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Notas
¿La hora de los duros?
Víctor Fayad y Raquel Blas expresan, cada uno en su ámbito, el predominio de la intransigencia que los convierte en protagonistas. Los riesgos de la confrontación y las razones para hacer de la dureza un estilo, aunque ésta no siempre termine acorde a los gestos.
La semana ha dado suficientes muestras del calor de los tiempos preelectorales. Del clima tenso de estos días bien dan ejemplo dos de ellos, a su vez representativos del ambiente que se vive en lo político y lo gremial. Es que allí donde todo confluye para la clase dirigente, es decir la tapa de los diarios, el áspero cambalache parece ser el común denominador de un convulsionado escenario.
Un patético tironeo de los que habitualmente se observan antes de cada comicio, pero que en este caso se ven profundizados por el impacto de la crisis internacional (y sus particularidades locales) que hacen que la economía se ponga por delante de la política.
La conflictividad social no es sólo por el aumento de salario, sino también por el mejoramiento de las condiciones laborales en un contexto inflacionario y recesivo. Una combinación letal de la que la experiencia histórica ya conoce el resultado: más exclusión y desempleo.
Ante ello, la corporación política también se muestra dividida. El oficialismo niega el endurecimiento de las condiciones generales socioeconómicas de cara al futuro (por más que las haya usado y repetido como argumento para –por ejemplo- adelantar las elecciones). La oposición busca sacar un pequeño rédito de la crisis, pero sin que la sangre llegue al río. Sabe que la alternancia y el oscilante humor social puede en breve poner en sus manos la solución de esa bomba que ahora parece a punto de estallar.
El Viti contra todos. Víctor Fayad es el hombre que volvió de la muerte. Tal vez por eso, o por la audacia que suele imprimirle a sus determinaciones, es que la suya ha sido la voz más discordante (también la más emblemática) que ha fijado una postura crítica al acuerdo UCR-CONFe. Y junto con ello, anunció el desdoblamiento de las elecciones en su comuna, logrando así la unanimidad de las críticas partidarias hacia su decisión. Algo que la próxima semana intentará revertir el Concejo Deliberante, ya que hay quienes interpretan que la convocatoria a elecciones no es facultad exclusiva del Ejecutivo, sino –dicen- de los concejales.
El intendente capitalino no dejó títere con cabeza. Atacó a la intervención partidaria, al acuerdo en sí mismo, a los que se prestaron para ello, al presidente del partido, a Julio Cobos y no conforme con ello, advirtió a todos los militantes capitalinos de que se abstuvieran a participar en la interna si querían mantener sus puestos de trabajo en el municipio.
Sus seguidores dicen que actuó por coherencia y dignidad, y que su postura es un indicio más de que las heridas no han cerrado entre los radicales. Sus detractores creen que en realidad actúa por despecho al quedarse fuera del acuerdo, y que se monta así en un esquema de “todos o ninguno” que probablemente termine restando poder electoral al acuerdo radical-cobista.
Lo cierto es que Fayad conoce como pocos los secretos de la política y con su decisión da una nueva y poderosa señal, no sólo de que está vivo sino que sigue en carrera. Lo suyo, como cualquiera puede imaginar no es para eternizarse en la Muni. Tiene un proyecto de gobernación que debió postergar en el pasado ante la falta de votos, pero que desea reintentar en el 2.011.
Los que creen que no hay 2.011 sin 2.009, dieron por muerto a Fayad antes de tiempo. Esta semana demostró que cuando sea que convoque elecciones, buscará ratificar por todos los medios su poder territorial para quedar él también posicionado de cara al 2.011.
Obviamente, su decisión de ir contra el acuerdo le ha quitado el apoyo de quienes hasta muy poco tiempo atrás lo acompañaban, como es el caso de Roberto Iglesias. Recomponer y armar desde su búnker de 9 de julio al 500 le resultará mucho más difícil que si contara con alguna estructura partidaria. Ahí está su desafío que no es un imposible. El Viti, un duro de aquellos, volvió. No está muerto, apenas solo.
Raquel, la irascible. Raquel Blas, la particular secretaria general de ATE ha construido su carrera gremial desde la confrontación. Sus representados adoran su irreductible carácter, mientras que todos los funcionarios de todos los gobiernos que la han tratado no dudan en calificarla como autoritaria.
Más allá de los apelativos, su mano dura sindical volvió a hacer de las suyas esta semana, cuando –como es ya una costumbre- logró tensar las negociaciones al extremo de los insultos y las tentativas de agresiones. Este estilo, que en una mujer parece resaltar aún más su dureza, enerva los ánimos de quienes deben padecer su proceder (entre ellos los que no pueden circular o se quedan sin servicios), y agiganta su figura ante los que se benefician con sus logros.
Como es habitual, la Blas y sus seguidores quedaron presos esta semana de su propia intransigencia, al intentar transformar una negociación en una imposición. Todo ello, mechado de sus tradicionales shows, no exentos de gesticulaciones y tonos altisonantes frente a los cuales, por ejemplo, los miembros paritarios del Gobierno no hicieron más que bajar sus miradas como aquel niño bueno al que lo reta la maestra mala.
Envalentonados por su líder, algunos sindicalistas vapulearon al ministro de Gobierno Mario Adaro que cayó de sorpresa a una reunión creyendo que su sola presencia, o acaso su bien pagado ego, harían destrabar el asunto. Más tarde, hicieron apurar el paso más de lo debido a los funcionarios jaquistas de la paritaria quienes, temiendo por su integridad física, se refugiaron donde el destino y la velocidad de sus piernas les permitieron.
Finalmente, y pese a tanta protesta y pancarta, el plenario de ATE terminó aceptando mucho menos de lo que inicialmente y en cada una de las instancias se exigía como aumento (500 pesos que se transformaron en 230 y 310 pesos según la categoría). La postura extrema de Blas fue puesta en caja por la racionalidad de muchos delegados que presionados por trabajadores menos sindicalizados pero más pragmáticos, decidieron aceptar lo que había antes que nada. Una lógica que todavía resulta. Mucho más en épocas de vacas flacas como las que se viven en estos días.
Blas, una dura total, debió ceder ante la escasa mayoría (cuatro votos) que prefirió pájaro en mano antes que cien volando. Obviamente, no se conformó con el resultado del plenario que marcó el fin de la protesta en el cierre de la semana. Anunció movilizaciones y su esperado repertorio de protestas poco originales. Pero a no equivocarse, a diferencia de Fayad, Raquel no está sola; apenas disconforme.
La dura incorrección. Más allá de los gestos, las actitudes y las declaraciones periodísticas, la dureza de unos y otros no son más que pequeñas pulseadas para sostener estrategias o prevalecer en el amplio universo de la opinión pública, teatro de operaciones privilegiado en el que se sustentan los modelos pero también la continuidad de los proyectos políticos o gremiales.
Fayad y Blas parecen expresar el estilo políticamente incorrecto de los duros. Sus suertes están atadas a la rigidez de sus temperamentos, por más que sepan que no todo tiempo es de confrontación, y que luego de la lucha es aconsejable desensillar hasta que aclare. Ambos, pese a aparecer como derrotados han avanzado algunos casilleros en sus respectivos juegos.
En todo caso lo que queda claro tras la disputa es cuánto de la torta del poder tiene cada uno y hasta qué límite se puede resistir y a partir de dónde, por debilidad, se debe negociar. En ese contexto, Fayad se opuso al poder partidario que creyó cerrada la unidad al lograr un acuerdo de cúpulas; Blas, a la inercia de un gobierno que debe ceder porque no las tiene todas consigo, pero que aún así, salvó sobre la hora una agudización extrema del conflicto que amenazaba incluso con alterar la paz social.
Pero como la realidad no da tregua, la nueva semana ya prepara otro desafío: el de la asamblea del 1 de mayo que aparece ahora como otra parada brava para el jaquismo. Allí cuando el gobernador Jaque deba rendir cuentas de un año intenso, que lo tiene en el centro de la escena, no como protagonista sino como el destinatario de infinitas frustraciones: la que alimentan tanto la voraz ansiedad de los radicales por volver al gobierno, como la impaciencia de los sindicalistas por el poder adquisitivo irremediablemente perdido aún frente a aquellos que se embanderan en la justicia social.
El intendente capitalino no dejó títere con cabeza. Atacó a la intervención partidaria, al acuerdo en sí mismo, a los que se prestaron para ello, al presidente del partido, a Julio Cobos y no conforme con ello, advirtió a todos los militantes capitalinos de que se abstuvieran a participar en la interna si querían mantener sus puestos de trabajo en el municipio.
Sus seguidores dicen que actuó por coherencia y dignidad, y que su postura es un indicio más de que las heridas no han cerrado entre los radicales. Sus detractores creen que en realidad actúa por despecho al quedarse fuera del acuerdo, y que se monta así en un esquema de “todos o ninguno” que probablemente termine restando poder electoral al acuerdo radical-cobista.
Lo cierto es que Fayad conoce como pocos los secretos de la política y con su decisión da una nueva y poderosa señal, no sólo de que está vivo sino que sigue en carrera. Lo suyo, como cualquiera puede imaginar no es para eternizarse en la Muni. Tiene un proyecto de gobernación que debió postergar en el pasado ante la falta de votos, pero que desea reintentar en el 2.011.
Los que creen que no hay 2.011 sin 2.009, dieron por muerto a Fayad antes de tiempo. Esta semana demostró que cuando sea que convoque elecciones, buscará ratificar por todos los medios su poder territorial para quedar él también posicionado de cara al 2.011.
Obviamente, su decisión de ir contra el acuerdo le ha quitado el apoyo de quienes hasta muy poco tiempo atrás lo acompañaban, como es el caso de Roberto Iglesias. Recomponer y armar desde su búnker de 9 de julio al 500 le resultará mucho más difícil que si contara con alguna estructura partidaria. Ahí está su desafío que no es un imposible. El Viti, un duro de aquellos, volvió. No está muerto, apenas solo.
Raquel, la irascible. Raquel Blas, la particular secretaria general de ATE ha construido su carrera gremial desde la confrontación. Sus representados adoran su irreductible carácter, mientras que todos los funcionarios de todos los gobiernos que la han tratado no dudan en calificarla como autoritaria.
Más allá de los apelativos, su mano dura sindical volvió a hacer de las suyas esta semana, cuando –como es ya una costumbre- logró tensar las negociaciones al extremo de los insultos y las tentativas de agresiones. Este estilo, que en una mujer parece resaltar aún más su dureza, enerva los ánimos de quienes deben padecer su proceder (entre ellos los que no pueden circular o se quedan sin servicios), y agiganta su figura ante los que se benefician con sus logros.
Como es habitual, la Blas y sus seguidores quedaron presos esta semana de su propia intransigencia, al intentar transformar una negociación en una imposición. Todo ello, mechado de sus tradicionales shows, no exentos de gesticulaciones y tonos altisonantes frente a los cuales, por ejemplo, los miembros paritarios del Gobierno no hicieron más que bajar sus miradas como aquel niño bueno al que lo reta la maestra mala.
Envalentonados por su líder, algunos sindicalistas vapulearon al ministro de Gobierno Mario Adaro que cayó de sorpresa a una reunión creyendo que su sola presencia, o acaso su bien pagado ego, harían destrabar el asunto. Más tarde, hicieron apurar el paso más de lo debido a los funcionarios jaquistas de la paritaria quienes, temiendo por su integridad física, se refugiaron donde el destino y la velocidad de sus piernas les permitieron.
Finalmente, y pese a tanta protesta y pancarta, el plenario de ATE terminó aceptando mucho menos de lo que inicialmente y en cada una de las instancias se exigía como aumento (500 pesos que se transformaron en 230 y 310 pesos según la categoría). La postura extrema de Blas fue puesta en caja por la racionalidad de muchos delegados que presionados por trabajadores menos sindicalizados pero más pragmáticos, decidieron aceptar lo que había antes que nada. Una lógica que todavía resulta. Mucho más en épocas de vacas flacas como las que se viven en estos días.
Blas, una dura total, debió ceder ante la escasa mayoría (cuatro votos) que prefirió pájaro en mano antes que cien volando. Obviamente, no se conformó con el resultado del plenario que marcó el fin de la protesta en el cierre de la semana. Anunció movilizaciones y su esperado repertorio de protestas poco originales. Pero a no equivocarse, a diferencia de Fayad, Raquel no está sola; apenas disconforme.
La dura incorrección. Más allá de los gestos, las actitudes y las declaraciones periodísticas, la dureza de unos y otros no son más que pequeñas pulseadas para sostener estrategias o prevalecer en el amplio universo de la opinión pública, teatro de operaciones privilegiado en el que se sustentan los modelos pero también la continuidad de los proyectos políticos o gremiales.
Fayad y Blas parecen expresar el estilo políticamente incorrecto de los duros. Sus suertes están atadas a la rigidez de sus temperamentos, por más que sepan que no todo tiempo es de confrontación, y que luego de la lucha es aconsejable desensillar hasta que aclare. Ambos, pese a aparecer como derrotados han avanzado algunos casilleros en sus respectivos juegos.
En todo caso lo que queda claro tras la disputa es cuánto de la torta del poder tiene cada uno y hasta qué límite se puede resistir y a partir de dónde, por debilidad, se debe negociar. En ese contexto, Fayad se opuso al poder partidario que creyó cerrada la unidad al lograr un acuerdo de cúpulas; Blas, a la inercia de un gobierno que debe ceder porque no las tiene todas consigo, pero que aún así, salvó sobre la hora una agudización extrema del conflicto que amenazaba incluso con alterar la paz social.
Pero como la realidad no da tregua, la nueva semana ya prepara otro desafío: el de la asamblea del 1 de mayo que aparece ahora como otra parada brava para el jaquismo. Allí cuando el gobernador Jaque deba rendir cuentas de un año intenso, que lo tiene en el centro de la escena, no como protagonista sino como el destinatario de infinitas frustraciones: la que alimentan tanto la voraz ansiedad de los radicales por volver al gobierno, como la impaciencia de los sindicalistas por el poder adquisitivo irremediablemente perdido aún frente a aquellos que se embanderan en la justicia social.