Notas
El Parque Mariano Moreno está sufriendo un invierno muy crudo
Hacer una recorrida hoy por los innumerables rincones que tiene el Parque Mariano Moreno en la Isla del Río Diamante es una experiencia que produce sensaciones encontradas.
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Por un lado, para quien busca la belleza que el lugar ofrece en esta época del año, no hay mayores inconvenientes para encontrarla, y el observador puede sentirse maravillado por la visión que ofrecen los numerosos rincones que el parque tiene y que lucen una estética despojada, una suerte de austera hermosura, propia de esta época del año.
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Pero si la experiencia se encara desde un costado más social, empiezan a aparecer sensaciones más cercanas a la desolación, la angustia o el desamparo.
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Es cierto que el invierno no es quizás la mejor época para disfrutar de un espacio como éste, que es verde por naturaleza, pero igualmente, las imágenes proponen al menos una reflexión acerca de el estado que presenta hoy el parque.
Más allá de que el sitio es mucho más acogedor y receptivo en la primavera o el verano, donde tradicionalmente sus añosos árboles ofrecen una sombra que invita al descanso y al disfrute.
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Hoy por hoy, esos mismos árboles sirven como insumo para muchas familias que viven en las inmediaciones, y no teniendo otro medio para calefaccionar sus viviendas, serruchan sus ramas, cuando no las talan impiadosamente con desafiladas hachas, o cualquier elemento contundente que pueda ser usado a guisa de tal, o a falta de herramientas, directamente las quiebran con sus propias manos, para llevarlas como combustible de sus estufas.
Mientras obteníamos las fotografías que ilustran la nota, se escuchaba intermitente, el sordo ruido de las hachas golpeando los árboles, en la silenciosa soledad que tiene la inmensidad del lugar.
El punto es que la situación es poco menos que inevitable y hasta lógica, si se quiere, por cuanto muchos ejemplares están secos, y la crudeza del invierno, en el clima y en los bolsillos de los que aprovechan la leña, produce el hecho.
Otra sensación que comienza a aparecer para quien recorre el lugar, es la inseguridad. Aun a plena luz del día, la espaciosa extensión del lugar y el silencio que reina en el mismo, a poco de andar por el sitio empiezan a preocupar a quien busca alguna referencia que ofrezca refugio o seguridad, para un eventual episodio delictivo. Y eso teniendo en cuenta que la Comisaría 38 se encuentra en el interior del predio, pero las escasez de medios con que cuentan los efectivos de la misma es una limitante considerable a la hora de atender una urgencia, de cualquier tipo. Sin perjuicio de la vocación de servicio y el esfuerzo con que los policías cumplen su trabajo.
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No es aconsejable internarse en soledad por el lugar, si no se está muy seguro de poder evadir cualquier intento de potenciales asaltantes, que si bien no pululan por el lugar, lo tienen muy bien estudiado para el caso de que alguna ocasión se les haga propicia. Todo esto, pensando en visitar el lugar de día. A la noche es absolutamente desaconsejable transitar por sus calles internas.
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Otro aspecto que se hace evidente, es el estado de deterioro que tiene lo que alguna vez fue el pavimento de sus caminos. Otrora, el sinuoso trazado que circunvala el parque, invitaba a un entretenido paseo, pero hoy, el tránsito por el lugar es verdaderamente complicado, como muestran las imágenes.
Está muy claro que a esta situación no se llegó en un día, ni en un mes, ni tampoco un año. Es mucho tiempo de olvido y postergación el que ha generado que este parque, que fuera lugar de esparcimiento referencial para toda la comunidad, se encuentre así.
Y tampoco se pueden cargar las tintas sobre la Municipalidad, que seguramente tendrá algo que hacer al respecto.
También la comunidad tendrá que asumir su responsabilidad y eventualmente dar su aporte para mantener y conservar el lugar, por cuanto el vandalismo es también una de las cosas más evidentes y lacerantes que se muestra por doquier.
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Y eso es responsabilidad ineludible de los vecinos que habitamos esta ciudad. En el lugar se encuentra basura esparcida por todas partes y no queda prácticamente ninguna de las muchas luminarias que fueron instaladas y varias veces repuestas, hasta que la situación quedó como muestran las fotos. Pareciera que el ánimo de dañar por el simple placer de hacerlo y la falta de respeto por la cosa comunitaria, produjeron el hastío en los responsables de mantener las instalaciones, dándose por vencidos en esa desigual lucha.
Las churrasqueras, hechas e instaladas para solaz de los sanrafaelinos, tampoco han escapado al afán destructivo de los depredadores sociales.
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Finalmente, la visita y recorrida al lugar permite apreciar imágenes que pueden ser una metáfora de lo que somos como comunidad.
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Bellísimas en algún aspecto, y francamente deleznables en otros.








