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Notas

La fuerza de las balas y el esfuerzo para frenarlas

La experiencia de personas y organizaciones de los cinco continentes que batallan contra el imperio de las armas que matan a medio millón de mujeres, niños y hombres, cada año en todo el planeta.

Un editor de MDZ hablará este martes en las Naciones Unidas, diez años después de que se comenzara a hablar de "control de las armas y desarme" en la Argentina y en el mundo. La experiencia de personas y organizaciones de los cinco continentes que batallan contra el imperio de las armas que matan a medio millón de mujeres, niños y hombres, casi siempre jóvenes, cada año en todo el planeta

De un lado y del otro de una bala hay mucho para ser dicho. Desde el costado de quien la consigue y la usa, por y para lo que fuere, hay una cantidad de argumentos que cree suficientes que los dispara a la misma vez en que gatilla su arma.

Pero nada es tan fuerte y peor: tan definitivo, como estar del otro lado de esa bala. Con tan solo un impulso, mata. Con un solo agujero en el cuerpo de un ser vivo, ingresa y explota o rebota; siempre daña y lesiona. La mayoría de las veces, por ese mismo agujero en que entró, además, se escapa la vida presente y pasada de una persona y se extingue todo su futuro.

Historias terribles sobre los porqués que hay de uno y otro lado de las balas cuentan personas que las llevan a cuestas y que han sobrevivido para contarlo. Decenas de dirigentes de organizaciones sociales llegaron desde los cinco continentes a Nueva York y aquí, con la Conferencia Bienal de Estados de las Naciones Unidas (ONU) sobre Armas de Fuego (armas “pequeñas y ligeras” según la terminología técnica), relevan su tarea y juntan fuerzas para acabar con la violencia armada.

Son parte de la Red Mundial contra las Armas (IANSA, la International Action Network on Small Arms) que reúne en todo el planeta a otras 2 mil entidades como las reunidas en Nueva York.

Quieren hacer oír su voz y, de hecho, lo están haciendo: primero, se escuchan entre ellas; luego, lo harán en la reunión de Estados que comienza este lunes en la ONU.

Así, Martha, quien llegó desde Chiapas, México tiene con Richard, de Uganda poco en común con el idioma, pero un factor común: las balas tienen la misma fuerza allá que aquí y, en ambos lados del mundo, matan a la gente, retrasan el desarrollo, dejan a familias completas sumidas en la violencia y, más de allá de la sensación de inseguridad, sufren mutilaciones, pierden o no consiguen trabajo. En definitiva, los une el espanto y la misma lucha de la que son parte desde diferentes organizaciones.

También lo son Alex, un sobreviviente de la violencia armada que llegó en su silla d eruedas desde Guatemala y Kokú, de Togo, Vivianne, de Congo, los jóvenes activistas que hace dos semanas vieron morir a otros 79 en Kingston, Jamaica. Tienen cosas en común aquí personas de orígenes tan difíciles como Yemen, Australia, Estados Unidos, Serbia, Filipinas, Argentina, El Líbano y tantas otras naciones representadas por quienes luchan contra la muerte que produce la proliferación de armas.

Este domingo, tuvieron el primer encuentro. Pero las actividades de las organizaciones van más allá de lo que pase en nueva York. Podría interpretarse que el dolor urgente hace que desconfíen de los tiempos de la diplomacia, pero creen profundamente en su ingerencia para racionalizar el mundo, controlar la compra y venta de armas, poner nuevas reglas internacionales y, hacia adentro de sus países, reunir fuerzas, convicción y confianza para limitar los efectos de las armas y las balas sobre la vida, pero también para demoler la pared que conforman y que limita las posibilidades de expandir la salud, la educación, la economía: el desarrollo.