Notas
La revancha de Verón
PRETORIA.- El cielo plomizo se asociaba a una mañana destemplada. La somnolencia por una noche lacerante todavía se arrastraba en esos rostros surcados de amarga resignación. La vista caía en un punto indescifrable. Era el miércoles 12 de junio de 2002.
-¿Sos de llorar?
-Sí, mucho.
-¿Y cuándo lloraste más?
-Anoche, anoche. Yo soy un... Estoy destruido, pero destruido en serio...
Junto con Sorin, Crespo y el Piojo López, Juan Sebastián Verón estaba parado en un sitio infrecuente para él, en el andén de una pequeña estación de tren. En Hirono, en el profundo Japón, esperando la formación del SuperHitachi 137 que lo llevaría a Tokio para comenzar el agrio y prematuro regreso. Era el día después de la jornada más triste de toda su carrera. Algunas horas antes la Argentina había empatado 1 a 1 con Suecia, certificado de salida del equipo de Marcelo Bielsa de aquel Mundial de Corea-Japón. Los cuatro se subieron al vagón número 10, con destino a la estación Ueno, en la capital japonesa. "¿Un mensaje para la gente?? Y? decirles que me duele tanto o más de lo que les duele a ellos. Así que, bueno, no sé si pedir disculpas? sólo decir que entregamos todo y no se nos dio", eran las palabras que dejaba caer Verón. Ni se imaginaba que lo esperaba el calvario popular, la crucifixión. El traidor, el blanco de la desolación colectiva. Esa mecánica perversa que fabrica ídolos para después devorárselos.
Nunca se puso en víctima. Ni juró venganza. Incorporó en su discurso una diplomacia y una simpatía que no todos creen sincera. Regresó en 2006 a la Argentina y en la cancha, el cerebral vagacampista de Estudiantes comenzó la reconquista. Hundido en el sótano del destrato escaló hasta la reivindicación. Casi nadie reniega de su presencia en el Mundial de Sudáfrica. Su tercer Mundial después de jugar en 1998 y 2002. Su último Mundial. Incluso, ya adelantó que el paso por Sudáfrica significará la despedida de la selección. El recorrido irá de tres a siete partidos. Inexorablemente, los últimos. No los transitará con indiferencia: o se gana el bronce o se aviva el desprecio hiriente. ...l lo sabe.
Odia esa ambivalencia. Por eso -y por algunas razones más- comparte la habitación número 10 del HPC con Lionel Messi. Teme que los mismos que hoy alaban al crack de Barcelona le tiendan una soga para que se ahorque en el primer árbol si la cruzada no termina bien. Verón creció. Es líder en la cancha, referente en la intimidad. En el campo, por el peso natural de sus virtudes; afuera, porque la conformación generacional de este grupo exige que algunos ejerzan la conducción. Lo asume Verón. Lo asume Heinze.
Pese al paréntesis entre 2003 y 2007, con 70 partidos es el jugador con más roce en la selección de todo el plantel que late en Sudáfrica. En edad, sólo lo supera Martín Palermo. Después de que José Pekerman no lo tuviera en cuenta durante su ciclo, Alfio Basile lo reinsertó en el conjunto albiceleste para la Copa América de Venezuela. Y Maradona lo citó por primera vez para su bautismo oficial, ante Venezuela, por las eliminatorias. Desde entonces creció su protagonismo, y cuando el técnico decidió disolver el doble pivote entre Mascherano y Gago, la Bruja se terminó de consolidar. Mucho más luego de la renuncia de Juan Román Riquelme. La conducción recayó totalmente en él. "Verón es mi Xavi", repitió Maradona. La jerarquía de la Bruja no se discute, pero sí su fortaleza atlética a los 35 años. Su físico se lo recordará si debe jugar cada cinco días; en el máximo escenario, como en la final del Mundial de Clubes ante Barcelona, con Estudiantes, y en el amistoso de la selección contra Alemania, quedó a la vista. Cayeron muchas hojas del almanaque desde aquel debut con Passarella, en 1996, en Tucumán, con Polonia como amistoso examinador.
Verón es una bandera por múltiples razones. Por el costado mediático que nunca desatiende. Por un futuro dirigencial que ya anticipó. Porque es el representante de ese fútbol local que no suele tener espacio en la selección. Porque es talentoso, pícaro, ocurrente, sensible, altanero, transgresor. Imperfecto, carga con una buena dosis del argentino medio.
Contra Nigeria, después de 2842 días, Juan Sebastián Verón volverá a jugar una Copa del Mundo. De Miyagi al Ellis Park de Johannesburgo. Ni él lo hubiese imaginado hace un tiempo. Del derrumbe al amanecer, ocho años después. Fue la cara de la derrota, es la cara de la ilusión. El próximo sábado también será 12 de junio, pero ya nadie lo encontrará parado en un andén. Quizá se trate de la casualidad del destino, que se reservó otro gesto reparador. El último.
EL APORTE LOCAL DE CADA COPA
Seis jugadores del medio local citó Maradona. Ninguno con el protagonismo de Verón, claro. En 2006 estuvieron Abbondanzieri, Ustari y Palacio. En 2002, Gallardo y Claudio Husain. En 1998, Burgos, Cavallero, Astrada, Berti, Gallardo y Delgado. Y en 1994, 11, la mitad del plantel, entre ellos Maradona, por entonces jugador de Newell’s.
13 los partidos que compartieron Verón y Messi en la selección. Bajo el ciclo de Coco Basile fueron 6 (vs. EE.UU, 4-1, el primero, en la Copa América de 2007), y los 7 restantes con Diego Maradona como entrenador.
*Información provista por canchallena.com
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