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Notas

Las amenazas de Néstor y los complejos de Celso

Kirchner cree ver el caos a medida que su popularidad desciende. Jaque pelea con espectros que –dice- ponen palos en su rueda. Ambos, son los socios mayoritarios de la relación que une a Mendoza con la Nación en un vínculo que asusta tanto como la Gripe A. Elecciones para seguir con el barbijo puesto.
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Pasaron las internas, ya están casi definidos los candidatos y en cada uno de los partidos se vive un clima distinto atravesado por el común denominador de la expectativa. Es que estas elecciones suponen un contexto político diferente, no tanto por las excusas que hicieron posible su adelantamiento, sino más bien por las mismas condiciones que en el último tiempo el Gobierno nacional ha impuesto.

Establecido como un juego de todo o nada, Mendoza puede quedar presa de la sumisión actual, o a merced de las actitudes incompresibles de un ex presidente como Néstor Kirchner. Mientras tanto, el gobernador Celso Jaque no deja de sorprender con sus despliegues y sus razonamientos.

Los Kirchner perdieron la racionalidad. La súbita caída de la popularidad que otrora exhibía el matrimonio presidencial parece haber forzado una agenda que además, sí y efectivamente, se vio condicionada por la crisis internacional. La caída del precio de los commodities, la indisimulada necesidad oficial de reconfigurar el consumo y el fantasmal escenario recesivo han hecho el resto. Lentamente, el virus de la crisis pareció expandirse; entonces cómo olvidar que en el inicio de esta pandemia económico-social, allá por fines de setiembre del 2007, la presidenta Cristina Fernández la haya desestimado casi con un dejo de sorna.

En ese clima de incertidumbre mundial, y provocada ya la ruptura de opiniones de todo el país por el proyecto de amentar las retenciones al agro, el país se encaminó hacia la agudización de medidas extremas. Tal vez la más simbólica sea la reestatización del sistema jubilatorio, con la cual el gobierno se aseguró además recursos frescos que volcó –en parte- a planes de estimulación de compra de autos cero kilómetros, heladeras y diversos bienes que no por necesarios son posibles cuando todo huele a ajuste de cinturón.

Así, y ante el negado estancamiento de la economía que demasiados especialistas ya dan como un hecho (incluso con cifras del INDEC o de otros organismos públicos), el oficialismo comenzó a desplegar su batería preelectoral propiamente dicha: candidaturas testimoniales, cambios de domicilios express, apelaciones al caos si el gobierno pierde las elecciones, y muchas perlas más que aún van a venir.

Sin embargo, esta semana tal vez ha sido más audaz. Tanto el presidente del PJ, Néstor Kirchner, como su mujer, resaltaron en actos públicos que si los argentinos no votan mayoritariamente a sus candidatos (que además, algunos de ellos tienen la particularidad que aunque los elijan no asumirán en sus cargos) el país volverá al infierno del 2.001.

Ni siquiera estas arengas tan parecidas a un exabrupto serían posibles si se limitaran a un juego electoral o a alguna estrategia discursiva de campaña. Sin embargo, la propia presidenta expresó con su convicción habitual que si el gobierno pierde el 28 de junio, está en juego “la estabilidad democrática”.

Evidentemente, muy floja ha de ser nuestra conciencia democrática, o la  capacidad de la clase dirigente, o los mecanismos institucionales como para que algo como esto efectivamente suceda. Nadie que entienda y acepte las reglas del juego puede avalar, ni pregonar la entrega adelantada del poder de Cristina Fernández. El país no necesita más traumas, ni fatalidades como para sobornar la constitucional periodicidad y el cumplimiento de los mandatos.

Lo que sucede es que el kirchnerismo abreva en alguna fundamentalista (y por ello mismo autoritaria) lógica de la unanimidad. Al parecer, si todo un país no acata sus decisiones es que se pretende fogonear un golpe de Estado, o alguna absurda razón desestabilizadora. En todo caso, quienes sí han dejado trascender la posibilidad de abandonar el poder en caso de que las circunstancias sean adversas, son el propio Kirchner y su entorno, según versiones nunca desmentidas, y hasta reconfirmadas por algunos de sus voceros, como es el caso del piquetero Emilio Pérsico.

Además y en tren de querer debilitar las instituciones, tal vez también valga el ninguneo hacia el vicepresidente, o las mismas “candidaturas testimoniales”, que no hacen más que socavar la legitimidad ya obtenida por algún intendente o el gobernador bonaerense Daniel Scioli. ¿O cómo cree Kirchner que podrán seguir gobernando esos candidatos testimoniales si acaso les tocara en suerte perder?

Jaque hurga en el inconciente colectivo. En Mendoza, la realidad aldeana es más modesta, pero no por ello menos compleja. El peronismo local apostó hace tiempo toda su suerte al gobierno nacional. Celso Jaque y su gabinete saben que la única forma de revertir lo que hoy indican las encuestas (y la percepción popular) es profundizar la gestión y esperar que del manantial de los K viertan recursos, obras públicas y promesas de largo aliento.

Tal vez el síntoma más acabado de la gestión empantanada que tiene en Jaque a su conductor sea el inusual aparato desplegado en ocasión de la Asamblea Legislativa el 1 de mayo. Aplaudidores, saludadores, carteles y fanfarria peronista sirvieron para silenciar los ecos de la silbatina de la Vendimia que aún resuenan.

El jaquismo no sólo movilizó militantes e instruyó para interrumpir casi constantemente al gobernador con aplausos durante su discurso, sino que además bajó a una pieza extensa casi todo el detalle de las cosas hechas en el último año. Como se ha dicho, no hubo jerarquización alguna de obras o anuncios, todo sirvió para abundar en ítems que en el mejor de los casos ni siquiera venían a cuento.

Pero más allá de eso, la extenuante jornada legislativa dejó otras contundencias. En primer lugar, el casi intrínseco complejo de inferioridad que este gobierno padece. Esto, según las palabras del propio Jaque cuando se quejó amargamente ante los periodistas al denunciar (extemporáneamente acaso) “una campaña para que este gobierno parezca bobo”. En todo caso, los gobiernos se juzgan a la luz de sus hechos y del accionar de sus funcionarios. Cualquier otra interpretación corre por cuenta de quien lo expresa.

Pero más allá de eso, seguramente el gobernador habrá de coincidir que ya sea por falta de experiencia, de capacidad, de pericia o simple mala suerte, su gobierno no ha sido precisamente un monumental despliegue de eficiencia y apego a la corrección. Su inicial alianza con el Partido Demócrata fue un paso en falso en plena luna de miel; su pelea con su ministro político por razones “políticas y metodológicas” (como resaltó en su renuncia Juan Marchena) significó otro tanto; los públicos cuestionamientos políticos y sectoriales hacia gran parte del resto del gabinete como Iris Lima, Guillermo Migliozzi y Sergio Saracco, han sido otra muestra de debilidad disimulada con sus respectivas permanencias.

En tono menos dramático, tal vez se pueda mencionar la polémica del funcionario responsable del área de Juventud que se trenzó a golpes en un boliche; la lentísima designación de Marcelo Costas en la OSEP para lo cual se lo hizo renunciar a Servicios Públicos; la poco atinada propuesta de aumento de la tarifa eléctrica, por nombrar sólo algunas de las tantas acciones que a rápido pedido vienen a la mente.

Sin embargo, este síntoma de patito feo no parece ser el único complejo del jaquismo. Hay otro más que evidente, que tiene sus antecedentes en la campaña del 2007, cuando Julio Cobos y Celso Jaque estaban cerca pero no juntos. La sola mención del apellido de su antecesor, enerva la piel del jaquismo.

Por aquellos días de la última campaña, Jaque encabezaba la lista del Frente para la Victoria que llevaba en su fórmula presidencial a Cobos. En esos tiempos muchas veces se especuló con el retiro de la candidatura de Jaque para no contradecir en su tierra al entonces principal aliado del kirchnerismo. Nada de eso sucedió, Jaque se mantuvo en las suyas y le ganó al candidato de Cobos.

Sin embargo, y pese a ser derrotado, Cobos inició a partir de ese momento un camino ascendente que lo hoy posiciona como una de las principales figuras de la oposición. Ingrato destino, Jaque apenas si puede conducir un proceso político en el que hasta los propios intendentes del PJ encuentran serias falencias, y tratan por todos los medios de evitar quedar pegados a su figura.

Hoy por hoy, muchas de las acciones que realiza el gobierno de Jaque son para diferenciar, aventajar o superar a Cobos. El vicepresidente parece ser el rival simbólico a seguir venciendo y especialmente a vencer en las próximas elecciones. A tal punto ha llegado la puja psicológica que en su discurso ante la Asamblea todos los parámetros de comparación se reflejaban con el período cobista.

En estas taras gubernamentales tal vez se encuentren algunas explicaciones de lo que hoy no se comprende. Aunque de ser así sería una picardía perder el tiempo en competir o enviar señales que opaquen a Cobos cuando se debería poner ese tiempo y esa energía en gestionar y producir respuestas a los grandes problemas de esta provincia.

Antes de su discurso legislativo, Jaque viajó a Buenos Aires a ver si podía comprar allí algo que aquí no hubiera. Por ello, decimos, la incondicional adhesión a todas y cada una de las medidas que se toman en la Casa Rosada no puede ser el único medio de articular políticas para los mendocinos.

Mucho menos cuando desde Buenos Aires las señales son de imposición y sectarismo por más que se las quiera maquillar de federalismo e inclusión, todo ello bajo la férrea amenaza de que si las condiciones no se cumplen una plaga se hará cargo de nuestros tristes despojos. No se sabe qué es más grave, el remedio o la enfermedad.