Notas
Un Club con historia, pero ante todo, un Club de amigos
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Luego de trabajar más de 25 años como lechero –cuando la leche se vendía suelta- Atilio comenzó a atender la cantina de la sede del club Quiroga que estaba frente al hospital Schestakow, pero por razones económicas se mudó frente a la plaza San Martín, a una propiedad que era de Elena de Pont Lesica, donde hoy persiste el bar. Don Salinas atendía a los miembros del club Quiroga hasta hace unos 15 años que se fueron a su sede actual. Sin embargo al bar le quedó el nombre “El Club”, porque era como lo conocían sus clientes.
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Don salinas, junto a su mujer Isabel.
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Quienes concurren consuetudinariamente llegan no muy temprano en la mañana y se van temprano en la noche, por lo que cierra a penas pasadas las 22.00, aunque a veces don Salinas y los clientes que son amigos pasan a un quincho que hay detrás del bar a comer un asadito, o se van por ahí “de parranda”.
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“El bar es mi vida. Sin el bar al poco tiempo dejaría de vivir porque son tantos años en esto, que tengo una amistad con mi clientela, con los muchachos”, dice don Salinas.
Su esposa desde hace 60 años, Isabel, es de las mujeres que pueden decir que “tienen a su marido todo el día en el bar”, pero literalmente. “El Club es su vida. Su trabajo siempre lo hizo con amor a la par de criar 7 hijos, 6 mujeres y un varón”, dice.
Don Salinas asegura “no tener más anécdotas para contar que la amistad misma”, y eso se ve reflejado en varios cuadros con fotografías que tomó uno de sus clientes a lo largo de los años.
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Es triste ver que muchas de las personas que aparecen en esas fotos fallecieron, pero son el recuerdo de una palabra que trasciende la vida misma, “amistad”. “Es un club de amigos. La clientela está desde hace tantos años, que ya parece su casa”, dice el dueño.