Presenta:

Notas

El reino de los zulúes

No todo son goles en el Mundial Sudáfrica 2010. Aquí, una interesante mirada sobra le cultura del Africa. Pequeñas historias en Mpophomeni, cuna de necesidades, leyendas y mucho más.
Mujer zulú, dueña de una cultura milenaria.
Mujer zulú, dueña de una cultura milenaria.

Por el camino de tierra reseca que sube la colina, Lidiwe camina a pasos cortos con un tacho de agua en equilibrio milagroso sobre un sombrero negro que le amortigua el peso. Le quedan dos kilómetros en cuesta hasta su casa, en la aldea rural que rodea el pueblito de Mpophomeni.





"Es para cocinar", cuenta, con la mirada clavada en el piso, como hacen las mujeres criadas en la cultura zulú tradicional cuando le hablan a un hombre que presumen mayor. Carga a su hijito en la espalda, anudado en una manta. Está enfermo: mañana es el día que pasa el "médico blanco" por la clínica local. Ahora lo cuida con la mezcla de hierbas que le dio su sangoma , uno de los sanadores que se anuncian con banderas de colores al costado de chocitas de adobe y paja. 

Corre un viento helado en las Midlands de KwaZulu-Natal, la tierra donde los descendientes de la estirpe guerrera del rey Shaka viven aferrados a su tradición, pero aquejados por penurias modernas. En este antiguo gueto -de 65.000 habitantes- el 44% está desocupado y uno de cada cinco tiene sida. 

A Mpophomeni se llega desde Durban por una ruta de primer mundo. Son 120 kilómetros de colinas que prenuncian los montes de Drakensberg. Apenas entrar en sus calles, de orden escalofriante como todos los barrios segregados creados durante el apartheid, se distingue un afiche del presidente Jacob Zuma destiñéndose al sol en la pared de un centro comunitario. 

"Es nuestro líder. Lo respetamos, aunque lo critiquen tanto por sus mujeres", dice, entre risas, el señor Nkabasi, que vive en la zona desde que lo trasladaron a la fuerza en 1964 desde Howick West, un suburbio de Pietermartizburg que el gobierno convirtió en zona blanca. 

"Aquí no va a encontrar gente con más de una esposa. Hay que tener dinero. Eso se lo puede permitir el iNkosi o el iNduna", explica Hoosen Adam, un guía que trabaja en un proyecto comunitario. El iNkosi es el jefe tribal que tiene control sobre el área, pero vive lejos. El iNduna es su asistente, un cargo no hereditario. Ambos responden al rey Zwelithini, que tiene su corte a 400 kilómetros. 

Por la calle se ve un anciano vestido de blanco con algo que parece una vuvuzela de metal. Es un predicador shembe , una combinación del catolicismo y el culto tribal a los ancestros que es mayoritaria en KwaZulu. Predican en templos al aire libre, marcados con piedras. La corneta ( izimbomu ) es un instrumento con el que llaman a los fieles y animan las bodas. Varios grupos shembe llegaron a pedir que se prohibieran las vuvuzelas por considerarlas una herejía. Fracasaron, claro. 

Se ven pocos rastros del Mundial en el polvoriento Mphopomeni. Algunos chicos pateando una pelota. O el sonido de los relatos que sale de las shebeen , las tabernas clandestinas que están por todos lados, como en cualquier township sudafricano. Funcionan camufladas en casas particulares y son centro de reunión obligado para ver el fútbol: muchas familias no tienen TV. "Oh... Messi, Messi", será la recepción obligada para un argentino que se sume ahí a la ronda de cervezas. 

Fuera del centro, aparecen las rondevelles, unas chozas circulares de techo de paja características de la época en que Shaka Zulu dominaba estas tierras. 

En una de ellas atiende Sipho Luthuli, un sangoma . Hay que sacarse los zapatos y agacharse para entrar en su "sala de consulta", donde llama a los espíritus para que lo ayuden a descubrir el mal de sus pacientes. Luce un umyeko , una peluca de cuentas de colores, por respeto a sus ancestros. Hierbas, velas y tónicos por todos lados. Huele a lavanda quemada. Explica sus funciones en zulú, un idioma musical, con su combinación de sílabas y chasquidos. Los pacientes van a pedir trabajo, que no los metan presos, que los cure del sida... "No tengo nada para eso. Puedo darles hierbas para sus heridas, pero tienen que ver al doctor blanco", dice, traductor por medio. Aclara que él no adivina el futuro. A sus espaldas se distingue la piel de una cabra que sacrificó para sus ancestros. 

A pocas cuadras termina el pueblo. Se ven huertas con gallinas saltando charcos. Años atrás esa frontera era un campo de batalla. En 1985, la multinacional Sarmcol echó a cientos de empleados del township y los reemplazó por peones rurales. Hubo luchas tribales que dejaron decenas de muertos. 

Eran épocas de violencia en KwaZulu entre los seguidores del ultraderechista Inkhata y el Congreso Nacional Africano, de Nelson Mandela. En la entrada del pueblo se recuerda la reconciliación, sellada en los 90. Un mural destaca el nombre del testigo de la paz: el mismísimo Zuma, entonces ministro provincial. 

Hace mucho que no lo ven por ahí. Pero su reafirmación de la cultura zulú lo hace querido entre su gente. "Llegan más turistas a interesarse por nosotros", dice Lidiwe, la mujer del agua en la cabeza. Al menos le permite ganarse un dinero extra con los shows de danzas tradicionales que hacen para los que se aventuran colina arriba. 


Las esposas del Presidente

Pocas cosas hicieron más notorio a Jacob Zuma que sus esposas. En enero, ya como presidente, se casó por quinta vez por el rito zulú. Fue con Tobeka Madiba, de 37 años. El tiene 68. Su primera mujer, Sisakele, cumplió 67. La segunda, Kate, se suicidó en 2000. La tercera, Nkosazana, le pidió el divorcio, pero es actual ministra de Desarrollo Social. Nompumelelo, de 34, es la más joven y la que le trajo un dolor de cabeza con la revelación de sus infidelidades. Zuma tiene 20 hijos, algunos con otras mujeres.


* Información provista por canchallena.com 
Copyright 2010, SA LA NACION