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Notas
Néstor, Cristina y su barco de papel
De la transversalidad, al pejotismo; del matrimonialismo a la vetocracia. Cristina Fernández de Kirchner ocupó el espacio que le dejó su marido Néstor, al evitar "quemarse" con una reelección. El plan de la alternancia matrimonial en la máxima magistratura, sin embargo, se agota más rápido que lo planeado. Las traiciones a sus principios y discursos y el abandono de una idea que parecía demasiado grande para este país: construir una nueva realidad política, abandonando a los viejos partidos.
Se cumplen dos años de Cristina Fernández de Kirchner al frente del Poder Ejecutivo nacional. La esposa del ex presidente Néstor Kirchner llegó al poder con el respaldo del electorado que no consiguió su marido, pero con el cual terminó por legitimarlo.
Lo hizo, acompañada en la fórmula por el mendocino Julio Cobos, como parte de una por entonces prometedora “Concertación” de partidos políticos que amenazaba con instituirse en la canalización del proyecto transversal que había esbozado Kirchner en su primer mandato.
Durante la primera etapa de su mandato, el santacruceño convocó a un amplio espectro de la sociedad con dos condimentos centrales: ideología y billetera. Lo hizo, alejándose del Partido Justicialista y, de esa manera, convirtiendo a su causa a muchos de los que la historia hubiera señalado como sus opositores.
En el barco de papel
Pero así como Cobos duró en esa alianza más tiempo durante la campaña electoral que después de asumir el Gobierno, la modalidad transversal rápidamente se volvió nuevamente “pejotista” cuando Néstor Kirchner se volvió titular del PJ.
Pegó un golpe de timón y, sin avisar, consiguió que los distraídos se cayeran del barco, mientras que los menos convencidos del trayecto se lanzaban a nado buscando alguna orilla que los recibiera.
Obviamente, se quedaron con él los que más conocían tanto a la nave como a los verdaderos humores del “capitán”.
Ella y él
Una versión poco conocida de la crisis que lanzó fuera del Gobierno a Cobos es la que le echa la culpa a Néstor de los desatinos de Cristina y, por lo tanto, de la ruptura de la Concertación que originó el voto “no negativo” de Cobos en el Senado.
Es la que indica que Cobos y Cristina sobrellevaban sus primeros meses como presidenta y vice sin altibajos y con mutuos apoyos, con roles perfectamente distribuidos. Pero que fue la irrupción del ex presidente en la crisis del campo lo que obligó al mendocino a salirse de la ruta K.
Fue cuando Cobos estaba negociando –por solicitud de Cristina- con la dirigencia del Campo y con Hugo Moyano e, imprevistamente, el ministro Aníbal Fernández recibió la orden de enviar a la Gendarmería a reprimir a Alfredo De Angelis, en Entre Ríos. La instrucción precisa no venía desde la Casa Rosada, dicen, sino desde Puerto Madero. No era de CFK, sino de NK.
Así, en lugar de romperse un matrimonio poderoso, la mejor opción fue minar una relación por muchos considerada como impropia, entre la presidenta y su vice.
Allí quedó claro: la argentina fundaba –montados en un modelo que ya habían intentado desde el peronismo con anterioridad- el matrimonialismo.
Cristina comenzó a gobernar no sólo con un vicepresidente cada vez más lejano, sino sin ministros. Casi todo su gabinete le pertenecía a su marido y tenía bien en claro a quién debía responderle. Y cuando Cristina quiso filtrar a alguno de sus hombres en su equipo, el ex mandatario los vetó, verdugueó, persiguió hasta conseguir lo que quería: tenerlos fuera del círculo de poder.
Así transcurrió Cristina sus primeros dos años. En el gobierno, pero no en el poder.
Eso fue coronado con la derrota electoral de junio. Insólita, frente a un peronista creado por los medios como De Narváez. Imprudente, porque vino a poner en duda la hegemonía matrimonial sobre la provincia de Buenos Aires y lo que es peor: sobre los caciques del conurbano bonaerense. Ingrata, ya que la derrota se paseó, además, por “su” Santa Cruz y en Mendoza le dio el triunfo a su archirival Cobos.
Frente a este panorama, el proyecto de alternancia mutua en el poder del matrimonio Kirchner suena ahora tan sólido como aquel proyecto inicial de una Argentina “nacional y popular”; de una gestión signada por el progresismo y la capacidad por redistribuir la riqueza, el primer (y tremendamente convocante) eje del kirchnerismo que de a poco la realidad ha ido desmintiendo.
El largo adios al poder de los Kirchner, sin embargo, no está siendo acompañada por una alternativa sólida capaz de tomar esas banderas. Todo lo que aparece, huele a “absolutamente todo lo contrario”. Toda propuesta en alza en el mercado de la política, tiene el sello de “lo opuesto”, sin medir las consecuencias que implica borrar lo hecho y empezar de nuevo.
En el meridiano de su mandato, hay fuertes señales de que Cristina y NBéstor deberán mudarse dentro de dos años y ya hasta Santa Cruz les resulta esquiva. No quedará otra que recalar en su bienamada ciudad de El Calafate.
En un país “jardín de infantes”, como le llamaría María Elena Walsh, nadie renuncia a tremenda cuota de poder sin intentar “escupir el asado” del que viene: el camino de retorno estará lleno de escollos para el país. Antes, crearán la “vetocracia”. Y así, ningunearán cualquier cosa que el Congreso decida, siempre que no esté dentro de sus propios planes.
Pegó un golpe de timón y, sin avisar, consiguió que los distraídos se cayeran del barco, mientras que los menos convencidos del trayecto se lanzaban a nado buscando alguna orilla que los recibiera.
Obviamente, se quedaron con él los que más conocían tanto a la nave como a los verdaderos humores del “capitán”.
Ella y él
Una versión poco conocida de la crisis que lanzó fuera del Gobierno a Cobos es la que le echa la culpa a Néstor de los desatinos de Cristina y, por lo tanto, de la ruptura de la Concertación que originó el voto “no negativo” de Cobos en el Senado.
Es la que indica que Cobos y Cristina sobrellevaban sus primeros meses como presidenta y vice sin altibajos y con mutuos apoyos, con roles perfectamente distribuidos. Pero que fue la irrupción del ex presidente en la crisis del campo lo que obligó al mendocino a salirse de la ruta K.
Fue cuando Cobos estaba negociando –por solicitud de Cristina- con la dirigencia del Campo y con Hugo Moyano e, imprevistamente, el ministro Aníbal Fernández recibió la orden de enviar a la Gendarmería a reprimir a Alfredo De Angelis, en Entre Ríos. La instrucción precisa no venía desde la Casa Rosada, dicen, sino desde Puerto Madero. No era de CFK, sino de NK.
Así, en lugar de romperse un matrimonio poderoso, la mejor opción fue minar una relación por muchos considerada como impropia, entre la presidenta y su vice.
Allí quedó claro: la argentina fundaba –montados en un modelo que ya habían intentado desde el peronismo con anterioridad- el matrimonialismo.
Cristina comenzó a gobernar no sólo con un vicepresidente cada vez más lejano, sino sin ministros. Casi todo su gabinete le pertenecía a su marido y tenía bien en claro a quién debía responderle. Y cuando Cristina quiso filtrar a alguno de sus hombres en su equipo, el ex mandatario los vetó, verdugueó, persiguió hasta conseguir lo que quería: tenerlos fuera del círculo de poder.
Así transcurrió Cristina sus primeros dos años. En el gobierno, pero no en el poder.
Eso fue coronado con la derrota electoral de junio. Insólita, frente a un peronista creado por los medios como De Narváez. Imprudente, porque vino a poner en duda la hegemonía matrimonial sobre la provincia de Buenos Aires y lo que es peor: sobre los caciques del conurbano bonaerense. Ingrata, ya que la derrota se paseó, además, por “su” Santa Cruz y en Mendoza le dio el triunfo a su archirival Cobos.
Frente a este panorama, el proyecto de alternancia mutua en el poder del matrimonio Kirchner suena ahora tan sólido como aquel proyecto inicial de una Argentina “nacional y popular”; de una gestión signada por el progresismo y la capacidad por redistribuir la riqueza, el primer (y tremendamente convocante) eje del kirchnerismo que de a poco la realidad ha ido desmintiendo.
El largo adios al poder de los Kirchner, sin embargo, no está siendo acompañada por una alternativa sólida capaz de tomar esas banderas. Todo lo que aparece, huele a “absolutamente todo lo contrario”. Toda propuesta en alza en el mercado de la política, tiene el sello de “lo opuesto”, sin medir las consecuencias que implica borrar lo hecho y empezar de nuevo.
En el meridiano de su mandato, hay fuertes señales de que Cristina y NBéstor deberán mudarse dentro de dos años y ya hasta Santa Cruz les resulta esquiva. No quedará otra que recalar en su bienamada ciudad de El Calafate.
En un país “jardín de infantes”, como le llamaría María Elena Walsh, nadie renuncia a tremenda cuota de poder sin intentar “escupir el asado” del que viene: el camino de retorno estará lleno de escollos para el país. Antes, crearán la “vetocracia”. Y así, ningunearán cualquier cosa que el Congreso decida, siempre que no esté dentro de sus propios planes.