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Notas
Los jugadores creen en ellos
El protagonismo que tuvo la mayoría en Europa inspira la confianza de los argentinos, esa que aún no ofrece la intervención táctica de Maradona.
PRETORIA.- El estado de ánimo puede hacer bueno a un jugador discreto y excelente a uno bueno. La confianza hace milagros sobre la determinación, y el ímpetu sobre el físico y la táctica. Ahí está hoy parada la selección argentina. Diego Maradona confía en la transmisión de los conceptos desde el estímulo emocional, desde una mística cocida puertas adentro. Desde la palabra contagiada con mayor fervor espiritual que rigor táctico. Cree más en el poder persuasivo de la sobremesa que en el pizarrón.
El plantel está convencido de que los espera una gran Copa del Mundo. ¿Por qué? Esencialmente, porque los jugadores creen en ellos. Últimamente hubo declaraciones decorativas, de compromiso, de cotillón. ¿Cuáles? "No somos ni candidatos ni favoritos. Los candidatos nunca ganan?, dejemos que siga siendo España", mencionaba Maradona unos días antes de viajar a Sudáfrica. Lionel Messi, en su primera aparición ante los medios en Pretoria, reforzó la idea de espiar desde atrás del gran telón: "Nosotros llegamos al Mundial calladitos, los candidatos son otros. Es mejor que se hable de España, de Brasil... Ellos llegan mejor que nosotros y son los favoritos". No es cierto. Piensan, sienten, que finalmente ha llegado el momento?
Martín Demichelis ayer rompió el protocolo y habló con la verdad interna: "Argentina no tiene sólo la obligación de hacer un buen partido contra Nigeria, sino de hacer un grandísimo Mundial. Y un grandísimo Mundial es llegar hasta la final". Nada de mirar para otro lado ni desentenderse de las candidaturas. Tanta esperanza habilitó renovadas dosis de franqueza: "Argentina está mejor que Nigeria, porque el entrenador de ellos todavía reniega con algunas posiciones que no tiene definidas. Eso significa que quizá no llegan tan bien como nosotros". No es usual escuchar estas declaraciones, cuando sí es habitual recoger voces precavidas, tonos cautelosos, palabras medidas.
Ahora, más allá de deseos o convicciones, ¿qué cambió entre ese equipo destartalado que penó para clasificarse al Mundial con este que íntimamente consigue mezclarse en el lote de los favoritos? Estructuralmente, poco. Casi nada. Después de la victoria en Montevideo, que recién aseguró el pasaje a Sudáfrica, la Argentina encadenó dos amistosos para cerrar el año. Para clausurar 2009, la peor temporada de las selecciones en décadas. Esos partidos ofrecieron dos nuevas bofetadas: dos derrotas, ambas en España, por 2 a 1 ante el conjunto de Vicente del Bosque, y por 4 a 2 ante el combinado de Catalunya, en la reinserción de Johan Cruyff como entrenador. Dos caídas que hundieron más a un equipo en plena crisis de identidad y resultados. Aturdido, aún, por aquellas bravuconadas ofensivas de Maradona en Uruguay que en los últimos días del año lo tenían al DT pagando la sanción de la FIFA.
Ya en el año de la Copa del Mundo, la Argentina disputó cinco amistosos y ganó los cinco. Pero a cuatro de ellos, Costa Rica, Jamaica, Haití y Canadá, conviene no incluirlos en un registro serio. La prueba con Alemania sí, aunque aquella propuesta rocosa y bastante avara que parecía haber seducido a Maradona tanto como para elevarla a la condición de plan A ahora ha vuelto a quedar postergada. No está mal que un entrenador cambie de opinión y opte por otra búsqueda, claro, en la medida en que por allí no se esté filtrando la fragilidad de su discurso.
Los jugadores son conscientes de todo. De todo. Como la funcionalidad en la cancha aún es una cuenta pendiente, la modificación determinante en ellos se esconde en el clima anímico. Y su confianza en alza obedece a la actualidad de la mayoría, al estado de forma individual. Creen en ellos. Profundamente, en ellos. Repasan el protagonismo que casi todos tuvieron en el desenlace de las ligas europeas, y además del formidable poder de gol envasado en Messi, Higuaín, Milito, Tevez y Agüero, también brillan los múltiples títulos que alzaron Demichelis, Samuel, Heinze y Di María. Y hasta Jonás Gutiérrez en la segunda inglesa. Y la vigencia de Verón. Uno por uno, en la antesala de al menos los últimos cuatro Mundiales, la Argentina no desembarcó con un arsenal más afilado y pirotécnico.
Diego Pozo, desde su papel complementario, resumió el puente del desasosiego a la presunción de esperanza. "Vos mirás a los jugadores que están en esta selección y todos salieron campeones en sus equipos. Sabemos que tenemos a los mejores jugadores de cada liga del mundo con nosotros". Y Demichelis agregó en la misma dirección: "Hubiese sido distinto si la mayoría de los 23 hubiera tenido una mala temporada en sus respectivos clubes, pero fue todo lo contrario. En todas las ligas hubo campeones argentinos, y hoy son integrantes de este plantel".
Cuando se escarba con los futbolistas sobre por qué ahora sí habría que ilusionarse, siempre, pero siempre, las opiniones ungen a Messi en salvador y, después, repasan el abanico de futbolistas desequilibrantes que indudablemente nutre este plantel. Nunca las menciones son para la identidad colectiva, la probada funcionalidad, el tramado táctico, la influyente intervención del entrenador? Días antes del debut en el Mundial de Corea-Japón, justamente consultado sobre las razones que por entonces sostenían el favoritismo de la Argentina, Verón respondió: "Nuestra arma secreta es Bielsa". No funcionó, se sabe que no existen fórmulas mágicas. Pero eso dimensiona el ascendente de un técnico dentro de un grupo.
¿Alcanzará con la capacidad creativa, con la inventiva individual? Casi exclusivamente, los jugadores creen en ellos y se refugian en esa certidumbre. Un equipo es un estado de ánimo, y a veces eso puede servir hasta para ser campeón.
Los jugadores son conscientes de todo. De todo. Como la funcionalidad en la cancha aún es una cuenta pendiente, la modificación determinante en ellos se esconde en el clima anímico. Y su confianza en alza obedece a la actualidad de la mayoría, al estado de forma individual. Creen en ellos. Profundamente, en ellos. Repasan el protagonismo que casi todos tuvieron en el desenlace de las ligas europeas, y además del formidable poder de gol envasado en Messi, Higuaín, Milito, Tevez y Agüero, también brillan los múltiples títulos que alzaron Demichelis, Samuel, Heinze y Di María. Y hasta Jonás Gutiérrez en la segunda inglesa. Y la vigencia de Verón. Uno por uno, en la antesala de al menos los últimos cuatro Mundiales, la Argentina no desembarcó con un arsenal más afilado y pirotécnico.
Diego Pozo, desde su papel complementario, resumió el puente del desasosiego a la presunción de esperanza. "Vos mirás a los jugadores que están en esta selección y todos salieron campeones en sus equipos. Sabemos que tenemos a los mejores jugadores de cada liga del mundo con nosotros". Y Demichelis agregó en la misma dirección: "Hubiese sido distinto si la mayoría de los 23 hubiera tenido una mala temporada en sus respectivos clubes, pero fue todo lo contrario. En todas las ligas hubo campeones argentinos, y hoy son integrantes de este plantel".
Cuando se escarba con los futbolistas sobre por qué ahora sí habría que ilusionarse, siempre, pero siempre, las opiniones ungen a Messi en salvador y, después, repasan el abanico de futbolistas desequilibrantes que indudablemente nutre este plantel. Nunca las menciones son para la identidad colectiva, la probada funcionalidad, el tramado táctico, la influyente intervención del entrenador? Días antes del debut en el Mundial de Corea-Japón, justamente consultado sobre las razones que por entonces sostenían el favoritismo de la Argentina, Verón respondió: "Nuestra arma secreta es Bielsa". No funcionó, se sabe que no existen fórmulas mágicas. Pero eso dimensiona el ascendente de un técnico dentro de un grupo.
¿Alcanzará con la capacidad creativa, con la inventiva individual? Casi exclusivamente, los jugadores creen en ellos y se refugian en esa certidumbre. Un equipo es un estado de ánimo, y a veces eso puede servir hasta para ser campeón.
*Información provista por canchallena.com
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