Notas
Un verdulero que da consejos
Gustavo Carbajal es un hombre simple, con una vida simple, pero es necesario aclarar que simple no significa fácil. Fue reconocido por un catedrático español, que lo distinguió como un maestro de la vida y alguien que transforma la calle en aula en la que se aprenden cosas profundas, y por eso fuimos hasta su verdulería de la calle Montecaseros y 25 de mayo a entrevistarlo.
Hoy tiene 56 años y una sabiduría que conmueve, impacta en la primera impresión. Su humildad, su generosa sonrisa y la profunda espiritualidad que transmite hasta en sus expresiones más elementales, llaman la atención de cualquiera.
De hecho, mientras realizábamos la entrevista, ninguna de las personas que pasó junto a nosotros y escuchó alguna de las palabras que Gustavo decía, siguió su camino sin girar la cabeza y mirar extrañados, como preguntándose quién era ése que decía tales cosas.
Siempre vivió en San Rafael, incluso en el mismo barrio en el que tiene su ya célebre verdulería. "Todo el barrio me conoce y de toda la vida. Esta propiedad la hizo mi abuelo", dice señalando por sobre su hombro izquierdo y sin girar la cabeza, para referirse a la "verdulería de los carteles".
Sin ningún tapujo y con total humildad, nos abre las puertas de su corazón y nos cuenta su historia de vida.
![]() |
- Tengo una historia de vida de fracasos. 47 años fueron fracasos, separaciones, alcohol, violencia, hasta que me separé y me fui a vivir a la finca solo y un día me quise quitar la vida con un alambre en un damasco y alguien me hablo y me dijo que había una salida, una esperanza
- ¿Ese alguien es una persona física o escuchaste una voz?
- De una iglesia Evangélica vinieron y me vieron mal. Empezaron a orar por mi, me ayudaron mucho, me enseñaron que había una salida. A mi me costaba porque me dijeron que tenía que cambiar y dije ‘ni loco’, pero al mes volví porque estaba muy mal y necesitaba ayuda. Yo creo que una de las cosas principales es que a veces el ser humano se tiene que dejar ayudar. Yo me dejé ayudar y salí. Dios me devolvió mi familia. Me casé con la mujer con la que viví un montón de años.
- ¿Es la única mujer que tuviste en tu vida?
- No, tuve otra esposa y me separé y está todo muy mal. Traté de arreglarme pero no hubo diálogo. Espero que algún día me perdone.
- Recuperaste tu familia y empezaste una vida nueva.
- Sí, a partir de los 47 años empecé a ver que había otra forma de vivir. Que no todo era vender papas, que no todo era joda y que podía recuperarme. Pensaba que podía haber un milagro. Le dije a Dios ‘si yo veo un milagro dentro de una semana sigo. Mirame a mí, todavía con pretensiones, y a la semana Dios me mostró un milagro: ya podía charlar con mi mujer, cosa que antes era imposible. Yo pensaba que los demás eran los culpables, no yo. Y de hecho una vez escribí en el cartel ‘¿no seré yo el culpable?’
- ¿Esas frases que escribís, las tomás de las Escrituras, de la Biblia o se te ocurren a vos? 
- La mayoría son de la Biblia pero yo les cambio algunas palabras, porque a veces no puedo ponerlo como sale allí, porque sino no se entendería. Es mejor poner ‘Jesús te ama’. Hay que poner cosas simples
Una vez puse el proverbio ‘mejor un té en paz que un lechón con discordia’.
La mayoría son citas bíblicas, aunque también escribo sobre las cosas que me pasan a mí. Estas son palabras perfumadas - dice acercándonos el tarro con el que pinta sus frases -. Es un talquito con un perfume muy rico, lo rebajo con agua y con eso pinto como si fuera tiza.
- ¿Sos de ayunar?
- Sí. Uno come para el cuerpo y ayuna para lo espiritual. No siempre, pero por ahí tengo una prueba o una lucha, como todo el mundo, o estoy triste y entonces oro y ayuno.
- ¿Cómo es el ayuno, qué haces durante ese tiempo?
- Un día o medio día sin comer. Es algo para Dios, porque Él no quiere plata, pero tampoco quiere sacrificio, ya que no sirve sólo eso. Ya Jesús pagó por nosotros y ahora Dios quiere que disfrutemos de la vida. Clavados en la cruz están todos nuestros pecados y nuestras fallas.
- Vos que viviste la vida de los excesos, de la diversión, del desborde, la locura, la violencia y el alcohol, y también estás viviendo ahora la vida de la corrección, ¿cuál de las dos es más fácil?
- ¡Ésta, no lo dudes! Hay un secreto: para quien cumple las leyes no hay ley. Es decir, no hay ley para mí, porque las cumplo. Pago los impuestos, pago el seguro, no paso el semáforo en rojo, no robo, no redondeo, no meto una mandarina podrida en una bolsa de un cliente, no miento, no engaño, ni siquiera ando en contramano en bicicleta. Los pícaros son los que peor terminan, pero las leyes están hechas para los que transgreden.
Yo creía que la mentira era normal, porque todos mis amigos tenían dos mujeres. Pero un día alguien me dijo ‘M´hijo, esto no es así...’.
![]() |
- Yo creo que todas las religiones tiene una verdad. Ellos no te van a enseñar a robar o a mentir o a engañar a una mujer. Hay cosas muy buenas, pero hay otras cosas en las que se han quedado muy en el tiempo.
Yo fui invitado a esa conferencia que dio Miguel Ángel Santos Guerra y hablaba que desde la escuela se han quedado también un poco atrás y los tiempos corren y hay que actualizarse. He escuchado cada barbaridad, ‘que hay gente que está endemoniada, que no te juntes con ellos porque vas a la perdición’, pero Jesús se juntaba con todos y yo también me junto con todos, porque si no se hubieran juntado conmigo, no me hubiera salvado. Es que a veces nos ponemos en el lugar de Dios y nos creemos con autoridad como para juzgar, y eso es un error. Lo único que p odemos hacer sin equivocarnos es dar amor, sin mirar a quién.
A mi me hizo muy bien, me sané y me dieron el alta, por eso estoy en la calle. Si yo soy un monje tibetano encerrado no puedo ayudar a nadie, por eso salgo y escribo mis carteles, porque estoy seguro que hay mucha gente que necesita leerlos.
- ¿Cómo te sentiste en la conferencia?
- ¡Espectacular! Yo no me merezco tantos halagos, que vos estés conmigo acá perdiendo el tiempo. No me lo merezco, porque yo soy un pecador más, pero es bueno porque te gusta y querés seguir haciendo cosas, y más grandes. Justamente eso me inspiró una frase:" La vanidad te hace volar y te lleva muy arriba, pero no te da paracaídas".
Me gusta predicar, decirle a la gente que hay otro camino. Tengo 56 años y tengo muchos sueños y proyectos. No sólo con mi familia, sino algún día hacer un secadero, un aserradero y ayudar a mucha gente. Me gustaría tener un comedor, porque Dios te da para todo eso, sólo tenés que pedirlo y saber escuchar la respuesta.
La vida no tiene que ser vacía porque así no tiene sentido. Ese vacío se llena ayudando a otros y sin interés. Yo siempre laburé, de chico y le prometí a Dios que voy a laburar siempre, no quiero nada. Me gusta la fama y me agradan estas cosas, tu entrevista, pero yo sólo hago mis cosas, lo que me toca, la gloria es del Señor.
Gustavo sigue su charla con nosotros, pero nos pide que apaguemos el grabador, "porque me pongo nervioso", nos confiesa. "Es que no quiero herir ni molestar a nadie, y por ahí digo cosas que pueden herir a alguien y no me gustaría hacerlo".
Nos cuenta que los milagros son cosa cotidiana para él, y que ya prácticamente no lo asombran. "No hace falta que se abra la tierra y salga de abajo un ejército de ángeles para ver un milagro, a veces una simple sonrisa es un milagro, el perdón es milagroso", dice con naturalidad.
Sus anécdotas son innumerables y disfruta contándolas: "una vez pasó una señora a la que le acababan de extirpar un pecho y entró llorando en la verdulería contándome que estaba pensando en suicidarse y cuando leyó el cartel que teníamos ese día, comprendió que la vida es una maravilla y que está para disfrutarla. Y ni siquiera me acuerdo lo que decía aquél cartel", confiesa haciendo un esfuerzo de memoria.
También cuenta que en otra oportunidad pasó una señora y le preguntó con desagrado: "¿Usted escribe esas tonterías? Me parecen ridículas", y Gustavo sin inmutarse le dijo: "¿Sabe que pasa señora? es que esos carteles no son para Usted, son para quien quiere leerlos y aprender, nada más. No tiene por qué molestarse". Dice que la mujer se quedó un instante mirando el piso y se fue sin decir nada.
Gustavo Carbajal, un verdulero que da consejos... sólo para quien quiere aprovecharlos.

