ver más

Notas

El miedo a la TV

Mientras Gran Cuñado de Tinelli infunde temores hasta en Julio Cobos, los mendocinos asisten al show de una campaña electoral hecha a las apuradas. El PJ sigue dividido entre Jaque y los candidatos. Los cobistas se desesperan por reflejar al vicepresidente en la provincia. Y los demócratas fatigan su colectivo amarillo, con un optimismo sorprendente.

El show electoral comenzó. Mendoza y el país han entrado en esa burbuja que paraliza todo hasta que una tarde de domingo se anuncian ganadores y perdedores. Y el esquema de poder vigente cambia, o es ratificado, por el voto popular.

Néstor Kirchner decidió adelantar ese mundo paralelo que se llama campaña. El resultado, hasta aquí, es una campaña que no le interesa a casi nadie. A la que nunca le dieron tiempo para calentar motores. Que salió a la cancha a las apuradas.

¿Cómo se da esto en Mendoza? De manera bastante particular, si se compara la situación local con la nacional.

Nadie duda fuera de esta provincia quién es oficialismo y quién es oposición, salvando esa rara avis llamada Julio Cobos, que por obra y gracia de las irresponsables alquimias políticas de este país, es una cosa y otra a la vez. En la Nación, Néstor Kirchner es el jefe del oficialismo y todo el resto es oposición.

En Mendoza, en cambio, el oficialismo es bicéfalo. Está Celso Jaque, el gobernador, jefe institucional del Gobierno y del peronismo. Pero en los hechos, Jaque sólo es una parte del PJ. La otra mitad es propiedad del aparato de los azules del peronismo, con los candidatos a legisladores nacionales al frente.

Los dos “bandos” del oficialismo provincial apuestan fuerte por la victoria electoral. Pero por separado.

Pruebas hay de sobra de esta dualidad. Jaque vende desde esta semana su gestión en grandes y costosos carteles de vía pública. Los candidatos también tienen sus carteles caros, en ellos se muestran como luchadores por Mendoza y hasta ahora no incluyen en sus guiones una sola referencia a la gestión de Jaque, que arrastra el fantasma de las malas estadísticas.

Cada uno hace su juego por su lado, sin agredirse, pero también sin mencionarse. La tensión se huele en el aire en el justicialismo. Es una situación inusual. ¿Qué pasará al final de la campaña?

Hay dos hipótesis. Un resultado decente o una victoria del peronismo tendría efectos relativos en la Casa de Gobierno, o por lo menos no forzaría cambios traumáticos. Una derrota contundente del oficialismo, en cambio, marcaría un cambio de rumbos inmediato. Un gabinete nuevo, quizás. El derrumbe del entorno del gobernador. Y la entrada en juego plena de los intendentes, verdadero eje de poder del justicialismo mendocino hoy.

Los opositores. Esto pasa en la Mendoza del poder bicéfalo y de la campaña fría, que también trae importantes desafíos para el arco opositor. Cobo-radicales y demócratas ya se disputan una tajada de electores supuestamente más amplia que la que tiene el kirchnerismo. Las porciones que uno y otro capte serán determinantes para la elección.

Está claro que los cobistas siguen dependiendo en extremo del jefe del sector. La lógica indica que tienen que parecerse a él para que el electorado los elija. El aura de la popularidad lo sigue a Cobos, pero: ¿se va a derramar eso en sus elegidos? ¿Habrá un “trasvase” de la imagen de Cobos a sus candidatos locales?

Los demócratas, en tanto, tienen que formular un proyecto político atractivo que vaya un poco más allá de su eterna oposición a la reforma de la Constitución provincial. Omar De Marchi todavía goza de la popularidad que consiguió gracias a sus televisivas apariciones del Congreso, cuando disparaba munición gruesa contra el matrimonio presidencial desde una banca, en el debate de las retenciones. Pero eso, quizás, no alcance.

Por eso el demócrata ha hecho algo más: cambió los tradiciones colores azules y blancos del PD por el amarillo furioso, que identifica al PRO de Mauricio Macri. Necesita esa referencia nacional para que la hasta ahora difusa coalición con el jefe del gobierno porteño se haga más evidente, al menos en la parte estética.

El PD, no obstante, hoy por hoy es uno de los partidos más optimistas de cara a las elecciones de junio. De Marchi hace revolotear por estas horas una encuesta que los colocaría primeros en intención de votos en Guaymallén y Las Heras, los dos departamentos más populosos de la provincia. Detrás del PD se ordenan, jura De Marchi, el justicialismo y el cobo-radicalismo. En ese orden.

Por eso los gansos fatigan el colectivo amarillo con el que han salido a hacer campaña por los barrios de la provincia, el “Congreso-móvil”, con los que prometen hacer docencia en materia parlamentaria y recoger inquietudes puntuales de los vecinos.

Esto es lo que hay hasta aquí en materia de campaña. Aunque el invento del Congreso móvil, más allá de lo pintorezco que es, debería ser un ejemplo a copiar por los otros partidos.

Ideas de este tipo permiten, quizás, responder preguntas sobre el objeto de la próxima elección legislativa ¿Para qué los mendocinos deberían cambiar la composición de sus representantes en el Congreso el 28 de junio? ¿Qué tienen, unos y otros, para ofrecerle en materia de gestión parlamentaria?

¿Por qué el Senado Nacional sesionó nada más que una vez en un mes y se tomará otro largo receso hasta después del 28 de junio? ¿Si hay tan poco que hacer en ese ámbito, por qué hay que preocuparse tanto por votar legisladores?

En tren de preguntas, se puede seguir: ¿Por qué los legisladores provinciales, después de la sanción de la ley de Uso del Suelo, tienen tan poco que hacer, muy a pesar de que están en etapa de sesiones ordinarias y pueden presentar sus propios proyectos? ¿Por qué hoy el tema de conversación de todos los diputados y senadores es el supuesto viaje de “trampa” de un legislador a Brasil, ese chisme que, ahora dicen, no tiene base real alguna?

¿Qué van a hacer los que se proponen para ocupar esas bancas provinciales de manera más productiva?

La campaña fría, mediática y de poses contesta muy pocos, y en algunos casos ninguno de estos interrogantes.

Show. Gran Cuñado es la revelación del estado de las cosas. Imposible no hablar del programa de Tinelli, porque es el gran protagonista de la elección que se viene, si es que dura hasta entonces. Todos quieren quedar bien parados en esa ficción televisiva, porque los candidatos de la vida real, en general, están mediatizados. Necesitan quedar bien en la tele porque allí se juegan su futuro.

Los candidatos a nivel nacional y provincial, en general, tienen muy poco contenido (Francisco De Narváez sirve de ejemplo). Dependen de su penetración mediática, de alguna frase afortunada o de que las fotos elegidas para los carteles sean buenas. Y en ese terreno, el de la imagen, que puede ser nada más que un cascarón vacío, Gran Cuñado es un  competidor poderoso.

Suponemos desde esta columna que el programa de Tinelli puede quedar sujeto a las generales de todos los medios. Es decir: de aquí hasta unos días antes de las elecciones, habrá tortura psicológica directa de operadores políticos sobre productores y guionistas. Para que esa caricatura no le quite chances electorales a su símil de la vida real. Algo parecido lo que hacen los mencionados operadores o jefes de campaña con los jefes periodísticos de los diarios. ¿Sobrevivirá Gran Cuñado en libertad hasta el 28 de junio?

Las preocupaciones por el programa porteño abarcan a casi todos políticos y, en este sentido, sorprende la reacción del crédito mendocino en el Gran Cuñado. Julio Cobos (el de verdad) arrancó la semana haciéndose el distraído, pero sobre el fin de la semana, ya no oculta sus críticas al personaje que hace José María Listorti en la TV.

A Cobos, definitivamente, no le gusta esa caricatura aislada y retraída, y muy pobre a la hora de dar definiciones políticas. La reacción del vicepresidente a la versión humorística de su figura puede ser la auténtica molestia de alguien que se ve falseado y quizás ridiculizado en una ficción. O el calculado enojo de un político que sabe que su mayor y quizás única cualidad es la buena imagen, por lo cual, que lo presenten así en la tele, lo puede perjudicar en las urnas.

En definitiva, la política argentina hoy parece estar en carne viva: vive en el desopilante mundo de un programa televisivo, o pendiente de esa ficción, mientras, afuera del set, las necesidades reales se mantiene o incrementan. Y piden a gritos la discusión de los asuntos de verdad.