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Notas
Un buen médico: el amor hecho ciencia
El Doctor José “Pepe” Alsinet es un de los médicos de la “vieja escuela”. Fue presidente del Círculo Médico y a sus 74 años aún recibe pacientes en el consultorio porque según dice, “yo nunca podría dejar de ir a ver a un chico que me necesitara”.
El Día del Médico, en América, fue decretado en el Congreso Médico reunido en Dallas (Texas) en 1933, en homenaje al nacimiento del doctor Juan Carlos Finlay, médico investigador, nacido en Puerto Príncipe (Cuba) un 3 de diciembre de 1833.
Curiosamente un 3 de diciembre, pero en 1967, el médico sudafricano Christian Barnard realizó el primer transplante de corazón humano en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, haciendo un avance notable en la medicina moderna.
San Rafael tiene médicos irreemplazables, tal es el caso de “Pepe” Alsinet, pediatra amigo entrañable de otro grande ya fallecido, el Dr. Sticca. El Dr. Alsinet sigue abriendo el consultorio por su amor a la profesión, a los niños, a ayudar. Miles de pacientes alguna vez pisaron su consultorio y hoy lo saludan con afecto por la calle. Pero ese reconocimiento se debe ante todo, al respeto y la ética con el paciente.
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Nací en Rama Caída, a los 3 años me fui a vivir a la calle Los Sauces casi esquina Ballofet. Estudiaba y trabajaba en una finca. He limpiado acequias y estuve en la cosecha. Estudié en la escuela Villa Frida (hoy Faustino Picallo). Después en la 25 de mayo y la Manuel I. Molina. Después me fui a vivir a Córdoba para estudiar y también trabajar.
¿Por qué estudio medicina y pediatría?
Por una situación de amor al que sufre. Y me dediqué especialmente a la pediatría porque si hay dos cosas en el mundo que se dedican a eso, son el médico pediatra y el maestro con el que conjugo totalmente los principios de protección, de enseñanza y de proyección. Una niñez sin salud y educación es imposible que tenga futuro, ni para el que la sufre ni para la sociedad.
¿Hace cuántos años comenzó en la medicina?
Comencé a estudiar en 1955 en la Universidad de Córdoba, después vino la revolución y me tocó el servicio militar. El reingreso a la universidad me hizo perder tres años. Me recibí de médico y después hice una residencia en clínica médica y después pasé a pediatría en la Universidad Católica de Córdoba. Si bien soy cirujano, me especialicé en clínica porque es la parte que me gusta: el contacto directo, el diálogo, la prevención de males que muchas veces las propias familias no saben que se los están haciendo al niño. Uno puede ser muy útil en ese aspecto. La cirugía no me atrae, esa vivencia de “abrir” de “sangrar” a pesar de que uno está preparado. Hay un atropello que no me gusta.
Las profesiones se han deshumanizado, “pasa rápido y que pase el siguiente”, “pase rápido y que pase el siguiente”… uno está estructurado en otra forma de pensar, en otra filosofía. Es una profesión que realmente a mi me llena de satisfacción, de alegría. Jamás he sabido decir “no”, ni en feriados, ni en la noche. A mis 74 años, me preguntan “¿todavía está trabajando?” Trabajo porque no escuché el tango “Cambalache” que señala que acá para progresar hay que meter la mano, “el que no afana es un gil”. Desgraciadamente para nuestros hijos y nuestros nietos el futuro es bastante difícil.
¿Cómo se enfrentó a ese “Cambalache”?
No aceptándolo, rechazándolo y haciendo las cosas con amor al prójimo. Tuve la suerte de tener profesores como don Ángel Segura o al Dr. Gianantonio (se refiere Carlos Gianantonio, maestro de la pediatría argentina, bisagra en la medicina nacional. Fue el inspirador y responsable directo de las residencias pediátricas en nuestro país, siendo el organizador y 1º jefe de residentes en el Hospital de Niños de Bs. As. "Ricardo Gutiérrez" en 1958). Cuando murió Gianantonio le escribieron una despedida en la que decía que “no murió, sino que viajó al cielo porque Dios tenía un enfermo y necesitaba una interconsulta”. Habiendo trabajado con esa gente no se puede aprender otra cosa que hacer las cosas con amor y más amor.
¿Cómo hizo para adaptar la medicina que usted aprendió en 1955 a los cambios tecnológicos?
Es la actualización que uno va adquiriendo paulatinamente a diario. Por lo que uno ve, por lo que enseñan los grandes profesores y la lectura cada día más profunda de informática. Es una tecnología que realmente si hay responsabilidad uno puede vivir perfectamente actualizado y tener aquel razonamiento de que “yo también me puedo equivocar”. El que piensa que no se equivoca jamás, ya se está equivocando. Hay que saber preguntar y consultar.
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¿Tuvo colegas en San Rafael con los que compartió esa filosofía?
Con el Dr. Sticca éramos como hermanos, nos formamos con las mismas personas, con la misma escuela. Hemos conformado acá con el Dr. Larregle, Alonso Cruz, Bielli, un grupo profesional bastante interesante. Afortunadamente tengo tres hijos y el más chico es médico cirujano y trabajaba en Buenos Aires y ahora está de Jefe de residentes en Mendoza. Tengo un yerno que también es médico, es pediatra.
¿Dónde trabajó?
Estuve en Córdoba un año y medio. Después llegué, me inscribí en el hospital Schestakow y trabajé 8 años allí ad honorem, el Dr. Sticca estuvo 10. Trabajé en Gouge, en Monte Comán, en Las Malvinas, en la Isla del Río Diamante hice una sala de primeros auxilios. Me preguntaban “por qué me metía en esas cosas” y uno se mete porque nací en el campo y viví las impurezas que se viven así que me apasionaba ir a dar una mano.
En una época atendí donde estaba el sanatorio centra en la calle Buenos Aires, después puse un consultorio en la calle Córdoba con mi cuñado y la Dra. Ortiz. Cuando se creó la Policlínica me fui con ella para allá. Desde hace unos 5 años estoy acá (San Lorenzo 165). Tuve una serie de problemas, patologías que me disminuyeron la actividad. Tuve un transplante hecho por el Dr. Claudio Burgos a corazón. Nací de nuevo. Me sacaron el corazón, le cambiaron todas las arterias y lo colocaron de vuelta. Acá estoy.
¿Cómo ve la medicina en el país?
Hay grandes y espectaculares avances pero hay cierto ego en los profesionales que a veces creen que se las saben todas, que no necesitan nada. No está en todos pero hay una expectativa que es insuficiente y más con el mundo que estamos viviendo, con toxicidad ambiental, de factores de riesgo. Antes uno comía un pollo y tenía gusto a pollo. Ahora son hormonas. Eso pasa también en las verduras y frutas.
¿Y en cuanto a inversión, a sueldos?
En lo que hace a inversiones… antes se decía “tenés que estudiar si no vas a tener que trabajar y vas a pasar hambre”. Ahora la parte de sueldos es una baratija. Estaba escuchando la cantidad de profesionales en Buenos Aires que tienen hasta 13 años de contratados, y no tienen futuro. Los sueldos si no se es diputado o senador… la medicina y la educación no son bien pagas. Y para colmo están sobre saturadas. San Rafael tiene el doble de los médicos que realmente necesitarían. Este año se inscribieron 15 nuevos médicos en San Rafael, es un número enorme.
¿Conoció al Dr. René Favaloro?
Sí. Vino a Mendoza para hacer unas inversiones, por unos negocios. Yo era presidente del Círculo Médico y al enterarme que venía lo trajimos a San Rafael para compartir con él. Estuvimos en El Nihuil, entramos a pescar y sacó una hermosa trucha. Era un tipo espectacular.
¿Recuerda algún caso dentro de los pacientes que atendió que le llamara la atención, una anécdota?
Recuerdo dos: una vez atendí un chico recién nacido, de 14 días, que nació en un puesto en la cordillera, y que el parto lo atendió el padre del niño. Era un puestero arcaico, que como no sabía cortar el cordón umbilical, lo cortó con la tijera de esquilar. Ese niño hizo un tétanos a los 14 días, lo trajeron, lo traté y se salvó de milagro.
Lo otro que me acuerdo es que una noche estaba con mi esposa en un supermercados y pasa una mujer por al lado mío y no me saludó. Yo la reconocí, la agarré del hombro, la paré y le dije “¿usted se ha olvidado de mí?” Y ella me contestó “¿cómo puede ser que no me haya dado cuenta? Qué memoria que tiene usted, reconocerme con la cantidad de gente que usted ve”.
En realidad olvidarme de ella es imposible, porque cuando la hija de esa mujer tenía 1 año de edad y cerca de 40 grados de fiebre, vino a verme y yo le di unas gotas para bajársela. A la hora volvió al consultorio diciéndome “Doctor es imposible bajarle la fiebre porque vomita las gotas”. Entonces le receté un supositorio. La mujer se fue y volvió a la hora y media y me dijo “¡Doctor es más difícil que trague el supositorio que las gotas! ¿Qué puedo hacer con la nena?” (risas).
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Jose Alsinet, junto a su esposa.
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¿Cómo se conforma su familia?
Estoy casado desde 1968. Tengo tres hijos, una es Profesora de Gimnasia, la otra es Licenciada en Acción Social. Tengo 4 nietos.
¿Su familia siempre aceptó su profesión, su amor por atener el teléfono a cualquier hora?
Sí, realmente el apoyo de mi esposa ha sido verdaderamente espectacular porque ha aguantado que le diera a otros lo que no le pude dar a ellos porque no podía estar en los dos lugares.
¿Cómo le gustaría que lo recordaran?
Sé que me van a recordar con cariño, con amor, con respeto. Mis hijos le enseñan a mis nietos un amor escalofriante hacia mí. Viven más en mi casa que en la suya.
¿Es feliz?
Sí. Me considero feliz y realizado porque al final del trayecto cumplí los principios que mi padre me enseñó desde que nací: amor al prójimo, hacer las cosas con honor, con sensatez y no con picardía. Me hace feliz y el hecho de tener una familia que me ha respondido a mis principios y a mi forma de ser. He llegado a la vejez en un clima de felicidad.
El Doctor Alsinet da la mano al despedirse y señala que una vez le dijeron “hasta luego, señor” pidiéndole luego disculpas por decirle “señor” y no “doctor”. A lo que él le contestó a su interlocutor “es mucho más difícil ser señor que doctor”. Como médico lo resume todo en una frase propia: “dale a tu paciente lo que le darías a tu hijo”.
Esta es la filosofía de un hombre que, como tantos otros, ayudaron y ayudan al futuro del país: los niños. Desde Mediamza.com quisimos agasajar a los médicos en su día tomando como ejemplo a uno que seguramente quedará grabado en el recuerdo por su profesionalismo sin dejar el afecto. Miles lo recordarán porque alguna vez Pepe les dijo “abrí la boca y decí ‘aaaaaaaaa’”.