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Notas

Yo no quiero esta pena en mi corazón…

Imaginemos que la búsqueda de un público es infructuosa. Que la insatisfacción y la frustración se convierten en costumbre. Que la necesidad de belleza provoca la muerte… En el último tiempo, talentosos artistas mendocinos se han marchado, pusieron fin a su labor bajando los brazos ante la indiferencia general o, lo que es peor, decidieron concluir su más valioso proyecto, vivir.
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Esta va a ser una columna especial, después de más de dos años que llevo escribiendo Taller de Arte. Un peculiar espacio dentro de Clubhouse, que sus directores me cedieron con plena confianza y sin ningún condicionamiento. Fue así que me propuse acercarles a los lectores conceptos y propuestas de artistas mendocinos arriesgados, esos que hacen del arte un acto de fe, sin especulaciones. Actitud que, muchas veces, es aplaudida en circuitos de conocedores, pero paradójicamente ignorada por el “público”.

Luis Quesada.
No me gustan las comillas, pero tampoco me cierra del todo decir público así solo, a secas, de modo tal que se convierta en una generalidad muy imprecisa. Cuando digo público, me refiero a algo concreto, al que compra los cuadros, al que paga una entrada para ir al teatro o a un recital.

Chalo Tulián.











Muchas cosas pasaron estos últimos meses. Muchos artistas geniales se fueron a vivir y a trabajar a otra parte; otros desarmaron sus proyectos agotados de la sordera colectiva y otros, mucho peor, decidieron que ya no podían más con la vida.

Por eso, estos últimos días me invade una profunda tristeza y, probablemente, no sea el medio más apropiado para expresarlo, pero es el único del que dispongo y quiero aprovecharlo para decir esto: yo no quiero esta pena en mi corazón….
 
En la búsqueda desesperada por encontrar una metáfora, una forma de quejarme sin que suene a queja, tarea muy difícil para alguien que no es poeta, empecé a pensar e imaginé una especie de “venganza”. Imaginé que el mundo podría revertirse por unos días, y que de pronto, hubiera una gran cantidad de público, ávido de sonidos armónicos, de bellas historias, de imágenes inquietantes. Y que no hubiera artistas.

Egar Murillo.
Pero que esa avidez no fuera así nomás, no, sino que tuviera la intensidad de Sergio Embrioni (músico fallecido el último 17 de febrero), la pasión de Gustavo Quiroga, Mariana Mattar y Sebastián González (ED Contemporáneo), la convicción de Egar Murillo, la dedicación incansable de Don Luis Quesada o de mi querido Miguel Gandolfo. Imaginemos juntos por un momento, que esa avidez los desesperara y los llevara a enfrentar el dolor del desarraigo con tal de oír una melodía, el sufrimiento de abandonar su vocación y su talento para poder leer un buen cuento en las noches.

Imaginemos que la búsqueda de ese público es infructuosa. Que la insatisfacción y la frustración se convierten en costumbre. Que la necesidad imperiosa de belleza le provoca la muerte…

Acompaño estas palabras con algunas imágenes que me gustan mucho, pero podrían ser muchas otras, cualquiera de las tantas que guardo en mi retina, de mis queridos amigos artistas.