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Notas

El sanrafaelino de UNICEF que consiguió que miles de niños africanos vean el Mundial

Los chicos arman un mapa de la Haití devastada con GPS, construyen el mapeo de la delincuencia en Kenya, ven el Mundial en Zambia o cuentan cuán felices o infelices son sus vidas en Irak. El trabajo del mendocino - sanrafaelino Arturo Rómboli en Unicef.
Foto: MDZ
Foto: MDZ

Arturo Rómboli es mendocino, de San Rafael, al igual que su esposa. Aunque abocado a la problemática social es ingeniero de la UTN. Viven a 4 cuadras del Central Park, en Manhattan y todos los días asiste (“cada día con más entusiasmo que el anterior”) a cumplir con su trabajo en la sede mundial de Unicef.

Mientras él hace su caminito diario entre rascacielos, portando un café de Starbucks en una mano y en la otra uno de esos enormes bizcochos neoyorquinos, un niño en África disfruta de sus diseños para poder ver el mundial y una niña en Irak le cuenta al mundo sus sueños y fracasos a través de dispositivos tecnológicos creados por el equipo que Arturo integra.

Ahora es mediodía y estamos sentados en un bar, en la Tercera Avenida y 44, uno de los pocos que tienen asientos para calmar el ansia de una ciudad tan apurada. No hay café, sin embargo y nos conformamos entonces con unas Pepsi Diet. Arturo acaba de salir de su trabajo de todo el día en la oficina de la ONU para la Infancia y ya tiene ganas de contarnos qué es lo que hace.

“Básicamente –intenta resumir- buscamos utilizar los social media, Internet, los teléfonos celulares y la radio con ideas innovadoras para mejorar la calidad de vida de los niños en zonas alejadas”.

Pero el concepto de “básico” es diferente sentados allí que en África o Asia, los lugares en los que sus trabajos son puestos en práctica. “Hay sitios en donde no hay agua potable, pero hay una penetración del 98 por ciento de las redes de celulares; y a eso le tenemos que sacar provecho”, sostiene, entusiasmado, y enumera.


Así, con pantallas gigantes inflables los chicos de Zambia y Ruanda están viendo los partidos del mundial mediante el programa “World Cup and my Village”. “Se juntan entre 2 y 3 mil chicos con sus padres y es la oportunidad ideal para, entonces, organizarlos en torno a temas tan sensibles para sus vidas como el consumo de agua, la higiene o la seguridad”.

Allí los chicos son tentados a contar sus historias y a usar, para ello, la radio y la TV. No hay radio, TV ni Internet: pero la están construyendo juntos.

De esta manera, con la tecnología como coartada y la calidad de vida como objetivo, Arturo relata, entusiasmado, cómo están haciendo de la proliferación de celulares una herramienta más útil que de entretenimiento.

- ¿Es posible que esto se extienda en el mundo?

- Brasil ya levantó la mano y se está trabajando para promover este sistema en las favelas durante el Mundial de Fútbol de 2014.

- Usan celulares y tecnología…¿Esto es financiado por las compañías dedicadas a estos temas, como uno se imagina?

- Es financiado íntegramente por Unicef. Las aerolíneas colaboran en el transporte muchas veces.

Haití: mapeando en donde no quedó ni el mapa

“En Haití –cuenta- los chicos están reconstruyendo el mapa de las zonas devastadas mediante sistemas de GPS. Identifican dónde encontrar agua y usan Internet para orientarse en un lugar en donde no quedó ni el mapa después del terrible terremoto”.

Mientras esto ocurre y se da respuesta instantánea a cuestiones urgentes, Unicef aprovecha el envión para que los jóvenes trabajen en torno a la importancia de conocer el propio lugar en el que habitan.

“En Kenya –señala Arturo- en la villa más grande ese país, Kibera, las chicas están usando estos mismos dispositivos para diseñar un mapa que les permite saber en dónde son acosadas por delincuentes, dónde se han producido violaciones, pero también en qué sitios se encuentran ubicados hospitales o postas sanitarias y cuáles son las formas más seguras y rápidas para conseguir ayuda”.

“Cuando la gente es la que hace el mapa de las cosas –evalúa, con entusiasmo- también se da cuenta de lo que tiene y de lo que le falta, y trabaja por ello”.

La felicidad, a un byte de distancia

Escuchar a un niño sirve para conocer la otra verdad de las cosas. Dicen que “los niños no mienten”, pero es poco probable que los gobiernos y, en general, los adultos lo comprobemos porque pocas veces se les da la voz.

En el caso del trabajo del equipo que integra Arturo Rómboli en Unicef se les da la voz, un celular y sólo el empuje para que los chicos cuenten, a través de una herramienta especialmente diseñada, cómo les va en la vida en Irak.

“Allí estamos haciendo las encuestas de la felicidad”, cuenta, y parece –hay que decirlo- un poco superficial la idea, de primera mano. Pero se trata de una estrategia genial y en un “idioma”, llamémosle así al uso de la tecnología, que los niños manejan mejor que los grandes.

En realidad, lo que UNICEF les da es una trivia, un juego, mediante el cual terminan por contar sus puntos buenos y malos. Un nuevo mapeo, de esta manera, puede obtenerse para conocer a qué situaciones están sometidos los más chicos y hacia dónde deben encararse, entonces, las acciones que permitan proteger sus derechos.

Educación interactiva

Pero el entusiasmo del mendocino suelto en Nueva York no decae.

- ¿Y qué hacen donde no hay Internet…?

- Bueno, un millón de cosas. En donde la conexión no existe o bien es precaria, trabajamos con una plataformas interactivas que sirven como complemento a la educación. Soñamos con unir bajo esta idea a escuelas de África, Latinoamérica, Europa y Estados Unidos, trabajando en simultáneo, igualando para arriba sus conocimientos y haciendo posible que los chicos satisfagan en red sus necesidades básicas de agua, alimentación o tantas otras.

Podríamos estar hablando de su trabajo durante días enteros y, a juzgar por su capacidad, resulta más una antena que una propaladora. Escucha, mide reacciones y anota. Se le ocurren –allí, en ese insulso bar-sin-café- de Manhattan- cinco, diez ideas más que sueña aplicar en persona.

No lo duda: si tiene que instalarse en África o Asia él mismo lo hace; su mujer asiente. Se sienten útiles y lo son. Se saben mendocinos pero ya son, sin dudas, ciudadanos del mundo.