ver más

Notas

10 tips: Por qué la reflexión de Jaque parece parálisis

Mientras llega el esperado recambio de gabinete, ofrecemos aquí un puñado de fundamentos que explican las constantes dudas y dilaciones de Jaque.

Muchas son las explicaciones para el atormentado silencio en que el gobierno provincial se ha recluido después del 28 de junio. Sin embargo, la catástrofe electoral no explica todo, ya que nunca una derrota, por fiera que esta sea, puede sumir en la quietud y el mutismo que ya lleva casi dos semanas, y en el que Celso Jaque parece incluso regodearse.

El asunto en cuestión remite a considerar si es cierto que cuando un gobierno pierde una elección debe, necesariamente, introducir cambios; o, como la sociedad en pleno reclama y espera, una renovación de gabinete. Esta apreciación, que no responde a ninguna ley, sí hace referencia a una elemental concepción de la política. Toda elección, es indefectiblemente un plebiscito: el ciudadano opta por apoyar al oficialismo, o decide votar a la oposición. Si esto sucede, tal el caso de la última elección, se espera que quien pierda tenga un gesto de reconocimiento no hacia los vencedores, sino hacia la opinión del “soberano”.

No es que Jaque no entienda algo tan simple, sino que –entre otros aspectos- su debilitada construcción política le impide hoy por hoy, responder con algún grado de eficacia a tal desafío. Esto en sí mismo es tal vez, el mayor obstáculo de un gobierno enredado en su lógica endogámica, sólo apareado con las corporaciones que le prometieron cobertura social y definitivamente divorciado del favor popular.

En ese escenario denominado “período de reflexión”, Jaque ha pasado quince días intentando conciliar una catarata de intereses diversos que pueden resumirse a su vez en una multiplicidad de actores que a cada paso están reclamando acciones que simultáneamente, otros protagonistas también reclaman aunque en sentido inverso. Veamos algunas de las taras que tiene Jaque, que no puede resolver y que lo hacen aparecer como inmutable tras el shock electoral.

1) Su propia indefinición. Jaque nunca se animó a romper moldes y a ser el gobernador que prometió en la campaña. Ya casi ha consumido la mitad de su mandato y esa impronta de hombre de tesón y esfuerzo que construyó desde Malargüe parece haber desaparecido ante su prejuicioso vínculo con la sociedad. Cuando debió poner carácter, puso sobreactuación; cuando debió ejercer la compresión, de él no salió más que obsecuencia, especialmente, en su relación con el gobierno nacional. Sus demoras en resolver estos cambios de gabinete, no hacen más que alimentar la imagen de un gobierno débil, acomplejado y timorato.

2) La medianía de su gabinete. Por diversas razones, Jaque nunca contó con un seleccionado de estrellas. Por el contrario, se nutrió de un combinado de políticos de peso y técnicos inexpertos. Muchos de ellos demostraron, a poco de andar, que las responsabilidades asignadas excedían sus capacidades. Ni siquiera así, se produjo a tiempo una renovación de gabinete que hubiera evitado desgastes innecesarios y que tal vez hubiera establecido una relación más aceitada con los mendocinos. Los ministros que salgan de la gestión hoy ya no tienen casi ningún poder, y los que puedan llegar en su reemplazo, lo harán a una administración sin crédito.

3) Las exigencias de una sociedad cansada. Jaque nunca pudo superar las expectativas por él mismo generadas. No evaluó que aquellas promesas incumplidas fueran a ser tan severamente sancionadas. Primero, con la bronca popular y el descrédito de su gestión. Luego, con una derrota electoral más que contundente, que paralizó a su gobierno, desorientó a sus referentes y puso en crisis al PJ. El ciudadano común ya no tiene esperanzas en un relanzamiento, ni en salvadores para este gobierno: cree que casi todo seguirá más o menos igual.

4) La interna interminable. Los azules, la multiplicidad de visiones de los intendentes, el kirchnerismo, los legisladores, las excentricidades de su vicegobernador y también de algunos funcionarios, no han hecho más que mellar constantemente las bases de un gobierno que siempre encontró algún escollo ahí donde se suponía que debía haber algún aliado. Tras la derrota, este frente está más complicado que nunca, con acusaciones cruzadas y críticas diversas. Seguramente, y de cara a los anuncios que prepara el gobernador, puertas adentro muy pocos queden satisfechos con los cambios.

5) La indocilidad del peronismo. El PJ nunca fue durante este año y medio el partido de gobierno. No se calzó ese traje y cuando apareció con esas ropas, lo hizo sin convicción, tal vez porque la lógica partidaria nunca encajó con la impronta de la gestión. Desde su propio partido le llueven a Jaque críticas más o menos públicas, y hasta hay quien recuerda que al hoy gobernador “lo dejaron pasar” en la convicción de que el peronismo iba a perder las elecciones del 2007 ante el candidato de Cobos. Por otra parte, la dirigencia partidaria no ve en él a un líder, por lo que su ascendiente sobre la conducción sufre con cada iniciativa oficial. A esa lógica policromática, Jaque nunca dio respuestas y tampoco intentó encolumnarla detrás de su figura.

6) Su acotado marco de alianzas. Jaque fue siempre, casi exclusivamente, el PJ y otros núcleos conservadores menores: entre ellos, la Iglesia que aportó recursos humanos para el ministerio de Desarrollo Humano, Familia y Comunidad; aunque paralelamente también avaló la designación directora general de Escuelas. Por otra parte, su inicial sociedad con el PD naufragó a poco de andar en el ministerio de Seguridad, y el gobierno nacional sólo lo bancó a la hora de las promesas cuando quiso mellar las posibilidades de Julio Cobos. Más allá de eso, ni las organizaciones sociales, ni los gremios estatales o de trabajadores privados (excepto los autodefinidos como peronistas), ni los sectores productivos, industriales o empresarios –salvo puntuales excepciones- se han sentido representados por este gobierno. No tienen porqué creer que ahora lo estarán, por más que se convoque a figuras afines a sus intereses.

7) Las veleidades de algunos funcionarios. Lejos de comprender el rol de funcionarios públicos, muchos de los colaboradores de Jaque no han hecho más que desplegar un patético catálogo de torpezas. A algunos les ganó la soberbia y la imprudencia; cuando no, la picardía, pero no para ponerla al servicio de la eficiencia pública, sino del mínimo provecho. Otros, se convirtieron en cancerberos de intereses particularísimos que el propio Jaque parece no advertir o compartir. Algunos más, piensan en su propio futuro político antes que en la suerte de la gestión. Todo ello, aunque no lo parezca, se nota y le quita compactación y homogeneidad al gobierno.

8) La implacable acción de la oposición. Durante todo este tiempo, Jaque ha tenido una constante marca personal. El ímpetu del cobismo derrotado en 2007 se volcó con toda su fuerza en el accionar legislativo. Más allá de eso, el gobierno nunca enfrentó esa muralla con fuerza y decisión. Por el contrario, evitó las requisitorias, se negó a dar explicaciones y hasta desoyó algunas advertencias. No se puede ningunear y desmerecer a la oposición, y –al mismo tiempo- buscar acuerdos y diálogo. Algunos de los ministros hoy cuestionados, como Mario Adaro, hicieron de esto un estilo, mientras se olvidaban de gestionar.

9) Los que les escapan al bulto. Desde el inicio, el gobierno padeció una ola de rechazos. Muchos de los convocados –aún antes de que Jaque asumiera- declinaron el ofrecimiento de integrar el gabinete o sumarse como subsecretarios o directores. Los bajos salarios y la alta exposición fueron los argumentos principales, aunque también hay una lectura política en el costo social que prestigiosos dirigentes (muchos de ellos con larga militancia en el PJ) se negaron a pagar junto a este gobierno. Esto no ha cambiado e incluso se ha profundizado con el tiempo, lo que dificulta aún más conseguir cuadros capaces de enfrentar el desafío ser parte del jaquismo.

10) Su extremado celo político. Quienes frecuentan el círculo íntimo del gobernador lo describen como una persona desconfiada. Creen que muchas de las situaciones que aparecen como “indefiniciones” se deben –pura y exclusivamente- a  su predisposición a moverse en un círculo cerrado. Allí, en ese núcleo de colaboradores se cocinan todas las grandes decisiones que excluyen las razones técnicas o las necesidades políticas. Sólo entran las urgencias previstas, definidas y priorizadas por la mesa chica que incluye principalmente a Raúl Perruco Leiva y a Alejandro Cazabán. Esta es una de las grandes objeciones que el PJ (y también la oposición) le marca, pero –como ha quedado demostrado- el gobernador no está dispuesto a modificar. Aunque ahí se vaya el resto de su caudal político.

En esta instancia, lo que se pone a prueba es la capacidad de Jaque como articulador y como constructor de un nuevo marco de alianzas y poderes que le permita seguir ejerciendo el gobierno. De allí lo arduo de la tarea, y también lo delicado de su comunicación, pues en esa faena también se juega la posibilidad de recomponer (aunque sea mínimamente) la relación con la sociedad.

Sin embargo, es poco probable que con sus decisiones (o con un nuevo gabinete) pueda reconstruir la imagen de un gobierno cansado de dar explicaciones de lo que no hace o de lo que debería hacer y sólo atina a “evaluar”.

Las pasadas elecciones fueron una oportunidad inigualable de torcer en serio el rumbo de la historia, de desprenderse de los funcionarios que no han estado a la altura de las circunstancias, de los aliados que no han hecho más que convertirse en salvavidas de plomo y de una impronta que significa correr siempre a la realidad desde atrás.

Lejos de eso, la “reflexión” de Jaque apuntó a conciliar muchos de los aspectos antes citados, aún a riesgo de mostrar otra vez una imagen cercana a la falta de respuesta y a la dilación. Una pesada carga que ningún gabinete de primeras figuras podrá revertir a menos que su conductor asuma en toda su dimensión, la implicancia de sus atribuciones y el peso de sus responsabilidades.