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Notas

Cuando fuimos rockeros

Un cuento fatal con música de Morrissey, que empieza en risa y termina en llanto.

Risa

¿Te acordás de aquellos años en que corríamos detrás de Morrissey y nuestras fantasías homosexuales no eran más que fantasías? Entonces, dulces años de fraternidad abyecta, descubrimos la marihuana, las pastillas y el reverso de los puentes de la ciudad; robábamos lo que caía al suelo, incluso creíamos que el suicidio era una posibilidad si algo salía peor. Porque todo salía mal, aunque nos teníamos uno al otro y éramos muchos. 

Recuerdo el velorio de Vir, estabas tan hermoso, como todos… nos habíamos arreglado para la ocasión. Fue la fiesta que se merecía, por todo lo que pasó, por terminar en una esquina, caída en batalla. Por el contrario, el día del entierro, la noche del entierro, éramos dos, tres si la contamos a ella que yacía en su caja de madera. No teníamos pala. Vestidos de sospechosos, salimos, llovía, el barro nos arruinó las manos y volvimos sintiéndonos menos, todavía. Experimenté el vacío, la soledad de quien tiene la vida por delante.
 
Todos queríamos manipular las armas, el fuego, el bidón de nafta; todos queríamos arruinar la belleza del mundo y escondernos cuando asomaba el día. Todos a nuestra forma intentamos fundir los cuerpos, todos nos animamos a hacer algo con nuestro deseo, algunos aún peregrinan. Nos enamoramos tantas veces como olvidamos, salvo alguno que el idilio le duraba un poco más. Hoy vuelvo a escribir al ritmo de Morrissey: let me kiss you.


Llanto

Lloramos por Amy, y McQueen; por la negra Sosa y Sandro. Bebimos en las plazas con los amantes del momento; posamos en los espejos de las celebridades que desconocíamos y al conocerlas se volvían un poco nuestras referentes y amigas, luego nos olvidaron, como dignas celebridades… pero entonces nos invitaban a sus fiestas clandestinas, nos daban de beber de su copa y fumar de su tabaco, sonaban su música con la nuestra y todos éramos rockeros. Cada uno a su forma, pero todos la rockeábamos y pocos dormían.

Las lecturas descubiertas nos volvieron menos humanos y más perversos. Descansábamos en los parques, leyendo a cualquier hora y siempre era madrugada. Las grúas que recorrían la ciudad buscando algún coche desvelado nos guiñaban a su paso, pero no se animaban a llevarnos. Fuimos abandonados mil veces, pero siempre nos mantuvimos unidos, porque nada referido al deseo podía lastimarnos. Nos volvimos insensibles, cínicos, e introspectivos como el piano de Bill Evans; nos quebró escuchar Nina Simone, el tecleteo de una máquina de escribir y algún grito fatal en plena noche.

Una vez nos equivocamos de puerta y ese viejo de mierda, criticón y malhablado no coincidía con la imagen que teníamos de Ernesto Laclau. Al rato caímos y también lloramos por él, por Fogwill, the first of the gang to die.