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Notas

Ay, ay, ay… Flashback to the future

Mendocinos ochentosos y su fiestita en Arístides. Cuentas saldadas para una generación que dejó algunos pendientes. Nueva columna de Mara López Medea, en MDZ Online.
Los ochenta de los mendocinos.
Los ochenta de los mendocinos.
La de los 80s fue la década de las represiones. Infinitas, excesivas y totalitarias. Aunque terminábamos con la mayor de todas, quedaba en nosotros el “no se puede”. No se puede ir a bailar sola, no se  puede salir viernes y sábado, no se puede usar taco aguja, no se puede usar ropa de color en un recital de Alcohol Etílico y no se puede revelar la identidad de los Fellows (los primeros grafiteros de Mza).

Transitamos estos años con una explosión de moda, de rock, de recitales. Nos mostramos con jopos altos y colores estridentes para gritar ¡somos modernos!

Pero estábamos, en realidad,  presos del qué dirán y del culto a la moda. Usábamos el jean con jean, los noviazgos eternos, los casamientos por Civil y por Iglesia con fiesta, y, como algo obligatorio, Reñaca en el verano. Como buena generación de reprimidos solíamos decir no cuando queríamos que sí, y si decíamos sí recién después de los treinta, nos etiquetaban en un fracaso irremontable.

Por aquellos días se usaba resolver los embarazos inesperados con un mega casamiento y una buena lista de regalos que incluyera ese juego de platos con patitos. 

Las mujeres teníamos nuestros símbolos sexuales y salir con uno de ellos era como ganarse un Oscar que te ascendía a símbolo también. Llevarse un Orfila era toda una consagración.

Y como ya se sabe, lo reprimido es como un frasco mal envasado, cuando entra un poquito de aire salta todo.

La cosa es que todos ellos, o una gran mayoría, tuvo su fiestita de “regreso a la noche” en el boliche que comanda la dupla más ochentosa de todos los dueños de boliches. Porque Graduados habrá hecho lo suyo, pero como esta pareja de djs, nadie.

Era mi primera visita al lugar. Y a pesar de haber llegado temprano ya todo estaba ocupado desde mucho antes. Sillones, banquetas, mesas, barras, rincones, tarimas y todo lugar donde pudiera estar.

Cuarentones a patadas ya se habían arrinconado con trago en mano para darle aire a lo que les quedaba en sus vidas enlatadas. Aquí estaban todos, 25 años después vivitos y coleando (aunque ahora con tiro bajo).

Por cada minuto que pasaba había más y más gente en esta jaula que llenaba nuestra cabeza de rock. El atlético abogado con chistes ácidos renovados y algún gag sobre sí mismo. Más atrás, entre las demás, la reina de la Sapolán Ferrini impartía clases de su nuevo deporte – la respiración -. Era una verdadera fauna ecléctica.

Los dueños del lugar, algo así como una versión pseudo moderna de Batman y Robin, aparecían intercalados con una sincronización perfecta.

Me asombré al ver como algunas profesiones han cambiado su estatus con los años. Ahora los djs electrónicos son algo así como los esquiadores profesionales de aquella época. Todo el mundo los rodea, todos queriendo ser sus amigos. Tal como son los gays hoy para las chicas conservadoras: el toque de transgresión que las hace más open mind.

No faltaron, of course, mujeres con esta profesión de dudosa procedencia: las decoradoras de interiores, entre quienes una especie de Marta Minujín pero desmesuradamente racional le comentaba a sus amigas cómo había transformado esta Baticueva en algo con onda.

Obvio que también estaban las happiest couples. El puma doble pechuga y cuello XL con su inmolada mujer, el artista incomprendido que había ido consigo mismo, el dj fotogénico y su chica (la culpable de esas mil notificaciones diarias que recibís en facebook), sólo faltaba aquel modelo del Sportman con la reina que le barrió todos los aires de Don Juan. Pero casi que estaban todos, chochos de la vida.

Arrancó más fuerte la música y yo me aseguré de que me encontrara con un champagne en la mano. Calor, espaldas de rugbiers entalladas en camisas slim fit, perfumes importados, todos apretados pero sin tocarse realmente. Los 80 estaban en Ay ay ay.

Mi amigo treintón no podía creer, sacaba fotos que enviaba por twitter y amenazaba cada diez minutos con abandonarme y cuando lo hizo, yo quedé ahí dando vueltas como los que planchaban en aquella otra época.

El baño estaba imposible, (tengamos en cuenta que era una cola de chicas que todavía se retoca el maquillaje). Me abrumó. Tomé un atajo, arriba, el baño del personal. Perfecto. Subí y sentí la frescura del aire menos viciado. Por fin, menos ruido, más espacio. Después de esquivar un par de conocidos que estaban saldando cuentas pendientes mientras sus respectivas parejas bailaban abajo, llegué. Estaba ocupado. Algún abrumado como yo me había ganado de mano. Esperé afuera. Encendí un cigarrillo para atenuar la espera pero mi urgencia delataba que la cantidad de alcohol que tenía encima no me daría mucho margen.

Tras la puerta apareció él, esbelto y lánguido y, en cámara lenta, cuadro por cuadro, tiró su pelo para atrás al ritmo de “I´m too sexy for your love”, se acomodó sus pantalones y bajó las escaleras con su agilidad de maratonista y la elegancia de su apellido.  Adentro del baño, su deudora medio inconsciente y tirada sobre una bañera tapeada, sonreía por el Oscar más esperado de su vida.

Las represiones parecían haber pagado su karma.

Al volver a la pista, la fauna había cambiado por completo, gente mucho más joven bailaba frenéticamente al ritmo techno. La seda y el cuero habían cedido su lugar al plástico, la lona y el algodón. Eran las 4.30 am. y mi carruaje, como el de todos los que habían ido tan temprano, llevaba tiempo convertido en calabaza.