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Notas
El Observador
Un día te cansaste y asumiste con actos el deseo de escaparte un rato al mar. Un cuento errante de dos que por un rato, y nunca más, serían tres.
Hemos abandonado el gusto por tomar notas al margen de los libros. Notas de todo tipo. Iluminaciones del momento, apuntes sobre recetas del mundo animal, el nombre de tu chocolate preferido que siempre olvido, la fuerza de la costumbre, la protesta ruidosa y triste en la calle oscura, la inundación. Así dejamos pasar infinitos nombres, escritores malditos, citas con falsas promesas que siguen festejando el día de primavera. Sin embargo, en igual proporción al abandono de las notas marginales, nos consagramos como escritores de “postdatas” al final de los correos. Constituimos una generación que aclara por demás, y excede los marcos permitidos para los “paréntesis”. Los conceptos centrales entre “comillas” o en cursiva, y agregados que siguen aclarando con un “asterisco” y una referencia al final.
Las acciones se suceden en una ciudad con playa y tinta. Las hojas en la mesa, los zapatos en la orilla y los pies en el mar. Habríamos de escapar en tren hacia aquel destino y olvidar un poco de qué estábamos hechos. Como nos reconocimos la primera vez, insomnes y compañeros, la fuga se precipitó; la noche no acababa al momento de partir a la estación. El día recién se asomaba cuando el mar subió por la ventanilla; las sonrisas se comunicaron instantáneamente y lo no planeado parecía encontrar su cauce. Hubiéramos arruinado la calma si nos mirábamos de más. Ella conocía el camino, yo me dediqué a contemplar su paso y su guía. Los tejados, los adoquines, las pequeñas escaleras que separan la piedra de la arena: llegamos.
El observador no enlaza sus expectativas, sus motivaciones, sus deseos o necesidades, con lo observado. Deja que todo se suceda y, dependiendo del escondite que elija, no afecta la situación o interacción entre asociados. Su intención de no contaminar el cuadro, inventa un mundo, funda la distancia entre las cosas, las personas o escenarios y su mirada. Para comprender el despliegue escénico, hay que estar atentos, y reconocer lo reconocible en el discurrir de lo vivenciado. De esa posición excéntrica pasa a formar parte del paisaje y es absorbido por sus contemporáneos, vive a través de su experiencia, se convierte en un fragmento más de los que circulan, un condicionante, un inhibidor, un estímulo. Apenas comprende la complejidad que se despliega ante sus ojos; nos observabas. Desafiando el mundo que hacía un instante habías inventado, te acercaste y los tres morimos toda la tarde entre trago y trago de ginebra; también envejecimos un poco, como el día que se volvió noche y todo se convirtió en una fantasía.
Cuando se baja el telón, cuando el velo vuelve a cubrir la experiencia compartida y hay que guardar el alma para volver a la vida, nos volvimos a mirar sin recordar lo que ha ocurrido. Un tren en dirección contraria doce horas después. Valíéndome de mi posición como miembro competente de nuestra generación, me permito escribirte en pura postdata y contarte nuestra fuga a Normandía como un paréntesis de la vida en París. Una ilusión de final. Un recorte más de nuestra pena, de la cual estamos hechos y plagados; en la cual nos encontramos inmersos, peligrosos y contaminantes. Entonces, doblo las hojas que hace un rato yacían en la mesa, guardo la tinta de la ciudad con mar, cierro el sobre, escribo tu dirección, tu nombre y camino al correo, ya sin recordar tus ojos de observador.