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Notas

Bicentenario de inseguridad en las calles

La inseguridad no es nueva: nació con Latinoamérica y la trajeron desde Europa. La visión particular de la especialista argentina Claudia Laub sobre cómo siempre nuestras ciudades fueron inseguras y la insidencia de un "urbanismo de la exclusión", desde que somos país

Aceite caliente desde el balcón, contra los ingleses. Fortines contra los malones. Batallón de infantería frente a la plaza central, por si las moscas. Más aún: la plaza es “de armas”. Muros alrededor y no eran barrios privados. Y los “puestos de avanzada” para irles carcomiendo la vida a los aborígenes.

Las ciudades de América nacieron bajo el signo de la inseguridad, por más que ahora sea cuando la gente se lo puede decir a otra, quejarse, reclamar por ello, llevar su tristeza o pánico a otros miles por radio o televisión.



Y es así porque “el miedo ha sido, siempre, desde que América es América, el motor del urbanismo” de este lado del mundo, según Claudia Laub, presidenta de la asociación civil El Agora, una mujer que es consultada dentro y fuera de la Argentina, permanentemente, en torno a temas vinculados al sostenimiento de políticas de seguridad.

En su reciente paso por Mendoza para participar del encuentro de la Plataforma de Ciudades, la experta se puso varios pasos más atrás en la línea del tiempo, sabiendo sortear, de esa manera, la coyuntura que siempre golpea y condiciona.

Laub analiza que nuestros problemas actuales tienen raíces múltiples, como lo dicen de memoria casi todos los especialistas y políticos, de izquierda y de derecha. Pero agrega factores poco mencionados a la hora de tratar nuestros problemas de convivencia desde una mirada propia y sin los filtros propios de las experiencias ajenas, principalmente las europeas o estadounidenses.

“De entrada –sostiene Laub- nuestras ciudades fueron excluyentes; no fueron creadas por los habitantes del lugar en donde se fundaban sino por el invasor”.

Así, según esta línea, ya sea desde una perspectiva del urbanismo o bien política y social, “siempre hemos tenido problemas para conciliar derechos democráticos con la desigualdad y la diversidad”.

Claro: de movida, la ciudad ocupó un espacio ajeno y se preparó para defenderse de los dueños de esa tierra, para no incluirlos en su vida cotidiana y más todavía, para eliminarlos de la faz de la tierra.

“Fue allí –explica- cuando se produjo la división entre lo urbano y lo rural, instalándose en el campo, en la periferia, la gente que fue resistente a la invasión”.

Laub da cuenta de una historia de “doscientos años de inseguridad”, el “otro bicentenario”. “Bajo ese modelo excluyente –analiza- fue imposible construir ciudades inclusivas en estos 200 años de historia, digamos, ´argentina´”.

Del dicho al hecho


En América Latina, orienta la especialista, “por todo esto es el urbanismo quien tiende a reproducir factores de desigualdad” y “a la hora de pensar las ciudades, las teorías han resultado mucho más débiles que las prácticas”.

Por ello, cuando se enfoca en los procesos encarados en las últimas décadas –y en particular, en los últimos 10 años- para frenar la violencia en las ciudades- “los procesos de descentralización de las responsabilidades –dice Laub- sólo encontraron respuestas para la coyuntura”, pero no para el fondo de un problema de larga data. Tan antiguo, a partir de este análisis, como la paria misma.

El mercado de buenas prácticas

Incisiva y crítica, “con varios fracasos sobre las espaldas”, Laub analiza cómo los estados afrontan el reclamo por mayor seguridad. Su conclusión es lapidaria: “compramos fácilmente ideas que dieron resultados en otros lugares del mundo, pero lo hacemos adquiriendo el software y renunciando a poner en práctica procesos propios”.

Para la especialista este accionar de los gobiernos es equiparable a “ir de compras a un mercado de buenas prácticos, eligiendo esto sí y aquello no, sin saber qué es lo que nos sirve y qué lo que no”.

Como respuesta, recomienda: “Hay que problematizar convenientemente, hay que creer que los problemas tienen solución y que tienen no una sola, sino muchas”. Por ello, da cuenta que “pensar y hacer la ciudad es una tarea que no se puede delegar en expertos”.

La tarea del bicentenario: Laub indica un camino, sin imponerlo. Por primera vez en 200 años, dice, de lo que hay que hablar es de “el derecho de los habitantes a la ciudad en la que habitan”.