Notas
NO PUBLICAR. YO OPINO. GRAN ESTE. La mujer del prójimo
La mujer del prójimo es la mujer de otro pero todos quisiéramos que eventualmente sea nuestra. Nos fascina su color chocolate, pensamos justamente en la golosa maravilla de embalsamarnos en ella como quien se cae dentro de un tacho de 200 litros de aceite, pero con chocolate tibio. Morocha o rubia, nunca es parecida a la nuestra, su estupidez es ingeniosa, fresca, su boca es un puente que aísla todo asomo de absurda cultura.
A fuerza de proponerle la felicidad sin intereses, logramos a veces que la mujer del prójimo, sea nuestra. Adelgazados de todo defecto añejo, ella nos revelará un yo maravilloso, tan comprensivo como intenso, ajeno a las mezquindades de los celos y reclamos nimios. Ella es perfecta, nuestros gestos en su presencia se hacen palabras reptiles que buscan el cuello para morder y recorrerla como si cabalgaran las arenas o la ruta a Barrancas a las 3 de la tarde, pleno diciembre.
El mayor peligro, obvio, es que la mujer del prójimo pase a ser nuestra. En este caso fatal la lepra de la realidad nos enfermará rápidamente, perderemos grandes trozos de esa piel que acariciábamos antes sin un yo ni un vos, veremos aflorar sin sorpresa ni espanto los huesos de nuestra humanidad, la médula de cada una de las mentiras que establecimos como puntos cardinales para poder ser felices.
Al final, se nos verá caminar despreocupadamente en dirección al mundo cotidiano que, por padecer esta enfermedad atroz desde el principio de los tiempos, pasea esas llagas sin cura con una aristocrática resignación por las calles.
El texto pertenece a "Cuestiones del otro Yo" de Dionisio Salas Astorga (2008/2009, inédito).