo hacer ella misma de barman para controlar el alcohol. Odié que retorciera mi cintura con cinturones ridículamente anchos y la odié más cuando encontré mis texanas bordadas lustradas a un nivel casi imposible.
Hoy viendo a todas esas madres con el largo de pelo adolescente de sus hijas, muchas de ellas compartiendo toda la ropa, me pregunto quién quiere ser como quién.
Ya he escuchado mucho sobre el tipo de amor-odio que se genera entre madres e hijas y que no encuentra similitud en ningún otro ser vivo. Es el reverso absoluto de un amor narcisista, nos amamos y odiamos tal como nos amamos y nos odiamos a nosotras mismas.
No veo demasiada proyección de una mujer hacia otra como pasa entre los padres con sus hijos varones. Entre nosotras las cosas son bastante más complejas. Hijas que buscan ser lo opuesto frente a madres que no conciben no ser imitadas. Batalla perdida. Yo que me pasé la vida tratando de ser diferente a ella, hoy me encuentro casi idéntica.
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