Notas
La caída sumió a los hinchas en el desconsuelo
CIUDAD DEL CABO.- El boulevard por el que se desconcentraba la multitud argentina era una suerte de procesión de almas rotas y corazones arrugados. Era una retirada acompañada por un silencioso abatimiento. Para los miles de argentinos que desembarcaron aquí ya no es necesario apelar a pretextos verosímiles para ausentarse de los trabajos. Tampoco recurrir a un urgente pedido de extensión de vacaciones. Es hora de volver a casa, de echar un vistazo a la billetera para resolver alguna deuda en cuotas para cubrir los gastos de un viaje con un desenlace triste e inesperado.
La peregrinación del desconsuelo bajó por Long Street, una bonita avenida que atraviesa la ciudad desde el downtown hasta la costa donde rompen las aguas del Atlántico. En el bar Nandos una pantalla gigante transmitía en vivo la conferencia de prensa de Maradona. Las imágenes dibujaban una secuencia de lamento en tiempo real. Los ocasionales argentinos que pasaban por allí estamparon su mirada contra el televisor. La tristeza rebasaba los ojos de algunos: la desilusión se deslizaba por sus mejillas. A otros hinchas se los percibía poseídos por la bronca. Lanzaban epítetos agresivos al aire, flemáticas acusaciones con nombres propio. La goleada no se había digerido a pesar de que la tarde se desvanecía en la oscuridad.
En el estadio Green Point, un grupo de brasileños burlones enfundados en una bandera de Alemania dejaron sus butacas a los golpes. Eran tres muchachos de Río de Janeiro que se abrazaron con el gol de Müller y dejaron caer una ironía en portugués imposible de pasar por alto para los argentinos. Hubo un tumulto e intervino urgente la policía para disipar el foco de agresividad. El viernes, los argentinos habían celebrado desmedidamente la eliminación de Brasil, tanto en nuestro país como en Sudáfrica. Ayer, los brasileños sonrieron con el adiós del seleccionado nacional. Ambos son festejos ajenos, sin sentido, que no pueden llenar el vacío de la derrota y la desilusión.
Cuando la Argentina peor la pasaba en el campo, los hinchas intentaron por un momento lanzarse al césped y jugar el partido. Se entonó el clásico himno en busca de una reacción del equipo. "¡Vamos, vamos, la Argentina, vamos, vamos, a ganar..!" . Pero no hubo caso porque con el 0-2 el seleccionado bajó la guardia y se resignó a una deriva espantosa. El público percibió que la eliminación ya era un hecho y se sumergió en un triste silencio.
Los argentinos eran mudos testigos de la euforia alemana. Observaban con asombro como rubios vestidos de guerreros paseaban orgullosos su cogorza como los colores de Alemania. Los europeos tienen su infaltable duelo de cotillón en las tribunas. Siempre. Son parte del rostro simpático de la pasión.
En la pantalla gigante del Green Point sonreía la presidenta alemana, Angela Merkel, flanqueada por su par sudafricano, Jacob Zuma, y Joseph Blatter, el hombre fuerte de la FIFA. "Fue abrumador", dijo, con la simpatía de una dama, Merkel después de la goleada.
La goleada ya había agrietado la esperanza. Los deseos eran imposibles. En la despedida del seleccionado argentino se encendió una canción que hizo eco en la nada. Hubo aplausos para Messi y Tevez. También para Mascherano. Surgió un "olé, olé, olé, Diego, Diego?" que se perdió entre el éxtasis alemán. El repiqueteo mudo de los bombos acompañó el ritual de descolgar la bandera de siempre. El atardecer nostálgico a la vera del Atlántico siguió como una película guiada por la resignación, como un regreso anticipado de unas vacaciones con final inesperado.