Notas
Los llamamos ancianos pero sus corazones volvieron a ser de niños
En la segunda cuadra de la calle Independencia hay un lugar donde todos podemos adoptar un abuelo o abuela para revivir momentos parecidos a los que pasamos con los que llevaban nuestra misma sangre. En esta nota te invito a acercarte un poco más a la vida que "los viejitos" llevan en el lugar.
Actualmente el Asilo Hogar Las Mercedes está a cargo de la Hermana Lucía, ella se expresó diciendo: “Hay casos que solo podemos tratar con mucha paciencia. Tenemos, por ejemplo, a un abuelito que salió hace días de estar internado. Durante su vida fue alcohólico y ahora, ante la abstinencia, está muy irritado; a veces se arma de puños, encima habla quechua y quedó cieguito asique con el personal del Asilo tratamos de contenerlo y hacerle entender las cosas, como podamos.”
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La hermana Lucía es oriunda de la provincia de Misiones, a los cinco años vino con su familia a vivir a Cuadro Benegas, melliza entre ocho hermanos. Hace 13 años que está trabajando en el Asilo Hogar “Las Mercedes”, luego de estar sirviendo en Bolivia, Uruguay y Colombia. Rechazó una propuesta de trabajo que tenía en una escuela de Buenos Aires para quedarse a cargo de “sus viejitos”. “La vocación de servicio es lo que me hace permanecer cerca de estos abuelitos que nos dan a todos tanto amor y tantas enseñanzas”, dijo.
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La Hermana Lucía y Rosa, una de las que más tiempo lleva en el Hogar |
“Debemos conocernos a nosotros mismos y tratar de conocer a los demás porque de esa manera ubicas mejor a las personas y las comprendés, porque lo importante es descubrir los defectos y los valores que tiene el otro para ayudarlo a crecer”, agregó con su suave tono de voz.
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Simpatía y calidez |
De 24 abuelas solo se llevaron 3 para Navidad, por sus familias, asique “siempre que alguien quiera puede venir a visitar a los abuelitos, se van a divertir mucho”, dijo Lucía mientras iba señalando algunos de los que ya habían salido al patio: “Aquella que ves allá tiene Parkinson, provocado por un shock de angustia, su papá era una persona adinerada y no sabemos por qué razón ella no era querida. La querían despojar de su identidad, tiene 5 documentos iniciados (rehechos) porque su familia se encargaba de perdérselos asique te podés imaginar todo lo que sufrió esa criatura. Es una eminencia, toca el piano, cuando no conocemos el significado de una palabra vamos a preguntarle a ella porque la inteligencia que tiene es increíble.”
“A veces los abuelos se enferman a causa de la angustia que sienten en sus hogares por parte de su propia familia. Siempre tratamos de fortalecer el vínculo o sensibilizar a las personas que estén a cargo de los abuelitos pero les dejamos claro que ellos acá tienen su plaza y pueden venir si así lo desean y las cosas en sus hogares no cambian.”
“La que viene allá, se llama Ernestina, 96 años tiene y está lúcida, solo que tiene una comezón en su piel que no sabemos con qué quitársela, pobrecita.” Y asi, uno a uno, los 56 abuelos (24 abuelas y 32 abuelos) que forman parte del gran y cálido Hogar tiene una historia especial.
A propósito, Ernestina vive una historia que pareciera solo ocurren en las novelas. Ella y “el Pollo”, otro de los abuelos del Asilo se conocieron en Malargüe y de jóvenes se gustaban, por distintas circunstancias de la vida terminaron casados con distintas personas de las que enviudaron varios años atrás. Ernestina entró primero al Hogar y un tiempo después “el Pollo” pidió ser internado ahí también. Las cuidadoras cuentan que por las tardes se sientan en el patio a charlar o simplemente a pasar las horas acompañándose en silencio. “¿Tomaste los remedios hoy?”, escucho que pregunta Ernestina. “Si, por supuesto”, responde él. Y continúan sentados, juntos, como quizás anhelaron por mucho tiempo.
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Ernestina y "el Pollo", al fin juntos, después de muchas décadas |
De repente aparece un galán de pestañas largas y aunque sus ojos ya están ciegos, conserva la mirada pícara que, en su tiempo, lo habrán hecho un gran conquistador, viene cantando un tango, “Andando en París”, del "Polaco" Goyeneche. Al ratito uno que me cuenta que en su vida fue atleta y que aún puede dar saltos “así” de altos dice, señalando la altura del metro y medio. Por las dudas no le pedí comprobar su testimonio.
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El tanguero de ojos pícaros |
De pronto se da un cómico diálogo: “Una pregunta: ¿Qué es bueno para la garganta?”, indaga el tanguero, a lo que sus amigos responden: “No sé, yo no soy dotor”, dice Ernestina con picardía. “La miel es buena”, emite uno más serio. “Y un poco de lavandina con azúcar”, dice “el Pollo”. “Con soda cáustica”, agrega otro seguido de la risa de todo el grupo.
Me muevo de lugar, para conversar con Dominga Arias, quien me habla de sus hijos y de sus nietos. “Con mi marido nos separamos porque los dos sentimos que se nos terminó el amor, estaba todo bien pero no sé qué nos pasó. De todos modos mis hijos saben que pueden andar con la frente en alto porque me porte bien con ellos”, se queda pensativa, me mira y dice: “¿Querés que te muestre mis ositos?”
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Dominga, feliz de mostrar a quienes la acompañan por las noches |
Si bien todas las tardes los abuelos salen a tomar aire, ese día mostraban una emoción particular, ¡era porque la Banda de Música de la Distrital Sur II los iría a visitar! "¡Llegaron los militares!", dijo una. Cuando la música comenzó a sonar algunos salieron pronto de sus sillas y comenzaron a bailar. Las horas pasaron rápido pero valió la pena compartirlas con seres tan especiales.
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"¡Llegaron los militares!", dijo una abuela |
Las puertas del Hogar están abiertas, andá, conocé a estas personas y mirá cómo termina girando la vida. A veces nos esforzamos y estresamos más de lo debido para obtener determinada posición social o un simple reconocimiento. Lo interesante es que, recién en la etapa final de los días, es cuando podemos evidenciar que la vida nos termina juntando: pobres, ricos, buenos, malos, queridos u odiados.
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¡Se armó el baile! |
La clave quizás sea vivir una vida que valga la pena: instruyendo a las generaciones que nos preceden, enseñando el respeto, hablando de vocación y cultivando el amor. Al final de la vida, seguramente ese tipo de esfuerzos serán los que nos habrán valido la pena.
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