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Bestiario político, o la tentación zoofílica del poder

La semana no dio tregua. Paros y movilizaciones se sumaron al rechazo popular al tarifazo y el zoológico se transformó en el centro del escándalo político. Mientras las candidaturas para las próximas elecciones terminan de cuajar, la realidad demuestra que de nada sirve un cargo si su ejercicio es una credencial para el desatino.
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El cierre de las listas, que se ratificará este fin de semana con las internas en el PJ y el próximo en la entente UCR-CONFe, parece -en apariencia- haber atenuado las aguas de la política local. Aunque no por ello, haber detenido el bravío caudal subterráneo que recorre cada uno de sus vericuetos.

Por otra parte y como un instinto animal, el despropósito brota desde cada rincón poniendo de manifiesto la peor cara de nuestra sociedad: la del uso y abuso de la política para la pequeñez y el provecho personal.

Lo que pica y lo que no cierra. Demasiados son los rumores en los procesos partidarios que quedaron inconclusos ante el adelantamiento de las elecciones y que todavía pueden impactar en el futuro cercano: desde las dudas del peronista Omar Félix por lo sucedido en el tercer distrito, hasta la arremetida del radical Víctor Fayad contra el acuerdo con Julio Cobos. Todo, agravado por el cada vez más conflictivo escenario que plantea tanto la crisis internacional como los apresuramientos y omisiones del gobierno nacional, así como las serias dificultades de gestión del jaquismo en la provincia.

Mientras todo eso sucede, en simultáneo, el dengue parece ser el insecto de mayor poderío político, al que más temen en el gobierno nacional, vistas sus claras dotes de inoculación opositora; al extremo de dejar caer la sesión en el Parlamento que declaraba la emergencia nacional por las ya más que evidentes secuelas que está produciendo en todo el país. Ahora, ¿cómo a un mosquito tan letal se le ocurre actuar en la etapa preeelectoral?

Al parecer, el kirchnerismo no quiere (y con razón) que un tema de estas características se use políticamente, pero fiel a su manera de entender el poder, ha decidido negar la realidad. O lo que es peor, adecuarla a sus propósitos, incluso a riesgo de perjudicar seriamente a quienes dice defender.

Tarifas calientes. Más acá, el culebrón de la tarifa eléctrica parece haber puesto en una seria disyuntiva al Ejecutivo, que no midió las consecuencias de su generosidad hacia Edemsa, y ahora enfrenta el malestar popular allí donde más duele: en la calle. La movilización del viernes se hizo sentir en el Cuarto Piso de Casa de Gobierno, donde por estas horas se analiza una revisión de la medida que hasta el momento no es más que dilación.

Por lo pronto la oposición, ni siquiera la más importante, sino la del ARI de Néstor Piedrafita y Alejandra Namam parecen haber ganado una pulseada desde la firmeza y la racionalidad. Su propuesta para convocar a otra audiencia pública y la ratificación parlamentaria del nuevo decreto, es una salida posible ante el hermetismo oficial.

Porque al menos el gobierno algún camino debe tomar, si no quiere seguir cultivando su imagen poco resolutiva, ahora profundizada por la inexistencia del famoso decreto que autoriza la suba de la luz. La explicación que algunos encuentran para esta maniobra del Ejecutivo es la de la posibilidad de ganar tiempo de cara a las elecciones,  mientras tanto se sigue pulsando el ánimo social general, que esta semana tampoco se ha visto tranquilo.

Las protestas salariales de diversos sectores, desde choferes a profesionales de la salud, pasando por los estatales en todas las vertientes sindicales han determinado el “alerta” de la CGT local, como rechazo al tarifazo en ciernes que incluye otro de índole nacional: el del gas. Un dato que nadie debería dejar pasar tan livianamente. Mucho menos si además se considera que en simultáneo a las protestas se conoció el aumento del 5% para los jueces, lo que caldeó aún más los ánimos de los gremios.

Animal planet. Para colmo de males, un espacio oculto del organigrama provincial, previsto para el esparcimiento y la tranquilidad familiar, generó un dolor de cabeza mayúsculo para el gobierno de Celso Jaque. Sobre el zoológico llovieron desde denuncias de tráfico de animales (y de influencias) hacia una granja educativa propiedad de la esposa del ministro de Seguridad Carlos Ciurca, hasta maltrato y desaprensión por el destino final de cadáveres de los bichos situados en un basural contiguo.

Al margen de las increíbles explicaciones oficiales, la cadena de responsabilidad política parece haberse visto expuesta, y con ella, los modos de construcción de la dirigencia en su relación con lo público. Fue el propio Jaque quien advirtió esto y le exigió al secretario de Turismo ponerse al frente de la investigación.

Oscar Ramírez, el cuestionado director del Zoológico es un “referente” del Barrio La Favorita, sin la necesaria preparación técnica para el cargo. Algunos insidiosos dicen que en realidad es un puntero privilegiado por el aval político del último candidato a intendente del PJ en Capital, y actual secretario de Turismo (a la sazón, jefe de Ramírez), Luis Böhm.

Este último, lejos de ponerse al frente de la investigación, parece querer contemplar de manera piadosa las acciones de su subordinado y ahijado político, bajo una sola excusa: “estamos en tiempos preelectorales y esto es parte de la campaña”, declaró en distintas ocasiones ante los medios como queriendo minimizar lo sucedido. Y para más desatino, lo comparó con el caso del andinista Federico Campanini.

Al parecer, las horrendas imágenes de las bestias destrozadas que impactaron a los mendocinos son obra acabada del marketing político de los opositores, que como el mosquito del dengue, parecen manejar el reino animal a su antojo. Algo similar a la aparente incompatibilidad ética que debería tener la mujer de un ministro para favorecer su negocio particular con convenios celebrados con el mismo Estado donde su marido tiene un rol protagónico.

La pasmosa seducción que parecería tener cierta dirigencia política respecto de las conductas animales también da cuenta del grado de responsabilidad con el que los partidos enfrentan los asuntos públicos: con amiguismo y liviandad a la hora de nombrar funcionarios; con desidia e irresponsabilidad a la hora de gestionar.

Hacer como funcionario público aquello que no es recomendable, o escudarse en la falta de presupuesto para justificar la propia ineficiencia, son síntomas comunes de la política en minúsculas.

El decreto del aumento de la tarifa eléctrica ahora escondido y las tropelías  en el zoológico ahora negadas, ya forman parte de nuestro bestiario político reciente. Ese mismo que asombra y avergüenza pero en el que lamentablemente nos reconocemos.