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Notas

Historias de vida: Tres generaciones, cincuenta y tres vendimias

Con la llegada de los primeros meses del año, en la provincia de Mendoza, la sociedad se llena de “aires de Vendimia” debido a todos los eventos en torno a la fiesta nacional que desde 1936 se realiza. En este espacio daremos un recorrido por la historia de los vendimiadores. Por esta vez, me tomé el atrevimiento de tomar como referentes a mis seres más cercanos quienes constituyen tres generaciones en la labor agrícola.

En este espacio narraré parte de la historia de una familia en representación de muchas que repitieron la vivencia en distintos lugares de nuestra provincia. Geográficamente le pido nos situemos en la zona de La Escandinava, distrito de Bowen, del departamento de General Alvear. Allí, en la tercera década del siglo XX, llegaron inmigrantes europeos con la esperanza por delante y la guerra por detrás, venían escapando del hambre y la pobreza que había en lo que ahora es Polonia, Ucrania y demás países de aquel lejano continente.

Los ingleses llegaron primero a la región y no está muy claro en la historia cómo fue que lograron apropiarse de las tierras de la zona norte del distrito de Bowen, pueblo que adquirió de un inglés llamado Edward y apellidado así. Fueron estos primeros habitantes los que repartieron las tierras entre los que llegaron luego permitiendo que cada familia tenga su parcela, la trabaje y forme así un porvenir mucho más prometedor que el que habían experimentado en Europa. “Nos dieron las tierras pero no teníamos nada más asi que mientras trabajábamos y hasta que pudimos construir una casa vivíamos en una choza de cañas que se llenaba de cucarachas, con nosotros vivía un hombre de Portugal, él hablaba su idioma y nosotros ucraniano. El mismo problema tuvimos para comunicarnos con los españoles, italianos e ingleses”,   es una de las anécdotas más repetidas por mi abuela María quien llegó a la Argentina en el año ´36, en el penúltimo barco que zarpó desde Polonia hacia Buenos Aires. 

Pablo, el que inició la prole (junto a su esposa, claro)

“Necesito que vengan todos a casa porque quiero que me cuenten cosas de antes”, les dije por teléfono a mis abuelos, a mi tio y a mi papá. Así como lo lee, bien sencillo para andar sin rodeos. Asi que una tarde de domingo armamos ronda familiar y cada uno fue aportando detalles que nos permiten tanto a usted como a mi, imaginar cómo se vivía y trabajaba hace casi 60 años.

María y Pablo, mis abuelos paternos, se casaron en el año 1953, él con 23 y ella con 19. Fue alrededor de ese tiempo en que se vivió el auge de la uva en La Escandinava. “Las únicas variedades que habían eran tinta, cereza y sanjuanina. La rosada todavía no había llegado”, recordó Pablo. “Nosotros teníamos 28 surcos que desde muy chico trabajaba con caballo y arado de mancera”, dijo Pedro quien comenzó a ser “chacarero” a los 11 años de edad, él es el segundo hijo del matrimonio, después de Marta quien a muy temprana edad decidió convertirse en inmigrante y conformar su vida en Estados Unidos, durante su niñez y adolescencia ella también trabajó sacrificadamente la tierra, siguiendo el ejemplo de su madre. Es que antes no había distinción o privilegios para las mujeres y tampoco importaba mucho si eran amas de casa, a la finca iban todos.

“En aquellos años las tormentas eran más tímidas que ahora, los cultivos sobrevivían a la lluvia y algún que otro granizo pero sufrían el ataque de plagas asique debíamos salir a fumigar con mochilas cargadas de sulfato”, acotó Pedro.

Pedro cultivando barbechos para la replantar la próxima temporada

“Se vivía muy bien cultivando uva. Hubo familias, como la de Jacobo Konovalchuk que es a quien recuerdo ahora, que en una temporada cosechó una camionada de muy buena uva y con eso se compró un auto 0km”, evocó María a lo que Luis, quien forma parte de la tercera generación de agricultores dentro de la familia, acotó: “Pucha, ¡entonces nosotros vinimos a nacer en la peor época!” Todos rieron pero concluyeron en que las épocas y los precios, sobre todo, ya no son los mismos.

La buena producción y los óptimos precios que por aquel tiempo se aplicaban propulsaron la creación de muchísimas bodegas, les pedí que me enumeraran todas las que recordaran así fue que, solamente en la zona de Bowen, incluyendo sus parajes, tuvieron bodegas:  los Zilli, los Piedrafita, los Larregola, seguidos de Salinas, De Monte, Spat, Petriczyn, Labay, Crespillo, una de nombre Lahuen-Co, la familia Sáenz, Faur, Anaya I y II, también se formaron Portón de Oro, Sur Mendocino y La Bowense, hay dos más cuyos nombres nadie pudo recordar pero en total suman diecisiete de las cuales quedan cuatro o cinco.

Pablo, Pedro y Rubén


La época de Vendimia se llenaba de historias, los muchachos esperaban que los camiones sean cargados hasta el tope durante la tarde y cuando el sol empezaba a caer partían rumbo a la bodega. Antes pasaban a cargar alguna frazadita y buscar la comida que les había preparado mamá, ¡la linterna no podía faltar!

Es que se iban a hacer cola a fin de esperar su turno para descargar el fruto que pronto sería vino. Decenas de camiones y tractores con acoplado se alineaban, en algunas ocasiones pasaban hasta dos días de espera. Si, yo también puse pausa a esta parte del relato para corroborar este dato. “¿Dos días de cola?”, indagué incrédulamente. “Si, es que había mucha cosecha y, por eso, muchos camiones”, me respondió Rubén, mi tío, el tercer hijo de Pablo y María.

Es muy lindo escuchar las conversaciones que mantienen los mayores de cuarenta, ellos son quienes recuerdan lo bien que muchas veces la pasaban mientras esperaban entrar a las bodegas. Comían asados, jugaban a las cartas, hacían bromas y chistes que hoy recuerdan con una complicidad especial.

Luego los tiempos fueron tomando un sabor amargo, la economía comenzó a decaer, muchas bodegas quedaron a medio construir y los productores prefirieron arrancar muchas hectáreas de vid para reemplazarlas por durazno, que llegó para ser algo así como el “cultivo top”.  

Santiago y Esteban, "los peques" de la familia

Y  así la situación fue decayendo, hasta nuestros días, cuando se pagan migajas al que día tras día trabaja la tierra y sufre cada vez más cuando es amenazado por una gran nube sin saber si el despertar de mañana será igual, porque no hay garantía de que la Vendimia termine en marzo cuando en reiteradas ocasiones la meteorología ni siquiera permitió la cosecha comenzar.

El desafío, estimados chacareros, quizás sea que se mantengan firmes y sigan siendo uno de los mejores ejemplos de esfuerzo y sacrificio.

Esta es parte de la historia de los Ojcius de La Escandinava que se reproduce en incontables familias más.  El resto de la sociedad, los que los miramos desde el otro lado, rescatemos y atesoremos el ejemplo de los agricultores y coronémoslos, aunque sea con palabras, no por la belleza de sus rostros sino por la perseverancia de su corazón.