Notas
El efecto Haydée o la rebelión de Doña Rosa
Tras el papelón del gobernador con una jubilada, el propio oficialismo está cuestionando la estrategia de poner a Jaque como eje de la campaña electoral que ya largó. Los intendentes creen que eso atenta contra las chances del PJ y en la Casa de Gobierno temen a que nuevos episodios de características similares persigan al malargüino de manera silenciosa e implacable hasta octubre.
La avanzada de Haydée Bustos sobre el gobernador Celso Jaque el miércoles pasado en las inmediaciones del Hospital El Carmen disparó un fuerte debate en el seno mismo del oficialismo. Es que hay quienes cuestionan la estrategia de poner al propio Jaque al frente de esta campaña electoral mimetizada con “recorridas de gestión” por toda la provincia. Excepción hecha sólo en Santa Rosa, donde la torpeza oficialista se da el lujo de discriminar a un departamento porque no se aceptan los métodos con lo que se resolvió la interna partidaria del PJ.
Aquí, allá y en todas partes. En menos de una semana, Jaque debió aguantar estoico los abrumadores silbidos que bajaron desde los cuatro vientos del anfiteatro donde se desarrollaba el Festival de la Tonada en Tunuyán. Y antes le había sucedido algo similar en la Vendimia de San Martín. Evidentemente, la presencia pública del gobernador, irrita. Incluso al extremo de la falta de respeto.
Y aquí no tiene nada que ver la amplificación diversa que los medios otorgan a sucesos de estas características, que llamativamente y al margen de que efectivamente sucedieron, tuvieron una particular cobertura según de quien se trate. Es que hay hechos que son difíciles de obviar o maquillar, y uno de ellos es el generalizado malhumor social que por vía de las promesas de campaña, o de los desaciertos de gestión, Jaque padece cada vez con más asiduidad.
Por ello no son pocos en el propio gabinete los que creen que la decisión de personalizar todo el gobierno en Jaque, idea que atribuyen al influyente asesor Raúl Perruco Leiva, es por demás desacertada. Creen, como la gran mayoría de los mendocinos, que el vínculo entre el gobernador y la gente está definitivamente roto y que episodios como este, absolutamente espontáneos y casuales, no pararán de repetirse (e incluso incrementarse) de aquí hasta octubre.
Cuestión de imagen. Esta línea de pensamiento es compartida también por los intendentes peronistas, que confiados en su poder territorial y su carisma, en su momento reclamaron ponerse la campaña al hombro como única manera de poder ganar las elecciones. Algunos de sus voceros expresan en off: “Con el Celso estamos al horno”; “no hay manera de ganar, ni siquiera de salir a recorrer los barrios si lo llevamos a Jaque…”.
Por ello, no resulta extraño que, por ejemplo en Guaymallén, Alejandro Abraham recibiera a Jaque en su despacho y no se mostrara con él ni siquiera en la explanada municipal. En ese sentido, el gobernador se ha convertido en el gran problema para sus propios partidarios que estarían evaluando por estas horas replantear la estrategia de campaña sin perder ese cara a cara que le fue tan beneficioso tiempo atrás.
Sin embargo, lo que llama la atención es la réplica que el gobierno motoriza ante este tipo de embestidas, en lo que parece ser su modo operandis político: el de trasladar la culpa a los demás. A los legisladores que no acceden a eliminar restricciones para las licitaciones de obra pública se los acusa de favorecer la “desocupación”; a los que silban, se los tilda de “inadaptados”; a los que protestan, de “enfermos”.
Como se aprecia, hay una clara intención de subestimar, desmerecer y deslegitimar la crítica recurriendo para ello a argumentos de dudosa hombría. ¿O acaso si el día de mañana alguien le dice algo a un funcionario en el Hospital Lencinas se lo tildará de “sidoso” o de “chagásico” para intentar así justificar su comportamiento?
¿Cómo se neutraliza a las Haydées? Pero más allá de las reacciones y de la manera con la el propio gobierno maneja la crisis, puertas adentro el debate no sólo se centra en la figura de Jaque como eje de campaña, sino también en el carácter multiplicador que pueden tener este tipo de protestas que exhiben como blanco al mismo gobernador.
El gran temor de los jaquistas es que como en un inmenso dominó, cientos de Haydées aparezcan en cada esquina, en cada barrio, en cada departamento, casi como en un émulo de la resistencia pacífica del propio Ghandi y sus seguidores en su lucha contra el imperio británico.
Imaginan que, de no replantear las cosas, un duro calvario se avecina que no hará más que seguir limando la imagen pública de un gobierno que nació viejo y que con el paso del tiempo no ha hecho más que seguir desgastándose.
Los comentarios de los lectores de MDZ y de las versiones on line de los diarios papel, así como los contestadores de las radios de Mendoza (todas herramientas a menudo también desestimadas por los operadores del jaquismo) dan cuenta de un fenómeno creciente: la identificación popular con los que se animan a cuestionar cara a cara al gobierno, aún a riesgo del desacato.
Mirtha Legrand-Lita de Lázzari, la fórmula opositora. Haydée Bustos, a quien se acusó de estar bajo “tratamiento psiquiátrico”, algo que ella misma desmintió a la par que se confesaba como “peronista”, fue absolutamente coherente en su reclamo al gobernador. Su impertinente exaltación no le impidió ser puntual, veraz y atinada en el contenido de su discurso, en el que le recriminó haber mentido en la mesa de Mirtha Legrand (altar sagrado de las amas de casa argentinas) sobre la fecha de pago del 82% de los jubilados.
Al parecer, hasta el momento nadie había reparado en estos comandos silenciosos, de batón y ruleros, popularizados bajo el apodo de Doña Rosa, que tras tanta apelación mediática se han convertido, efectivamente, en actores políticos relevantes. Al menos, así lo demuestran en Mendoza. Como una suerte de justicieros de entrecasa, los/las Haydées amenazan incluso a ir por más. Y su efecto puede ser tan demoledor como el más sagaz de los opositores, y su poder residual más potente que el de una comisión legislativa con ganas de dar batalla.
Es por ello que quienes dicen pensar más allá en el gobierno, y concientes de esta real “percepción” (que no tiene nada que ver con lo que el ministro de Gobierno cree que la gente percibe como una crisis de seguridad) aspiran lograr un posicionamiento nacional para que el gobernador esquive así los maltragos de la coyuntura local.
Pretenden que Jaque monopolice y se concentre en la relación con la Casa Rosada, obtenga beneficios para la provincia y profundice el vínculo con Cristina como una manera de estar lejos del triste día a día y sus peligrosísimas Haydées, verdaderos activistas domésticos capaces de amargar una vendimia, una visita a un hospital, pero también, y porqué no, una elección.
Por ello, no resulta extraño que, por ejemplo en Guaymallén, Alejandro Abraham recibiera a Jaque en su despacho y no se mostrara con él ni siquiera en la explanada municipal. En ese sentido, el gobernador se ha convertido en el gran problema para sus propios partidarios que estarían evaluando por estas horas replantear la estrategia de campaña sin perder ese cara a cara que le fue tan beneficioso tiempo atrás.
Sin embargo, lo que llama la atención es la réplica que el gobierno motoriza ante este tipo de embestidas, en lo que parece ser su modo operandis político: el de trasladar la culpa a los demás. A los legisladores que no acceden a eliminar restricciones para las licitaciones de obra pública se los acusa de favorecer la “desocupación”; a los que silban, se los tilda de “inadaptados”; a los que protestan, de “enfermos”.
Como se aprecia, hay una clara intención de subestimar, desmerecer y deslegitimar la crítica recurriendo para ello a argumentos de dudosa hombría. ¿O acaso si el día de mañana alguien le dice algo a un funcionario en el Hospital Lencinas se lo tildará de “sidoso” o de “chagásico” para intentar así justificar su comportamiento?
¿Cómo se neutraliza a las Haydées? Pero más allá de las reacciones y de la manera con la el propio gobierno maneja la crisis, puertas adentro el debate no sólo se centra en la figura de Jaque como eje de campaña, sino también en el carácter multiplicador que pueden tener este tipo de protestas que exhiben como blanco al mismo gobernador.
El gran temor de los jaquistas es que como en un inmenso dominó, cientos de Haydées aparezcan en cada esquina, en cada barrio, en cada departamento, casi como en un émulo de la resistencia pacífica del propio Ghandi y sus seguidores en su lucha contra el imperio británico.
Imaginan que, de no replantear las cosas, un duro calvario se avecina que no hará más que seguir limando la imagen pública de un gobierno que nació viejo y que con el paso del tiempo no ha hecho más que seguir desgastándose.
Los comentarios de los lectores de MDZ y de las versiones on line de los diarios papel, así como los contestadores de las radios de Mendoza (todas herramientas a menudo también desestimadas por los operadores del jaquismo) dan cuenta de un fenómeno creciente: la identificación popular con los que se animan a cuestionar cara a cara al gobierno, aún a riesgo del desacato.
Mirtha Legrand-Lita de Lázzari, la fórmula opositora. Haydée Bustos, a quien se acusó de estar bajo “tratamiento psiquiátrico”, algo que ella misma desmintió a la par que se confesaba como “peronista”, fue absolutamente coherente en su reclamo al gobernador. Su impertinente exaltación no le impidió ser puntual, veraz y atinada en el contenido de su discurso, en el que le recriminó haber mentido en la mesa de Mirtha Legrand (altar sagrado de las amas de casa argentinas) sobre la fecha de pago del 82% de los jubilados.
Al parecer, hasta el momento nadie había reparado en estos comandos silenciosos, de batón y ruleros, popularizados bajo el apodo de Doña Rosa, que tras tanta apelación mediática se han convertido, efectivamente, en actores políticos relevantes. Al menos, así lo demuestran en Mendoza. Como una suerte de justicieros de entrecasa, los/las Haydées amenazan incluso a ir por más. Y su efecto puede ser tan demoledor como el más sagaz de los opositores, y su poder residual más potente que el de una comisión legislativa con ganas de dar batalla.
Es por ello que quienes dicen pensar más allá en el gobierno, y concientes de esta real “percepción” (que no tiene nada que ver con lo que el ministro de Gobierno cree que la gente percibe como una crisis de seguridad) aspiran lograr un posicionamiento nacional para que el gobernador esquive así los maltragos de la coyuntura local.
Pretenden que Jaque monopolice y se concentre en la relación con la Casa Rosada, obtenga beneficios para la provincia y profundice el vínculo con Cristina como una manera de estar lejos del triste día a día y sus peligrosísimas Haydées, verdaderos activistas domésticos capaces de amargar una vendimia, una visita a un hospital, pero también, y porqué no, una elección.