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Notas

Cuadros para leer

Colores y texturas de orígenes diversos se reúnen y convierten en un todo nuevo, distinto de sus partes. Un juego que, como espectadores, nos invita a recrear y hasta re inventar una por una las obras de Liliana Posca.

“Textos urbanos” es el nombre de las creaciones de la artista plástica en las que, el denominador común, o al menos el más evidente, es el collage, técnica de origen francés “coller” que significa pegar. Durante los primeros años del siglo XX, artistas como Picasso y Braque empezaron a pegar directamente en sus cuadros pedazos de papel de diario, fotos, maderas, cueros y telas.

De este modo, sustituían una superficie pintada por ellos mismos, por otra encontrada en el mundo de los objetos cotidianos. Esta superficie pegada cumplía la misma función que las primeras, es decir, ser un plano más de textura y color dentro de la obra.

Con el desarrollo del siglo, utilizando este procedimiento, se llegó a pegar objetos enteros y a combinarlos para formar esculturas. Se expandió así el collage y se definió otra categoría, el assamblage, término que también proviene del francés y que significa ensamble.

El conjunto de obras realizadas por Liliana Posca inicia su camino en el marco de ambas técnicas. Se trata de pinturas realizadas con pedazos de cosas que preexisten a la obra y que provienen de diferentes fuentes. Papeles impresos, revistas, fotos, mapas, boletos de avión, guías de teléfono, cds en desuso, piezas de vaya uno a saber qué, que se despedazan, retuercen, superponen, combinan y pegan en una superficie. Colores y texturas provenientes de inconexos orígenes que se unifican bajo la idea global de la artista y se convierten en un todo nuevo.

Ahora bien, algo distingue esencialmente a aquellos collages de Picasso y Braque, de los que presenta Liliana Posca. Un pedazo de papel de revista en el caso de los primeros artistas era sólo una superficie de color y textura. En estas obras, en cambio, es, además, una pequeña ventana con contenido propio. Todo lo que está pegado en el cuadro hay que leerlo detenidamente, parte por parte.

Y la tarea no termina allí porque una vez que han sido leídas todas las partes aparece un segundo desafío que es encontrar, recrear o interpretar (vale inventar), la trama de relaciones o el guión que unifica todos esos pequeños relatos. Es como un video clip, donde cada parte se combina con otra en forma de flashes, con un ritmo de fondo y una idea rectora que se completa fuera de la obra.

Estas propuestas necesitan un espectador activo, creativo, deductivo, intuitivo. No sirve mirarlas rápidamente y pasar a la de al lado. Hay que leerlas, porque son textos. Cada uno de las partes arrastra dentro de la obra su propia historia, es decir, lo que era fuera de ella es parte de lo que es ahora dentro de ella. Y también es algo nuevo en relación con el contexto al que le toca integrarse.



Estas imágenes metaforizan al mundo contemporáneo. “Textos urbanos” nos propone mirar con atención y pensar. Pero a la vez, nos interpone una trama irritante entre lo que vemos a primera vista y lo que está detrás. Nos obliga a leer entrelíneas, de paso y desordenadamente.

Nos induce a redescubrir el significado de cosas que vemos todos los días. Nos desafía a aislar el sinnúmero de redes que se enredan en un todo sin centro. Nos recuerda lo complejo que es, en estos tiempos, descubrir el mundo que nos rodea.