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Notas

Los buenos mueren

El relato de algunos hechos que sirven para demostrar qué tipo de funcionario público fue Enrique Carubín, el médico que murió el jueves y que hace sólo unas semanas renunció como director del Hospital Lencinas por no estar de acuerdo con las autoridades de Salud.
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Es curioso que, repasando los avisos fúnebres de diario Los Andes, entre el viernes y el sábado se publicó casi una página tamaño sábana con diferentes mensajes para el médico Enrique Carubín. Todos lo homenajearon y lo recordaron como un excelente profesional, un gran compañero y una de esas personas que dejan huella cuando se van. Lo curioso, precisamente, es que ninguno de esos avisos haya sido puesto por el Gobierno de Mendoza; porque más allá de los contrapuntos que el ex director del hospital Lencinas tuvo con el ministro de Salud Sergio Saracco, no se puede desconocer que hasta hace apenas unas semanas, Carubín comandó de manera destacada uno de los principales centros de salud que tiene la provincia.

Hay situaciones, pequeñas vivencias, que dejan al descubierto la esencia de una persona. El siguiente es un breve relato sobre cómo actuaba Enrique Carubín cuando era funcionario público y que, dadas las críticas hechas por Saracco luego de que renunciara, vale la pena recordar.

Situación 1
Una tarde de abril de este año, un rumor indicaba que se había confirmado un caso de dengue autóctono en nuestra provincia. El primer llamado de rigor para confirmar esta versión fue hecho al celular de Saracco. No atendió. El segundo fue hecho a la encargada de prensa y comunicación, María Eugenia Pujal. No atendió. El tercero fue hecho a Carubín. Tampoco atendió, pero… sólo dos minutos después devolvió el llamado, pidió disculpas por no atender el otro celular (“es que me anda mal y no escucho nada”), desmintió que el citado caso de dengue existiera y aclaró que, de surgir algo así, él mismo se encargaría de informarnos para, de ese modo, establecer rápidamente pautas de prevención.

Situación 2
Madrugada de mayo, aproximadamente a la una de la mañana. Dos mendocinos que provenían de Chile presentaron síntomas compatibles con los de la Gripe A. A pesar de la hora, era necesario chequear todos y cada uno de los datos que surgían. Se hicieron en ese momento tres llamados de rigor. El primero fue hecho al celular de Saracco. No atendió. El segundo fue hecho a la encargada de prensa y comunicación, María Eugenia Pujal. No atendió. El tercero fue hecho al por entonces director del hospital Lencinas, Enrique Carubín: y respondió con una amabilidad sincera y pocas veces vistas en funcionarios locales. Brindó la información requerida y agregó un elemento de valor clave: “Llame cuando quiera, no hay problema, para eso estamos. Prefiero que me llamen a mí a cualquier hora y no al hospital, así evitamos que el médico que está en la guardia pueda distraerse”.

Pesados y cabezas duras como todo periodista, durante los dos siguientes días los médicos de guardia fueron consultados. Siempre estuvieron dispuestos a responder cuanta pregunta se les hizo. De algún modo, hablar con ellos o con Carubín daba la sensación de estar frente a personas que tenían un respeto supremo por la prestación de un servicio público, con una transparencia inusual a la hora de hablar de sus actividades.

Con la renuncia de Carubín algo cambió. Ya sea por casualidad o por algún reto que llegó desde las huestes de Saracco, Landete y Masman (máximos funcionarios de Salud), los médicos de guardia del Lencinas dejaron de responder con aquella espontaneidad y confianza que, por lo visto, era la misma que transmitía quien era su director. Es como el tema de Attaque 77… “los buenos mueren”.