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Notas

Romain Gary, el impostor

«Lo que pretendo es disputarles a los dioses absurdos y borrachos de su poder la posesión del mundo, para devolverles la tierra a quienes la llenan con su valor y con su amor».

El fantasma de un impostor surca el cielo en la literatura de la segunda mitad del siglo XX. Romain Gary. Nació Roman Kacew pero devino otros tantos. Fosco Sinibaldi, Shatan Bogat y Émile Ajar. Con todos ellos compitió,  de forma involuntaria, a causa del oficio crítico de los especialistas en literatura, que enfrentan  autores e inventan rivalidades sin mayor criterio que crear conventillo; con todos esos “otros él”, se alió para burlarse o dejar en evidencia los mecanismos de aquellos hombres infames que le buscaban roña consigo mismo, esa crítica que no sospechaba del abuso de las máscaras por parte de nuestro impostor.

Émile Ajar fue su sombra más amenazante y perfecta. Como lo hiciera Romain Gary en 1956, Émile Ajar  ganó el premio Goncourt en 1975. Para ese entonces, la fama de Romain según los críticos venía desgastada y su obra era acusada de “pasada de tertulia y de bohemia”. Por el contrario, el genio del joven y desconocido Émile era del gusto y el halago de los entendidos. Develado el misterio, en una confesión encontrada luego de su muerte, el revuelo emergió con el infantilismo y los dedos acusadores. Los hombres que reaccionaban al verse desenmascarada su ingenuidad, reprochaban a las máscaras no ser los rostros y a los rostros posibilitar las máscaras –siguiendo los soliloquios de George Santayana-; entonces Romain, sonriente, compartía rostro, cuerpo y vida con Émile, y todas sus perfiles coincidían en una existencia, juntos vagaban por el mundo. Estupidez 0, Romain Gary 1.

Judío-ruso, nacido en Vilna con la guerra del ’14, hijo no reconocido de su padre, a los 14 se muda a Niza, previo paso por Varsovia;  su madre lo cría sola y deposita en él grandes esperanzas que se pueden leer en “La promesa del alba”. La segunda guerra lo vuelve piloto y lo viste de héroe. Al finalizar la guerra ingresa a la carrera diplomática y escribe su primera novela: “Educación europea”. Hermosa crítica a una cultura que puede, según el momento, ser fuerte de belleza o destrucción. Europa como cuna de la civilización y faro de occidente, punto cero de lo sublime, se volvía escuela de la tortura, la muerte y el abandono. Lo absurdo de la guerra era salir a matar o morir en nombre del cuento del valor y la libertad.

Como diplomático encontró otros paisajes y destinos: Sofía, La Paz, New York y Los Ángeles. Los elefantes, la libertad y un tal Morel, le valieron su primer premio Goncourt por su novela “Las raíces del cielo”; los paisajes de América, quizás por su paso por La Paz, se dibujan en la retina del lector en “Los devoradores de estrellas”. Dejó la diplomacia en el ’61 sin cumplir el deseo a su madre de alcanzar el rango de embajador. Escribía por la necesidad de creer en algo, como un refugio ante lo absurdo. Se casó dos veces, primero con la escritora Lesley  Blanch, después con la “jolie fille” de la nouvelle vague, Jean Seberg. Aunque  cueste creerlo, la fragilidad es contagiosa, el alma encuentra un espejo roto y allí se refleja; nunca alcanza el tiempo para unir los pedazos que caen en la alfombra. Ella, París, Algeria, droga, FBI, una hija muerta, un asiento trasero, abuso de barbitúricos, ocho gramos de alcohol en sangre; él, también París, la misma hija muerta, un apartamento, un disparo, una sien. La noche será calma.