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Notas

Inseguridad: ¿Y si empezamos por un servicio obligatorio?

Bajemos la guardia y relajemos las tensiones y preconceptos durante los 6 minutos que lleva leer esta nota. Es muy probable que mientras se realice este acto, ningún niño drogado y armado se acerque a matar al lector, furtivamente.
Foto: MDZ
Foto: MDZ
Supongamos que estamos inmersos en un clima de neutralidad total, apacible para reflexionar sin presiones ni pánico.

Ahora sí: la primera pregunta. ¿El principal problema argentino no es, acaso, que haya miles de niños que mueran o queden mutilados cerebralmente por el hambre y la malnutrición?

Sigamos. ¿No es un grave problema que requiere de urgente intervención la falta de acceso a cosas simples y rutinarias, como una vacuna, un buen diagnóstico y tratamiento médico, un gran problema que evidencia que en el país habemos “unos” y hay “otros”, divididos por un precipicio de oportunidades? ¿Lo es o no que haya gente que no sabe lo que es trabajar, no tiene el menor entrenamiento para defenderse en la vida sin la tutela del Estado o de grupos políticos? ¿Es una prioridad nacional que hayan chicos a quienes les resulte más fácil recibir un golpe o un desprecio que un cariño en su entorno (y fuera de él, cuando se nos arriman en la Peatonal a pedirnos algo)? ¿Y lo es, en todo caso, revertir de cuajo la posibilidad que esos chicos tienen de conseguir refugio en la droga antes que en una escuela; de conseguir un arma antes que un libro?

Va el tercer interrogante. Pero ojo, que puede despertar la crispación nuevamente. Evitémoslo por un segundo: ¿Es realmente la inseguridad un problema al que hay que atender antes que a todos los demás, con más recursos que todos los otros temas?

Sé que aquí se puede haber ido al carajo ya cualquier paciencia del lector que se siente, con mucha razón en medio de esta selva urbana en la que vivimos, a un minuto de ser víctima de algún delito.

Pero es necesario una última reflexión / provocación para despertar un análisis un poco más profundo que al que habitualmente nos conduce el rapidismo informativo, la montaña rusa de sucesos, en apariencia incontrolables. Va: con nuestra impaciencia, ¿no estaremos dándole el argumento exacto a los gobiernos a los que les interesa pasar el rato en el cargo, sin dar vuelta la realidad, para que hagan exactamente eso, y nada más?

Este mecanismo de funcionamiento inverso de las políticas públicas argentinas no es una culpa exclusiva de los políticos. Es alimentada por una sociedad que empieza, también, de atrás para adelante. En este punto, la participación ciudadana –tan necesaria y tan bien valorada por otras experiencias de gestión a nivel mundial- se ve abombada en medio de un círculo que no es virtuoso, que no cambia nada y que sólo alimenta el vicio: atacar las consecuencias, “rápido”, “ya”, con millonadas diarias en manos de áreas que, o no tienen idea de qué hacer o realmente no se dan cuenta de que lo que llamamos “seguridad” no puede simplemente ser atajada, sino que hay que construirla sobre bases sólidas.

Sobre resultados en el “juego” de la vida cotidiana

Volvamos a las preguntas: ¿Realmente alguien cree que es más eficaz –es decir, que da más resultado concreto- rodear una villa miseria con policías que revertir el estado de “villa” y de “miseria”, tal vez, con menos recursos y con mucho menos impacto violento?

En este punto, sabemos que lo que viene como respuesta a lo escrito, es un rosario de comentarios, muchas veces atinados, en torno al fracaso y manipulación arbitraria de las políticas sociales.

Y está bien que así sea, para que ensayemos –en medio de la discusión provocada- alguna posibilidad de salida.

Es que nadie puede decirnos que no la hay, que no se puede cambiar la realidad. Mucho menos –atento a los altísimos presupuestos que se asignan a áreas que están en el “arco” del “juego” de la vida cotidiana- podemos aceptar que se nos pretenda convencer, con frustrante resignación, que en el marco de este “juego” lo único que importa es apostar a fortalecer y pertrechar al arquero. Mientras tanto, una vista panorámica de la cancha permite apreciar que el resto del equipo está lleno de raquíticos sin fuerza, ególatras que se miran el ombligo, distraídos que no ven cuándo les pasa la pelota por al lado o, sencillamente, de inhábiles que debaten en torno a si es mejor que el balón es esférico, cúbico o piramidal.

Todas las políticas sociales en una: por un servicio obligatorio

Los jóvenes están en problemas, no “son” el problema. De acuerdo con cifras que maneja el Ministerio de Educación d ela Nación, la edad crítica de contención en las escuelas está entre los 13 y los 17 años de edad, pero agravándose entre los 16 y 17.

En 2001, más de 600 mil adolescentes no iban a la escuela. ¿Por decisión propia? Indudablemente que no. Los adultos tienen su responsabilidad en ello: los padres y el estado, que debe asumir su rol de “adulto” más cercano no sólo a los jóvenes, sino a sus propios padres, en muchos casos.

¿Cómo abordarlos? Se ha propuesto reiteradamente desde diversos sectores políticos, a veces, inclusive, contrarios entre sí, la puesta en marcha de un “seguro único universal”. No hay ninguna forma más clara y transparente de eliminar el clientelismo en las políticas sociales, asegurarse de que la ayuda llegue realmente a quien la necesita, garantizar una contraprestación de parte de las familias beneficiarias y llevar a la práctica una acción igualatoria de parte del Estado que vaya más allá de los discursos que cada dos años se activan brevemente, para luego caer en una bolsa sin fondo.

Frente al drama de los jóvenes que no estudian ni trabajan, hijos y nietos de padres que no estudiaron ni trabajaron, suenan a veces gritos desde la tribuna que exigen ¡servicio militar ya!

Aquel, sirvió, es verdad, para tener un diagnóstico sanitario de todos los hombres de 18 años del país a la vez. Muchos que recuerdan positivamente su paso por la “colimba” dan cuenta de que sirvió como “factor común” para jóvenes ricos y pobres, del campo y la ciudad.

Pero la prioridad del estado no pasa ni por asomo, hoy en día, por la defensa militar del país.

La verdadera defensa –con perdón del término, pero realmente la gente se siente en medio de una guerra urbana- es interna. Y no es desde ningún punto de vista militar: es social.

Para derrotar la desigualdad hay que apuntar a darles a los sectores postergados más oportunidades que a los más acomodados, ¿o no? Así se es equitativo. Si les damos el mismo nivel de oportunidades a unos y otros, los que comen todos los días y tienen sábanas limpias en sus habitaciones, baños y seguro médico, correrán siempre con las de ganar.

En la adolescencia, hombres y mujeres deberían cumplir con un “servicio social obligatorio”. Con la rigurosidad de la convocatoria que tenía la antigua y perimida “colimba”, los y las jóvenes, por igual, deberían acceder a la escuela secundaria como condición esencial en esa etapa de su vida.

El seguro único haría el resto: que nadie reciba por “ser amigo de”, sino en virtud de un diagnóstico real que busque romper con las desigualdades abismales que hay en la Argentina a nivel socioeconómico.

Y algo más que es posible en otros lugares del mundo: “servicio obligatorio”, también, para aquellos que se gradúen profesionalmente en los terciarios provinciales de Mendoza y en las universidades estatales. Devolverle a la sociedad lo que ésta les dio a través del Estado, es la consigna. Seis meses ayudando a las comunidades postegaradas, sistemáticamente, sin falsos voluntarismos que generan bolsones de beneficiados y mapas de indigencia e inseguridad.

Como escribió alguna vez el escritor mendocino Rodolfo Braceli, nuevamente hay una disyuntiva en la Argetina: “Pan. O pólvora”.